martes, 6 de septiembre de 2016

La Herejía de lo Informe - M. Mosebach



(último y no sé si el mejor)

9. Revelación a Través del Velo en la Antigua Liturgia Católica Romana


En los libros del antiguo rito, que eran normativos hasta la reforma litúrgica, velar algo es revelarlo: es la revelación a través del velo.

En el principio de este rito el celebrante está velado: está vestido con vestimentas que tienen todas un carácter simbólico. En primer lugar, el celebrante pone el amito sobre su cabeza mientras recita una oración que habla del casco de Dios; pero el velo principal aquí es un gesto que es aún más expresivo en la antigüedad pagana y judía: significa el arrepentimiento y el duelo, así como reverencia por el lugar santo. Llama la atención que los atributos y virtudes como la castidad, la fortaleza y la humildad, asociados a las diversas vestimentas en oraciones cortas, son realmente considerados como partes de la "armadura de Dios" sobre la que habla San Pablo.

Literalmente, el nuevo hombre, Cristo, es vestido. Por supuesto, la oración también expresa el deseo de que esta ropa externa sea seguida de una transformación interior, pero el acto externo sigue siendo esencial: la gracia viene "desde arriba", lo que significa desde el exterior. El hombre considera el proceso de su perfeccionamiento, no como su propio logro, sino como un don que recibe desde el exterior y lo hace propio vistiéndose con él. En el caso de un obispo, hasta sus manos y pies están vestidos; está completamente "envuelto", y siempre me hace pensar en la descripción de Mircea Eliade de esos sacerdotes tribales africanos que tienen que ser llevados en andas a todas partes, para que no pierden nada de su poder sacro a través del contacto con el suelo. Por supuesto no hay ninguna referencia a este aspecto en los libros litúrgicos. Las prescripciones litúrgicas de occidente estudiadamente evitan cualquier referencia a ideas místicas y sacras.

Un racionalismo decididamente sobrio informa la literatura litúrgica occidental, y expresa “un no querer saber”; éste es el gran fondo histórico-religioso contra el cual se hace el requerimiento litúrgico individual. Desde el comienzo del cristianismo, visible en el conflicto entre Pedro y Pablo, había muy diferentes actitudes hacia el paganismo. Por un lado, había un estricto rechazo puritano a cualquier conexión entre las "abominaciones paganas" y la nueva fe; y, por otro lado, había una actitud universalista que veía el paganismo como un segundo Antiguo Testamento, en el que el Espíritu Santo había preparado el camino, a través del arte y la filosofía, para la venida del Redentor. Para esta última tradición, el hecho de que el sacerdocio católico conservase elementos del sacerdocio de todos los tiempos era totalmente natural; para la primera tradición, era sospechoso y odioso. En cualquier caso, la plenitud del sacerdocio del obispo, su poder consagratorio,  es expresado con particular claridad cuando se pone sus vestiduras, recapitulando los diversos grados de la ordenación: viste la tunicela del subdiácono, la dalmática del diácono, y la casulla sacerdotal sobre ellas. Cuando llega al acto sacramental y toma la Hostia en sus manos, se quita los guantes, lo que permite la plena libertad, por así decirlo, a la corriente de consagración que él mismo ha recibido a través de la imposición de manos.

La procesión del obispo se acompaña de monaguillos que llevan largos vestidos llamados velum sobre sus hombros; su misión es mantener la insignia episcopal, mitra y báculo, durante la liturgia. Estos velos ocultan las manos de los servidores; en un punto, incluso el Evangelio es llevado por manos ocultas bajo las vestimentas de misa. El velo de las manos es un antiguo gesto de reverencia por parte de los siervos. Incluso en los tiempos modernos, en un contexto secular, los mozos que servían las mesas solían llevar guantes blancos: se trataba de un débil y evanescente eco de los aterradores arcángeles delante del trono de Dios, tal como se describe en el Apocalipsis de San Juan, con tres pares de alas para ocultar sus manos, pies y rostros.

El Apocalipsis es el libro litúrgico del Nuevo Testamento. Velados como los ángeles, los monaguillos rodean al sacerdote sacrificial que ha de llevar a cabo el sacrificio del Cordero. En el ofertorio, al comienzo de la acción del sacrificio, luego de las lecturas de la Escritura y del Credo, el subdiácono lleva los implementos y dones del sacrificio al altar. El cáliz está cubierto con la patena, en la que yace la Hostia. Sobre la cual a su vez hay una cubierta rígida de lino, el palio, y sobre todo hay una gran tela, también llamada "velo", del mismo color que el resto de las vestimentas. Así, el cáliz velado se parece a una tienda; se trata de un "tabernáculo" en miniatura, es decir, el Arca de la Alianza, que contiene los vasos sagrados. El subdiácono tiene un gran velo puesto sobre los hombros y lleva el cáliz con la hostia escondida en su interior. Así, el don sacrificial, aún sin consagrar, es honrado con el mismo velamiento que el don consagrado más tarde, ya que el cáliz de la comunión y el copón con las hostias consagradas también son transportados bajo un velo. No es diferente en la Iglesia de Oriente: también en este caso, en la procesión del ofertorio antes de la consagración, el pan y el vino destinados al sacrificio se ocultan bajo el velo mientras son llevados adelante para la veneración del pueblo. El don sacrificial velado es Cristo antes de su crucifixión, aún no ofrecido; no es todavía el signo de contradicción, levantado en alto; también es el Cristo vestido, esperando a ser despojado de sus vestiduras.

Una vez que el subdiácono ha traído los dones sacrificiales y los vasos hasta el altar, el diácono le da la patena. En este punto el subdiácono va a tomar su lugar en las gradas del altar, sosteniendo la patena en frente de él, velada por el humeral. Dos cosas diferentes se han visto en este gesto. Primero, es un acto de reverencia por la placa que está destinada a llevar la Hostia consagrada, el Cuerpo del Señor. En segundo lugar, no obstante, es una antigua costumbre romana. En el primer siglo el Papa solía enviar partículas de la Hostia de su propia misa a todas las iglesias de la ciudad. El subdiácono, velado, se cree llevaba estas partículas en la patena, mostrando que la misa que acababa de ser celebrada estaba vinculada a la misa del Papa, cabeza visible de la Iglesia. También mostraba que, debido a la suspensión del tiempo y de la historia que tiene lugar en toda ofrenda de la Misa, no había más que un sólo sacrificio, el sacrificio de Cristo en el Gólgota, del que procede todo sacrificio litúrgico y al que todo sacrificio litúrgico retorna. Así que este ángel, cargando el Cordero que fue inmolado, levantando en alto el vaso sacrificial velado, era una forma de realización de la liturgia eterna que el Apocalipsis llama la "Bodas del Cordero", de la que todas las liturgias de la tierra, si hacen lo que se pretende que hagan, son simplemente dependientes.

En el momento en el que el rito estaba tomando forma, este velo de la patena también fue adoptado en las formas más simples de la Misa, porque se consideraba muy importante. Si no hay un subdiácono en la liturgia, durante el Ofertorio el sacerdote empuja la patena debajo del “corporal”, la tela cuadrada en la que la Hostia, el "Cuerpo de Cristo", yace. Estas y otras acciones en el altar se ocultan de la congregación; están ocultas por el cuerpo del sacerdote, que hace las veces de iconostasio vivo. El hecho de que ciertas acciones y gestos estén ocultos a la vista es también un velo deliberado. El muro de los iconos de la Iglesia Oriental hace esto; su contraparte en el milenio occidental son el coro, los altares alejados de las personas, y los "baldaquines" que pueden estar completamente ocultos detrás de cortinas; aún hoy, en Roma, muchos de estos baldaquines de piedra sobre el altar conservan los rieles para las cortinas y los anillos de bronce de la antigüedad tardía. En Occidente, en el antiguo rito, todo lo que ha quedado de este velo son los rieles de comunión (ellos mismos un cercado contraído del recinto altar) y, ocasionalmente, la distancia significativa entre el altar y la congregación; pero las espaldas de los celebrantes, vestidos de ornamentos del mismo color, también forman una pared frente a la acción del sacrificio. Tres líneas de tradición están trenzadas en este velo. En primer lugar está el Templo de Jerusalén, con su cortina velando el Santo de los Santos. Frente a esta cortina era quemado el incienso sobre el altar del incienso, mientras que las ofrendas del holocausto eran quemadas en el altar de los holocaustos; por tanto, en Jerusalén el sacrificio tenía lugar delante de la cortina. El Dios invisible, simbolizado por el incienso, permanecía oculto en el interior del Santo de los Santos. Esta cortina también hizo un llamamiento a la imaginación litúrgica pagana. En la época helenística fue robada del Templo -era de color de púrpura fenicio y de la más preciosa mano de obra- y colocada en el templo de Zeus de Olimpia, en el cella frente a la enorme estatua de Zeus. Podría ser bajada desde el techo hasta un recipiente decorado con relieves de ébano a los pies de la estatua.

Esta innovación en el Templo de Zeus –para los griegos la imagen de los dioses en realidad no necesitaban tales velos, ya que la cella siempre estaba cerrada, a excepción de muy pocos días festivos- nos trae a la segunda línea de la tradición en la práctica de la liturgia cristiana de velar y ocultar. El ritual de la epifanía del monarca era conocido de la corte del basileus persa; Diocleciano, eventualmente, lo introdujo en la corte del emperador romano. En días particulares la corte se reunía en el aula imperial para venerar al emperador y su familia. La familia imperial se reunía anticipadamente detrás de una cortina cerrada; cuando el telón se abría, la corte caía de rodillas en "postración". En la iconografía bizantina estas cortinas se convirtieron en un elemento importante para la representación de los santos: el santo aparece en el icono entre dos cortinas -este es el momento de la epifanía del santo, al cual veneran los que asisten. En la liturgia, también, como resultado del velo del rito, nuevas instancias de epifanía están siempre sucediendo-, la Palabra de Dios, llevada en procesión desde el santuario, los dones del ofertorio, llevados en procesión o, cuando transformados en el cuerpo del Señor, elevados sobre la cabeza del sacerdote para ser mostrado a los fieles (en el rito occidental).

En mi opinión, el tercer capítulo de la tradición no ha sido tomado muy en cuenta, a pesar de ser una vieja y familiar costumbre. Desde los primeros tiempos las misas se han celebrado en el Santo Sepulcro, no sólo en la nave de la iglesia del Santo Sepulcro, con sus numerosos altares, sino también en la propia cámara funeraria. El sacerdote y los fieles se reúnen en la antecámara de la tumba y recitan las lecturas que preceden al sacrificio. Entonces el sacerdote entra en la cámara funeraria, donde usa el nicho de la tumba como un altar; las mortajas se vuelven una especie de mantel del altar. Una vez dentro, no puede ser visto por la congregación, que se queda en la antecámara. Ellos sólo escuchan su voz. La consagración que tiene lugar en el espacio oculto de la tumba une el acto de sacrificio del Gólgota y el momento de la Resurrección dentro de la tumba, ya que la resurrección fue también una especie de transubstanciación; fue el mayor paso que cualquier sustancia puede sufrir: de la muerte a la vida. Los fieles que están de pie frente a la pantalla del coro, el iconostasio, o la espalda del sacerdote que les esconde la acción están, por decirlo así, de pie fuera de la tumba en Jerusalén. Aquí, en la más absoluta soledad, sin testigos humanos, la resurrección tuvo lugar. La Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén fue la primera iglesia que se fundó por el emperador Constantino; la arquitectura eclesiástica comienza con la construcción de esta iglesia. Cuando la madre de Constantino, Helena, descubrió la Cruz, se inició un período de reconstrucción de la historia de los sufrimientos de Jesús, en la que los detalles de la tumba –centro y foco de la fe- fueron por supuesto estudiados con especial diligencia.

Antes del Ofertorio en la Iglesia de Oriente, el diácono pide a gritos, "Las puertas, las puertas! ¡Asistid las puertas!" Esto es todo lo que queda del ritual de la ocultación en la Iglesia de Oriente. En la Iglesia de Occidente tenemos el grado más bajo del estado clerical, el ostiarius, el portero, cuya responsabilidad era asegurarse de que, después de las lecturas de la Escritura, ni los no bautizados ni  los pecadores públicos participasen en el misterio del sacrificio. En el primer siglo, sobre la base de la enseñanza y la práctica de los apóstoles, la liturgia fue entendida como la celebración de un antiguo misterio donde los extranjeros y los no iniciados no tenían parte alguna. Permanecían en el nártex (el atrio), la antesala de la iglesia, donde el sacerdote absolvía al penitente con el golpe de un largo bastón; el nombre de este bastón era nártex, y es el nombre que se le dio a esta sala, donde los excluidos de los misterios debían permanecer. El uso de bastones de este tipo estuvo todavía en uso en Roma, en las siete basílicas principales, hasta el Concilio e incluso después de él. En latín estas varas se llaman vindicta. En la antigüedad el pretor liberaba al esclavo tocándolo con una vara de este tipo; por lo que el confesor liberaba a las personas de la esclavitud del pecado y de la sujeción a la ley tocándolo con el bastón.  Podemos ver cuán rápidamente el pensamiento jurídico romano y el pensamiento sacramental se funden en uno en la mente de un Pablo. En siglos posteriores, cuando ya no era posible determinar la idoneidad de los miembros de la congregación para participar en la celebración, se seguía sintiendo necesario para proteger los misterios del culto de ser profanados. En el segundo milenio cristiano, en occidente, se encuentran los inicios de la costumbre de susurrar las fórmulas más sagradas, el "Canon", con su punto culminante en la transubstanciación, por tanto, ocultándola detrás de un velo de silencio.

El receptáculo de oro en el que las hostias son guardadas después de la comunión se llama el "tabernáculo", tal como el Arca de la Alianza en el Templo Mosaico. Tabernáculo significa "tienda", lo que sugiere algo hecho de tela. Las puertas del tabernáculo se ocultan detrás de las cortinas de brocado, por lo general de colores litúrgicos. El único color prohibido en el tabernáculo es el color negro, que está reservado para la Misa de los muertos y el Viernes Santo: estaría en contradicción con la presencia del Dios vivo. La mayoría de los tabernáculos tienen una cortina de más adentro, y cada uno de los copones, los recipientes que contienen las hostias, también está cubierto con una capa que haces las veces de velo. Tomar un copón del tabernáculo es como pelar una cebolla: detrás de cada capa se encuentra otra.

Finalmente mencionemos el velo que, para la mayoría de la gente, es el ejemplo más llamativo y familiar del velo litúrgico: el velo de las cruces y las imágenes sagradas desde el Domingo de Ramos hasta el Viernes Santo. Este velo se produce en la Cuaresma, cuando la liturgia se celebra con una cierta flaqueza. El órgano está en silencio, al igual que las campanas desde el Jueves al Viernes santo; ciertas oraciones no se rezan; y el altar no puede ser decorado con flores. Este velo de las imágenes y cruces es a veces llamado un "ayuno de los ojos". Sin embargo, en realidad no pretende ser una retirada de la apelación a los sentidos. Más bien, se trata del culto que rodeaba a la vera Cruz de Cristo que la emperatriz Helena encontró en Jerusalén, el quid vera en Jerusalén y posteriormente en Roma, en la iglesia de Santa Croce in Gerusalemme. Como toda reliquia, la santa Cruz era envuelta en lienzos y pasaba el año en la sacristía. El Viernes Santo era traída a la iglesia y desenvuelta en un ritual solemne para ser mostrada a los fieles. Dos diáconos, uno a cada lado, vigilaban la Cruz, para asegurarse de que los fieles, adelantándose a besar la Cruz, resistieran la tentación de robar una astilla de ella. Estas astillas también llegaron a muchos centros europeos lícitamente. La sugerencia burlona del Iluminismo por la que se dice que, si se recogieran todos los fragmentos de la Cruz, diseminados a lo largo y a lo ancho del mundo y conservados en bellas custodias, harían todo un bosque, no tiene ninguna base en la realidad; se ha calculado que este montaje hipotético de fragmentos no produciría más que una gran viga de madera, lo cual, por supuesto, no dice nada acerca de la autenticidad de las reliquias individuales de la Cruz. En todo caso, las astillas de la Cruz fueron tratadas de la misma manera en Europa como en Jerusalén y Roma: en Francia y Alemania, también, los fragmentos eran desenvueltos solemnemente delante de la congregación, para ser venerados. Al final este culto fue adoptado por las comunidades que no tenían ninguna reliquia de la Cruz: la cruz sobre el altar era bajada y envuelta, para ser venerada en el Viernes Santo de la misma manera que la vera cruz, como hemos descrito. Aquí el propósito del velo no era a retirar la cruz de la vista: era que la cruz fuera tratada como la Cruz real; de ser un objeto de devoción, un objeto de culto, un símbolo sagrado, volvería a ser el verdadero instrumento de tortura en el que Cristo murió. Vemos, pues, que el velo de las cruces sólo pretende subrayar el carácter histórico de la obra de la Redención, al igual que el nombre de Poncio Pilato –ese administrador provincial modestamente exitoso- es utilizado en el Credo: Habla de la muerte real en una cruz real en un lugar concreto a una hora precisamente identificada de la historia mundial. Está diseñado para contradecir la interpretación alegórica, simbólica y mítica, de los acontecimientos descritos en el Nuevo Testamento.

Para los movimientos “iluministas" de todas las edades, esta práctica religiosa del velo es el epítome por excelencia del oscurantismo. Así como el concepto de "iluminismo" plantea la idea de una luz brillante, que brilla en una oscura bodega llena de telarañas y ratas, a la retórica de la Ilustración le gusta verse a sí misma derribando velos y destruyendo máscaras. Lo que el velo ocultaba a los piadosos no era más que un engaño. Era una nota distintiva que las alegorías barrocas retrataran "Fides" como una mujer con un velo cubriendo sus ojos. (Puede que haya habido una intención subversiva aquí; la cuestión debe examinarse más) La fe, decían estas personas piadosas, es libremente y deliberadamente ciega –no exactamente una imitación metafóricamente atractiva-. Era un planteamiento defensivo a la fe, distorsionado por la hostilidad del racionalismo; Sintieron que era necesario asociar la religión con un sacrificium intellectus. De hecho, el significado del velo cúltico ha estado claro para los creyentes desde los tiempos más antiguos. Cuando Pompeyo entró en el Templo de Jerusalén como conquistador, quitó a un lado el velo del templo, un acto sacrílego que escandalizó a los sacerdotes. Lo que vio lo llenó de una gran sensación de triunfo, una sensación muy familiar para nosotros. Detrás del velo no había nada en absoluto.

La extensión de la práctica del velo a todas las cruces en una iglesia, y a sus imágenes y estatuas, es de fecha posterior. No tiene nada que ver con el velo de la Cruz del Viernes Santo. El encuentro de la cristiandad latina con la Iglesia bizantina, durante las Cruzadas, creó la necesidad de adaptar la idea del iconostasio, al menos durante el período de Cuaresma. En Cluny, en Cuaresma, comenzaron a encerrar el área del altar con grandes paños cuaresmales pintados. Durante la Cuaresma el culto tenía lugar escondido detrás de esta pared de tela. En Alemania algunos de estos enormes paños de Cuaresma se han conservado, sobre todo en Zittau y Brandenburgo. Después del Concilio de Trento la costumbre de velar los ritos disminuyó rápidamente en Europa. Lo que quedaba era la práctica de velar las imágenes y estatuas. Esto tuvo el efecto de transformar toda la iglesia en un nártex, una antesala sin adornos donde, según la costumbre de la Iglesia antigua, pecadores públicos esperaban ser absueltos. De acuerdo con la reforma de Cluny, toda la comunidad fue a considerarse a sí misma como haciendo penitencia, como pecadores públicos, y debía permanecer fuera del santuario hasta la Pascua.

Pero, para volver al Templo: ¿Qué debería haber habido detrás del velo? ¿habrá creído realmente Pompeyo que, al interferir con su santuario, había encendido una lámpara para los Judíos creyentes? Lo que él no vio, o no quiso ver, fue lo siguiente: la cortina no velaba el mensaje; la cortina contenía el mensaje que animaba a los adoradores del templo.

El verdadero significado del velo nos es dado por la primera mención a un velo -una cubierta- que encontramos en la Sagrada Escritura. Después de la Caída, Adán y Eva descubrieron para horror suyo, "que estaban desnudos", e hicieron de las hojas ropa. Hay algo profundamente inquietante en este pasaje, ya que, según la enseñanza del Génesis, el hombre fue creado perfecto; su desnudez era, no un defecto, sino una expresión de su semejanza con Dios. Después de la ruptura del mandamiento de Dios, el defecto de repente está ahí,  aunque el hombre permanezca exteriormente sin cambios. Ha perdido algo; no está ahí, que despierta un sentimiento de pérdida en su interior. La teología llama a este defecto la pérdida de la gracia. El hombre torpemente intenta compensar esta pérdida. Se pone vestimentas para intentar recuperar el esplendor que antes lo rodeaba.

El velo, por lo tanto, se convierte en un signo visible de la aureola de gracia y santidad que se ha vuelto invisible a los ojos humanos. El velo, en la liturgia, es el halo que es por naturaleza apropiado para los vasos sagrados y sus contenidos incluso más sagrados todavía. Esto nunca debe olvidarse si dichos vasos, los signos, y las hostias han de entenderse correctamente. El velo, en la liturgia, no está destinado a retirar algún objeto de la vista, para hacer un misterio de él, o para ocultar su apariencia. La apariencia de las cosas veladas es conocida de todos modos. Pero su apariencia exterior no nos dice nada acerca de su verdadera naturaleza. Es el velo el que indica esto. Si uno corre este velo, y los velos que están detrás de él, como pelando una cebolla, y penetra hasta el núcleo del misterio, uno está todavía siendo confrontado con un velo: la propia hostia es un velo, como ese himno francés que dice: "¡Oh divine Eucharistie, o trésor mystérieux / Sous les voiles de l'est hostie caché le Roi des Cieux."

Si uno quisiera formular una doctrina teológica del velo, podría decir que la creación de Dios es real, pero esta realidad, esta capacidad de ser real, se debilita a causa de pecado original. Su falta de la realidad, su capacidad perdida para irradiar más allá de sí misma y manifestarse como el pensamiento del Creador es designada por el velo que representa este resplandor.

En el nuevo rito introducido por el Papa Pablo VI, y su aplicación práctica que fue mucho más allá de él (a menudo con el apoyo episcopal), la costumbre del velo ha desaparecido casi por completo Ya no hay una distinción entre el santuario y la congregación, sobre todo en las nuevas iglesias, y en las iglesias antiguas la obliteración de esta distinción a menudo ha supuesto un daño brutal a la forma artística de la iglesia. Ya no hay velo de silencio durante el Canon, ni son velados más los vasos sagrados y copones. El oficio de subdiácono, atestiguado desde el siglo III, ha sido abolido. El rito de la patena con velo ya no existe, tampoco. Todavía se encuentra el velo humeral que se utiliza para la Bendición -la bendición sacramental con la custodia-, pero la bendición misma se ha convertido en un hecho poco habitual. El velo de la cruz durante la Pascua es ahora una cuestión de elección; en algunos lugares se hace, en otros no.

El argumento dado por la reforma litúrgica es siempre que se ha liberado el rito de la Misa de todos los añadidos posteriores y "restaurado" a la forma "más pura" posible, más cerca de la del cristianismo primitivo. En este contexto, la acción de velar y el velo se sostienen como ejemplos de estos "añadidos posteriores", aunque en realidad son signos del carácter mistérico que la liturgia tuvo en esos primeros siglos. El arqueologismo litúrgico, al igual que todas las formas de historicismo y restauracionismo -también en el mundo del arte-, cae bajo la acusación que  Fausto hace contra su amigo, Wagner, embriagado con demasiada historia: "puede llamarlo 'el espíritu de los tiempos": / es el espíritu de los poderosos, frente al cual los tiempos deben inclinarse. "

En este contexto, una liturgia que renuncie a todo velo no tiene nada que decir. Presentándonos nada más que la materialidad desnuda, no se tiene en cuenta ni la perfección sobrenatural de la creación ni la necesidad del mundo de la redención.


lunes, 5 de septiembre de 2016

La Herejía de lo Informe - M. Mosebach



9. La Procesión a Través de la Puerta Corrediza

El Pasaje de una Novela

Una Larga Noche


“No escuches al sacerdote cuando habla alemán. El sacerdote es indispensable para la misa, pero él mismo no sabe cómo”
-Una Larga Noche. Cap. 5


“…Estaba oscuro cuando entró en el hotel. En la recepción había una mujer de aspecto preocupado que le echó una mirada suspicaz. Herr Drais ya había subido, dijo. Era la primera vez que alguien se refería a Hermann como "Herr Drais". El edificio era de los años cincuenta, cuando los edificios públicos de todo de Frankfurt tenían pisos de piedra caliza de Solnhofer. Un olor a sopa emanaba de la cocina del restaurante. El hotel estaba situado en el borde de una zona roja, pero la modernidad tardía de su estilo, su  insípida solidez –la que es compartida por muchas de las iglesias modernas- hacía que uno se olvidase de los entornos.

La capilla era pequeña, tan discreta como el vestíbulo del hotel. Una pared de concreto tenía ventanas circulares de cristales de colores. Los bancos eran de madera de abedul amarillo, y encima del altar había un crucifijo de aluminio con una figura de yeso de cristal rojo que recordaba a una mermelada de fresa seca. La Virgen estaba representada como una estatua ciega de las islas Cícladas. La habitación estaba caliente bajo los rayos del sol, y un olor a descomposición emanaba del jarrón de flores en el altar. Las flores de otoño se habían convertido en una pulpa de color marrón. Al lado de la vasija había un pequeño armario de plata adornado con trozos de cristal de roca. Cuando entró Ludwig, Hermann estaba en el proceso de deshacerse de las flores.

“No olvides hacer una genuflexión delante del tabernáculo de plata”, susurró Hermann cuando notó la presencia de Ludwig. Le alegraba que hubiera venido, pero a la vez lo hacía sentirse tenso.

En la sacristía había una botella de plástico con agua. “¿Quieres llenar el cuenco de la puerta?” El cuenco era un plato de vidrio sostenido por un latón y con basura pegada. Le vendría bien una limpieza primero. Era una buena cosa que tuvieran dos horas para estar listos. Todo en el altar debía ser cambiado. Al presente estaba cubierto con una pieza amarillenta de terciopelo artificial; a la izquierda estaba el tabernáculo de plata, a la derecha había dos velas gordas en platillos de cerámica. Todo tendría que desaparecer. El tabernáculo fue movido al centro. Tres piezas de lino muy largas y angostas, almidonadas y planchadas, tuvieron que ser extendidas sobre el altar de manera que colgasen hasta el piso a izquierda y derecha. Ludwig y Hermann tendieron estos paños entre ambos y los colocaron uno encima del otro. Flanqueando el tabernáculo Hermann colocó seis candelabros neogóticos de bronce, tres de cada lado. En ellos fueron puestas velas amarillas: “¡amarillas, no blancas!” dijo Hermann con voz callada. Luego tomó tres sacras de un cajón, una más amplia y dos más estrechas. La sacra amplia contenía varias columnas impresas en ella, con el título en rojo: “Canon Missae”. Las estrechas contenían una sola columna impresa, titulada “Lavabo” e “Initium”; la primera fue colocada a la derecha, inclinada contra el candelabro, la segunda a la izquierda, y la más grande fue puesta en frente del tabernáculo de plata. Luego, sin olvidarse la genuflexión, ubicó la campana de bronce en el escalón de piedra ante el altar, o más bien, un conjunto de campanas unidas a un asidero. El altar estaba listo.

En este punto volvió su atención a la credencia, la pequeña mesa cerca de la puerta de la sacristía. La cubrió con un lienzo blanco. Recogió dos jarras de vidrio de extraña forma, con altos y angostos cuellos que emitirían un fino chorro. La jarra sin asa fue llenada con agua –esta vez no del agua de la botella- y la jarra con asa fue llenada con vino de una botella de Rheinhessen, un “cosecha tardía seca” como lo describía la etiqueta. En su habitáculo tubular el vino despidió un aroma medicinal más bien desagradable. En la credencia, Ludwig cubrió las pequeñas jarras con un lienzo almidonado doblado en tres a lo largo. Junto a ellas colocó un recipiente de bronce con una pequeña jarra de bronce –“¡agua de la canilla!”- y un pequeño plato de oro recién patinado. “¡No lo toques con los dedos: sosténlo con un paño blanco!” Ahora la credencia estaba lista. Ludwig esperaba haber puesto todo en su lugar correcto, arreglándolo todo lo más simétricamente posible, como en el altar. Hermann no hizo comentario alguno.

“¿Hay una vela roja prendida en el altar? No, no había una vela roja en el altar. Pero en la mesa de la sacristía había dos. Encendió una y la puso al lado del cabinete de plata después de hacer una genuflexión.

“Ahora podemos ir a la sacristía”.

Ludwig sintió otra vez la sensación de estar con Hermann como cuando eran niños. Una vez más estaban en un gran juego en el que cada logro los llevaba a otros cometidos. Hermann notó –con tristeza- que a Ludwig no le gustaba la capilla; en todos lados encontraba algo que delataba el mal gusto, y sin duda que la capilla era de mal gusto. Así que, donde no había belleza para distraerlos de las imperfecciones de la formas, tenían que seguir las reglas con especial rigor.

La siguiente tarea era “el cáliz”. Estaba guardado en un estuche alto de cuero. Ludwig lo abrió y vio un vaso dorado con un pie alto y un pequeño plato de oro en un cajón debajo. “No debes tocar el cáliz ni la patena. Levántalos con un paño blanco”. Hermann colocó un paño doblado en el cáliz de manera que quedó pendiendo de ambos lados, luego lo cubrió con la patena dorada. Después abrió una caja de madera y  extrajo una gran hostia blanca, estampada con ranuras por donde debía ser partida. Fue puesta en la patena, la que a la vez fue cubierta por una tarjeta rectangular forrada de lino bordado. Después buscó en un cajón profundo que contenía brocados rojos, verdes y violetas y sacó uno negro.  Cubrió completamente el cáliz y su superestructura. El techo de este arreglo fue una bolsa de seda cuadrada conteniendo un paño de lino rígido almidonado. A estas alturas el cáliz se había convertido en una tienda de campaña de brocado negro, con sus negros pliegues estirados cubriendo el recipiente en su interior.

Las vestimentas de misa, de los mismos colores que las telas de seda del cajón, colgaban en un armario. La mayor parte de las vestiduras eran obras del siglo XIX. Los colores eran luminosos; la tela brillaba. Estaban más bien gastadas en algunos lugares, en el cuello y los hombros. Estaba claro que estos artículos no pertenecían a aquí. La vestidura negra colgaba allí, también. Su brocado tenía un motivo neogótico. Él la puso sobre la mesa, acumulando toda clase de artículos en la parte superior de la misma: hilos de brocado de seda negros, blusas de lino, telas y fajas. Otra tarea había sido completada.

Ludwig se sentó en un banco. La capilla estaba todavía vacía, pero la vela roja ardía. La luz del día se desvanecía. Ahora la capilla estaba lista; estaba tan desnuda y triste como antes, pero su motor había arrancado, por así decirlo. Aunque la puerta de la sacristía estaba cerrada, uno podría decir, al sentir de Ludwig, que todo estaba listo, también. Estaba agradecido con Hermann por dejar que lo ayudara. Se sentía como un anfitrión esperando invitados, inspeccionando la mesa ya servida, con las botellas de vino tinto abiertas.

Bella había estado de un ánimo amigable hoy, aunque algo preocupada; pero no hubo ninguna frialdad en la mirada que le dio cuando se marchó. ¿O hubo quizás el esbozo de una sonrisa?

Repentinamente, un hombre con un maletín entró corriendo, mirando a su alrededor en una actitud de perpleja irritación. Su pelo blanco, meticulosamente peinado, le hacía parecer un poco pasado de moda, como un militar. Parecía indignado, como si estuviera diciendo: "¿Están en eso otra vez?" Entonces vio a Ludwig sentado en el banquillo. Su rostro se hizo aún más adusto; asintió como si le acabaran de dar una palmada en la bien afeitada nuca y rápidamente se deslizó por delante de él. Entonces se detuvo, miró a Ludwig como si algo le hubiera pasado, y luego hizo una genuflexión lenta y solemne delante del gabinete de plata.

Ludwig lo siguió a la sacristía. Allí encontró al hombre ya vestido con lo que parecía una bata blanca. Hermann estaba colgando la chaqueta y la corbata a rayas en una percha. El hombre tenía en la mano una fina pieza de paño negro y estaba tratando de ajustarla alrededor de su cuello como un babero. Se las arregló, con cierta dificultad. La parte superior del babero negro sostuvo una banda amarillenta de celuloide y ahora proclamaba ser un alzacuello.

"¿Están ustedes asistiendo a esta Misa?" El hombre levantó la cabeza en un gesto de alarma, dando al mismo tiempo un paso atrás como un pájaro entre asustado y precavido. Esto no es una misa pública, dijo. No estaba prohibido asistir a la misma, pero estaba destinada a un grupo pequeño. Esta misa, explicó, era una concesión pastoral especial para un círculo más bien problemático de creyentes. No era normal para católicos instruidos.

"Este no es el núcleo de la Iglesia, si entienden lo que estoy diciendo." En primer lugar fue pensado para ancianos "de la tercera edad", dijo el hombre. Habían asistido también personas jóvenes, pero eso fue un dolor de cabeza para él, porque esta misa era "claramente un modelo obsoleto". La Iglesia, dijo, se había librado, por fin, de todo el mágico complejo ritual animista, que había arrastrado durante demasiado tiempo en el mundo moderno. Esta carga gigantesca -"una catedral en un carro"- tenía aislada a la Iglesia de los grandes avances de la vida intelectual moderna. Ahora sólo había unas pocas personas que quedaban aferradas al viejo aspecto mágico de la Iglesia, un grupo pequeño, intelectualmente de un nivel bastante bajo, que podría ser ignorado sociológicamente, pero no, por supuesto, pastoralmente. Durante décadas estas pobres gentes habían tenido el temor al pecado inculcado en ellas, y ahora se habían quedado solos en la oscuridad, mientras la nueva Iglesia había descubierto su camino a la luz del día. El simplemente les estaba ayudando a morir.

"Hay que ser cuidadoso", dijo, girando la cabeza y ejercitando sus poderosos brazos. Los mismos que casi causaron que se estrangulara con el alzacuellos. "Estas personas son mucho más fáciles de conducir si tienen un sacerdote con ellos." El obispo no tenía tiempo para este tipo de pastoral; y el clamor de la gente era que se deshiciera de estos ritualistas obstinados. El obispo consideraba esta misa, aquí en el segundo piso del hotel, como algo "peligroso".

Hermann no dijo nada, pero salió con una mirada alegre en su rostro. Ludwig se presentó como hermano de Hermann.

"Tengo un gran respeto por el señor Drais", dijo el hombre, como si estuviera haciendo una afirmación arriesgada. Era obvio que el hermano del señor Drais pertenecía al mundo de los negocios; era tranquilizador, y el hombre tuvo el coraje de ser franco.

Señaló las vestiduras de misa que se encontraban listas. "Afortunadamente nos hemos librado de estas cosas negras en todas partes. Había algo de necrofilia en estos sombríos adornos funerarios. Ahora, por fin sabemos lo que es la alegría de ser cristiano." Al decir esto, sus labios se estrecharon y su expresión se hizo más combativa. Luego se presentó a sí mismo: "Gessner", dijo, ofreciendo a Ludwig sus garras de pinza para un apretón de manos. Ludwig se sintió obligado a devolver un firme y masculino apretón. El hombre dijo que había brindado una conferencia sobre la historia de la Iglesia en la universidad. Ludwig respondió que estaba en el negocio mayorista.

"Las ruedas de la Iglesia muelen lentamente", dijo el profesor. "Apenas estamos comenzando a adoptar los logros de la Reforma." El cristianismo, dijo, se originó en el área mediterránea. Inicialmente sus rituales absorbieron todo lo que estaba flotando alrededor en la gran sopa religiosa de la Antigüedad tardía. Elementos paganos, culto imperial romano, el culto de Mitra, de Isis, de Dioniso, cultos órficos, la religión de los misterios de Eleusis, la academia platónica, el culto del Templo judío, culto de la sinagoga judía, costumbres monásticas tempranas (influidas por el ritual oriental), gnosticismo judío, pagano y cristiano: un brebaje fascinante desde el punto de vista arqueológico, pero no digerible en términos de religión. A continuación, este vasto pantano estuvo bajo el dominio romano. Los romanos, con su derecho romano canónico, sus rúbricas y sus categorías jurídicas, habían drenado este pantano, llenado de contenido, construido diques y llenado lagos, todo un sistema lacustre, sin tener ninguna idea de lo que estaban haciendo. Ahora que la montaña de reglas, tan exquisitamente impresa, se había convertido en tanta basura, las fantásticas vestimentas teatrales habían ido a parar a los museos, los antiguos ritos habían sido suprimidos y erradicados totalmente de las mentes de los católicos. Ahora todo el mundo estaba empezando poco a poco a ver y darse cuenta de lo que realmente había estado detrás de todo. El profesor dio a Ludwig una mirada penetrante. Su temprana irritación excitada había desaparecido. Uno podía sentir su satisfacción anticipada cuando se disponía a decirle a este hombre joven y exitoso, situado en medio de la batalla de la vida moderna, algo que un joven como él nunca hubiera esperado oír de un sacerdote de pelo blanco.

"Nosotros los clérigos tenemos nuestros secretos, pero todo eso acabará pronto. El clericalismo está terminado. ¿Qué había debajo de esta gigantesca basura de acervo cultural, de esta gigante peluca litúrgica? Una calva, nada. O no mucho, en todo caso. O, a lo sumo, cosas vagas, difíciles de entender. La última cena –porque eso es lo que se supone que tiene que estar debajo del ceremonial en latín- ¿qué era? No lo sabemos. ¿Un sacrificio, como sigue felizmente repitiendo la gente a lo loro? ¡Un hombre tiene una cena con sus amigos, y eso se supone que es un sacrificio! Usted se da cuenta, ¿no es cierto?, cómo todo esto se ha sobrecargado con la teología de un sacrificio horrible y con olor a sangre de la Edad de Piedra. Trate simplemente de explicárselo a un no cristiano: Dios crea al hombre, y el hombre ofende a Dios tanto que la única restitución aceptable es un sacrificio sobrehumano. Así que Dios permite que su Hijo, en forma humana, sea sacrificado bárbaramente, y entonces él está satisfecho y reconciliado. ¡Sólo inténtelo!"

“Yo no puedo darle una respuesta, pero me gustaría saber lo que piensa mi hermano", dijo Ludwig.

"Tu hermano diría que es un misterio", dijo el profesor de manera cortante, y se acercó al lavabo. Hermann, dijo, estaba tan pendiente de cada detalle y nunca dejaba de recordarle, antes de que empezara a vestirse, "Debe pronunciar la oración del Lavabo al lavarse las manos." Él (el profesor) se lavaba las manos de todos modos, porque acababa de venir del autobús y las sentía pegajosas. En cuanto a la oración, sin embargo, la dejaría  fuera ya que "en la época de Pío XII era opcional, de acuerdo con un decreto de la Congregación de Ritos." Hermann realmente debería aceptar esto, pero seguía insistiendo.

"Es un obstinado y su peor enemigo", dijo el profesor. "Yo podría abrir puertas para él. Podría convertirse en un sacerdote, una vocación tardía, en un tiempo muy corto; Yo estaría dispuesto a suavizar su camino, pero él tendría que despertar y finalmente superar su obsesión por una causa perdida. Puede que la ame -Yo también la amo- pero debe convertirse en un amor platónico", se rió ruidosamente y con gravedad. El director de la escuela de Ludwig solía reír de la misma manera; había sido un teólogo protestante: era la risa de los amargos teólogos masculinos de todas las denominaciones, ansiosos de aparecer diferente de los demás, enfermiza, dulce y untuosa. En el exterior, Hermann había encendido las velas. Las primeras filas estaban ocupadas por tres mujeres con sombreros de piel artificial, una mujer rubia con dos niños pequeños, un hombre mayor con una lente opaca en sus gafas, un hombre de cara rojiza y aspecto irritable, una mujer pálida impecablemente peinada con una nariz finamente formada, y un hombre sin afeitar que hojeaba confusamente uno de los libros negros que  habían sido provistos. Finalmente, quizá treinta personas se habían reunido. Ludwig trató de descubrir algún denominador común entre ellos, esperando allí en tranquila expectativa, pero no lo consiguió. Era como si treinta personas esperando en una parada de autobús hubieran sido traídas aquí. Finalmente sonó una campana, la puerta de la sacristía se abrió, y todo el mundo se puso de pie: Ludwig experimentó una sensación momentánea de sorpresa, a pesar de haber pasado algún tiempo en la antesala.

Dicen que, en la caída de Constantinopla, toda la población civil de la ciudad se reunió en Santa Sofía, donde se ofreció una serie ininterrumpida de misas para implorar el milagro de la liberación. Aquí, en el lugar más sagrado, que hasta entonces había sido un refugio para los perseguidos, los griegos tuvieron que someterse a la aniquilación de toda esperanza, la profanación de los santuarios hasta entonces tan religiosamente conservados, así como a su propio exterminio y desaparición. Una historia fue transmitida entre los sobrevivientes acerca de cuando entraron los turcos, un ángel abrió una grieta en la pared y guió a través de ella a los sacerdotes que celebraban. Un día, se dijo, la pared se abrirá de nuevo en el mismo punto y admitirá en el Templo a los que habían sido mantenidos a salvo para el futuro día de la salvación. Ludwig, que en su mayor parte sólo recordaba anécdotas de los libros de historia que leía, había conservado esta imagen de la grieta en la pared y la procesión al desaparecer en ella, para reaparecer en una fecha más tarde, como expresión de una esperanza contra toda razón, contra todas las apariencias, en contra de todas las leyes de la historia; ahora, al resonar la puerta corrediza abierta, era como si el momento, tan ansiado por los desafortunados griegos, hubiera llegado, sólo que la procesión se había perdido y, en lugar de llegar a Estambul, a Santa Sofía, había encontrado su camino en esta antesala desnuda. Hermann ahora vestía una sotana negra que le llegaba hasta el suelo y, sobre ella, un sobrepelliz blanco adornado con encaje en el cuello y en el bajo que le llegaba a la rodilla. Le daba un aspecto sorprendentemente infantil y limpio, como si estuviera a punto de ser bautizado. Después de él vino el profesor Gessner, con un sombrerito sin montura negro en la cabeza, con un pompón de seda de un rojo profundo; llevaba todas las prendas de vestir que Ludwig y Hermann habían acomodado en capas, una encima de la otra. Así avanzaron en procesión a través de los bancos hasta que llegaron al altar. Allí formaron e hicieron una genuflexión. Un hombre con barba en el pequeño órgano comenzó un largo canto con su voz de bajo. El profesor le tendió su sombrero a Hermann, quien le besó la mano mientras lo tomaba. A continuación, el profesor, manteniendo una profunda reverencia, empezó un largo y susurrado diálogo con Hermann, de rodillas junto a él, en tanto ambos se golpeaban el pecho. Mientras esto ocurría el hombre de la barba cantó una intrincada melodía en un tono menor; se transformó en un salmo cantado y luego de vuelta otra vez. Estos cantos eran una reminiscencia de la música oriental, árabe o india. Algunas veces, la gente en los bancos cantaba con él, y luego el profesor Gessner, en su voz tensa y poco atractiva, cantaba algo del enorme libro del atril cubierto de negro. Mientras lo hacía su rostro no era visible: se puso de pie, de espaldas al pueblo, dándose la vuelta sólo ocasionalmente, con la cabeza inclinada y los brazos abiertos, mostrando las palmas de sus manos, involucrándose en una especie de diálogo formal con la congregación. Sus movimientos eran rígidos y espasmódicos, como una marioneta de relojería. Era claro que no estaba a gusto con lo que estaba haciendo, que estaba actuando bajo alguna coacción.

Ludwig estaba perplejo ante esto, pero supuso que estos movimientos automáticos eran lo que esperaba Hermann. Nada indicaba que lo que estaba teniendo lugar tuviera algo que ver con la personalidad del profesor Gessner, sus preferencias, o su intelecto. Se veía obligado a reprimir su irascibilidad y la impaciencia durante estos eventos. Era como si tuviera que ocultar su carácter enérgico e indignado, mientras que la misa se estaba llevando a cabo. Ahora, el hombre de la barba cantaba un largo canto con muchos versos cortos, montados, por así decirlo, en la melodía: el rostro del cantante, blanco como la luna, estaba en una contemplación quieta, sus ojos sobresaliendo un poco. Parecía una figura esculpida en una fuente; la música fluía de su boca en una canción sin fin como una corriente de agua, secundada por los graznidos de Gessner, esta vez en el lado izquierdo del altar.

Hermann había dicho que era mejor no saber nada. "Hermann es mi Papa", Ludwig sonrió para sus adentros, rechazando cortésmente el libro negro, abierto en la página correcta, que su vecino le ofrecía. Sin embargo, su inocencia ya había recibido un golpe cuando, en relación con estos ritos, el profesor Gessner había hablado de la idea de "sacrificio" como el summum del sinsentido. La suerte quiso que no hubiera daño. La disputa teológica esbozada polémicamente por Gessner -que tomó a Ludwig como un católico muy versado en estos temas-, no le afectó. Lo que sí le afectó, y de una manera especial, fue la constatación de que realmente estaba participando en un "sacrificio".

Como Gessner había señalado, el sacrificio era por lo general un negocio sangriento. El rey persa solía matar un hermoso caballo en sacrificio todas las mañanas. En las pirámides aztecas seleccionaban jóvenes, vestidos con vestiduras resplandecientes y plumas de colores, y les arrancaban los corazones de sus cuerpos vivos en sacrificio a dioses poderosos. Los griegos sacrificaban bueyes, los romanos ovejas o carneros; Sócrates sacrificó un gallo. Hoy en día las personas que mueren en un accidente son llamados "víctimas" [alemán: "sacrificios"]. "Un accidente en una rotonda se cobró una víctima", así fue anunciada la muerte de Fidi en el periódico. ¿Fue Fidi una "víctima", o era solamente ante una terminología estúpida de un tiempo que no sabe nada sobre sacrificios y víctimas? Ludwig pensó en la imagen que Bella le había descrito: Fidi, sin una marca en él, dormido, desnudo, en una cama alta bajo una luz brillante, su respiración sostenida a través de tubos delgados, su cuerpo inyectado con sustancias inútiles. Su padre también yacía en una cama alta, pero no había luz brillante, y no yacía estirado, sino acurrucado como un gusano. Cuando Ludwig luchaba con los almidonados lienzos planchados del altar, desplegando con cuidado uno sobre otro, ¿No era como si estuviera ayudando a cambiar la ropa de cama de su padre?

Luego, su padre había estado tendido en la cama blanca, con ese nuevo tipo de inmovilidad que es tan incomprensiblemente diferente de la falta de movimiento de una persona viva. En esta sala, llena de luz del sol, el humo del incienso y el canto, se acordó de lo que Pressler había dicho: "Las dos cosas que digo con mayor frecuencia son: "No entiendo ", y "Es bastante simple”. Ludwig podría haber dicho las dos cosas al mismo tiempo, porque, por un lado, no entendía nada, de hecho, de lo que había estado sucediendo delante de él; y, sin embargo, al mismo tiempo sentía una idea que brotaba dentro de sí, que era de repente convincente, algo absolutamente evidente y muy simple: en los paños blancos del altar yacían su padre y Fidi y quizás aún más de los muertos, pero sus cuerpos eran pequeños y la negra espalda del profesor Gessner los oscurecía por completo.

Ahora reinaban el silencio y la calma. Todo el mundo estaba de rodillas, el profesor Gessner estaba susurrando, pasando las páginas del Misal, y Hermann con su sotana estaba arrodillado a su lado, la campana en una mano mientras con la otra levantaba un poco la casulla. El profesor Gessner se inclinó hacia delante y  susurró un poco más claramente, luego hizo una genuflexión; la campanilla sonó, y levantó una pequeña y blanca hostia redonda en el aire mientras la campana sonaba tres veces, y Ludwig olvidó que Hermann había tomado la forma de la caja de madera y la había puesto en la pequeña patena de oro en la parte superior del cáliz. Este disco blanco en una nube de incienso no lo veía como algo material en absoluto, o más bien, lo vio, por un momento, como algo muy fino y delicado, como luz solidificada. Entonces las manos bajaron y  el profesor Gessner comenzó a leer en voz baja de nuevo. . . .