martes, 19 de junio de 2012

Bautismo de Papel


Había una vez, en un país muy lejano, en un tiempo más bien cercano, una antiquísima y famosa taberna que se preciaba de servir el whisky más exquisito del planeta. Oficiaba de tabernero un anciano de rostro amable cuyos ojos eran la fuente de una mirada severa. Su remota ascendencia se perdía en la huella de los siglos; su estirpe había regenteado el establecimiento contra viento y marea, pocas veces en calma, sorteando revoluciones, guerras y catástrofes, sin cerrar sus puertas un solo día y brindando siempre a sus parroquianos la bebida más noble que hubieren probado labios humanos.


En la fachada del edificio, sobre la puerta principal, podía leerse, aunque con dificultad por lo antiguo de la escritura, harto castigada por las inclemencias climáticas, “Sólo se sirve whisky, y el mejor”.

La fama y renombre del lugar atraían gente de todas partes del mundo, deseosos de probar las virtudes del dorado elixir que allí se despachaba. Los iniciados que habían tenido la fortuna de degustarlo, indefectiblemente exclamaban:

—¡Verdaderamente, es ésta la mejor bebida espirituosa que existe! —Y coronaban ésta y otro tipo de frases similares con loas y exclamaciones de admiración.

El viejo barman, complacido, asentía con la cabeza cada vez que presenciaba una de estas experiencias y cuando estaba de buen humor, ordenaba una ronda para todos por cuenta de la casa a modo de bienvenida a aquél que, con certeza, se convertiría en parroquiano habitual a partir de ese día.

Era común, asimismo, que a los que llegaban por primera vez, habiendo saciado la curiosidad etílica, les llamara la atención una enorme barrica que pendía de los travesaños del techo del local a una considerable altura. E, inquirido el tabernero al respecto, respondía invariablemente:

—Este whisky que has probado, caminante, no es sino cicuta comparado con las bondades del whisky que allí almaceno y que reservo para “el gran día”.

Pero todo esto ocurría antes del advenimiento del tiempo cercano al que se alude al inicio de esta historia. El mundo fue transformándose en ancas del caballo del tiempo, cuyo sobrepaso se había tornado en galope desbocado, perdiendo de sus alforjas poco a poco la mayoría de la gente el gusto por la buena bebida. Los incidentes que a continuación relataré y que comenzaron a ocurrir en esta perenne institución darán una idea aproximada de lo que sucedió.

Cierto anochecer, se le antojó a un antiguo parroquiano pedir al dueño que le sirviera vodka, manifestando estar cansado de tomar siempre el líquido ambarino, al cual, insistía, le había perdido el gusto.

Contestole el anciano al cliente diciéndole era víctima de un engaño, y que no era cierto que le hubiera perdido el gusto a su bebida sino que, con seguridad, se trataba de las consecuencias de un cambio de alimentación del hombre, por otra parte conocido por todos en la taberna, ya que él mismo había comentado su giro del paladar por las comidas exóticas. Pacientemente le explicó el tabernero que los nuevos sabores adquiridos permanecían adheridos a sus papilas gustativas, lo que ocasionaba que fuera incapaz de apreciar como antes el líquido amarillo.

—Cómo sea —remató el viejo—, acá no se sirve vodka sino sólo whisky, y agua, porque es sabido que un vaso de agua no se le niega a nadie. Si quiere tomar vodka, vaya Ud. a cualquiera de los cientos de fondas que pululan por la ciudad—.

El resto de la concurrencia hizo ademanes de asentimiento, y el disidente, despechado, se marchó dando un portazo para no volver.

Ojalá la cosa hubiera terminado allí, pero aconteció que esta clase de rebeliones comenzaron a producirse con mayor frecuencia, reclamando buena parte de los parroquianos que se les sirvieran también otras bebidas y tragos mixtos, llegándose al colmo cuando un cliente del lugar exigió a viva voz que le pusieran un daikiri de frutilla con ron, trago deleznable si los hay. De nada le sirvieron sus protestas: recibió el mismo trato y destino que el amante del aguardiente incoloro.

Pero el despecho engendra rencor, y el rencor es cosa seria. Fueron poco a poco juntándose en grupos los exiliados, a mascullar su derrota y a planear una venganza contra el soberbio “bartender” y contra los pocos fieles parroquianos que le quedaban a la taberna. Se lanzaron mil ideas venenosas y se desparramaron al viento las más pérfidas calumnias con la solapada intención de denostar aquél intolerante tugurio, como le llamaban.

Pero de entre ese nido de víboras descolló vivamente una conspiración elucubrada por el afecto a la bebida rosa, que propuso lanzar una campaña difamatoria del establecimiento, basada en pruebas científicas irrefutables –o al menos, que aparentaran ser empíricamente comprobables—. Y no tuvo más infeliz idea que inventar una historia sobre un hombre que solía beber whisky en el viejo bar, que había fallecido una noche tras beber él solo doce botellas de whisky, sin hielo. Para rematarla, consiguió que un médico amigo dictaminara como pernicioso para la salud el monopolio etílico del whisky, aseverando que el mismo producía la muerte en el mediano plazo. No faltaron los testigos falsos de ocasión que refrendaran como cierto el cuento, y lo echaron a rodar por las calles de la ciudad, llegando a ser comentado incluso en susurros en la mismísima casa que era blanco de la conspiración.

El murmullo se transformó en discusión acalorada, riñendo a grito pelado la totalidad de los bebedores de la taberna. Al final, quedó sólo un puñado de fieles al establecimiento que sostenían la postura de siempre, comunicada por toda la sucesión de taberneros a lo largo de las centurias. Inútil fue decir que era fácticamente imposible que un hombre ingiriera doce litros de whisky, pues habría caído desmayado a la tercer botella, como igualmente infructuoso fue demostrar, con la opinión de un médico imparcial, que la bebida no era perniciosa, sino más bien lo contrario. De nada sirvió desenmascarar la mentira, poniendo en evidencia la falsedad de los testigos y desarrollado argumentos de todo tipo en contra de la conspiración.

La “mentira rosa”, como le dieron en llamar este puñado de intransigentes, pronto se desperdigó como un reguero de pólvora por la ciudad y por el mundo, ascendiendo los peldaños de su inicial estado de “rumor”, al de “versión histórica oficial” irrefutable e indiscutible.

Envalentonados, los partidarios de la diversidad alcohólica recurrieron al Juez civil de la ciudad, exigiendo se obligara al establecimiento a servir todo tipo de licores y otras minucias, como bebidas sin alcohol coloreadas y con gas. Pocas veces se vio en ese prestigioso país un juicio tan arbitrario y expeditivo. La sentencia final inconmovible dispuso, bajo amenaza de castigo ejemplar, que el antiquísimo bar expendiera toda una serie de bebidas y tragos enumeradas en un extenso catálogo de más de cien hojas. A fin de hacer expedita la orden, instruyó el magistrado también que la taberna tomase ayudantes y mozos de inconfundible afición a la tolerancia tragueril.

Y la taberna se transformó en una fiesta de dudosa reputación en la que proliferaban tragos azules, violetas y rosas, por mencionar únicamente los colores más fuertes. El viejo tabernero ya poco podía hacer, debiendo resignarse a soportar la orgía en que se había convertido su bar. A gatas pudo continuar despachando el whisky al que debía su fama y permanencia en el tiempo, aunque a condición de no pregonar del mismo que fuera la mejor bebida del mundo. A mayores males, cada vez que servía un vaso, tendero y parroquiano eran objeto de miradas torvas, cargadas de desdén. De manera que lo que antes era la bebida de la casa, pronto pasó a ser algo rayano en lo clandestino. Y si a algún loco recalcitrante se le ocurría alzar la voz para elogiar el whisky, o a fin de poner en duda la historia del pobre hombre de las doce botellas, inmediatamente era invitado a retirarse del lugar, siendo molido a palos si no se retractaba antes ante todos.

Todavía subsiste en la taberna una minoría silenciosa y retirada en el rincón más oscuro del local que insiste en permanecer allí, un tanto debido al whisky que les sigue sirviendo el viejo, pero más que nada por la barrica del techo, que un día beberán a sus anchas según la promesa que les hicieran.

El único punto de la demanda judicial que no prosperó tuvo que ver con esta barrica. Habían solicitado los demandantes que fuera descolgada del techo y puesta con las demás bebidas en el depósito, pero por alguna misteriosa razón el Juez no accedió y la rechazó.

Casi lo olvidaba: el cartel de la puerta fue descolgado y en su lugar se colocó una leyenda en luces de neón que reza: “Aquí se sirve lo que Usted quiera".

No hay comentarios:

Publicar un comentario