martes, 31 de julio de 2012

El Arte de la Botella

El Arte de la botella.

Me voy pa’l campo, me dije. Total allá nadie tiene apuro, y se vive de verdad... ahí si se vive endeveras no como acá a las gambetas.
Las bolas.
No alcancé a desensillar el zaino en las caballerizas, que ya vi en una esquina del corral tres toros que me miraban desafiantes, lanzando bufidos y escarbando el suelo con sus patas delanteras.
Podría haberlos ignorado, sí; quizás lo más conveniente hubiera sido dejarlos solos.
-Que se busquen otro idiota para sus juegos. Me dije para mis adentros y enfilé para las casas dispuesto a no mirar atrás. Pero antes de llegar a la tranquera, el retumbar de los cascos de Tarquino, un toro negro fierazo como pocos, me hizo girar sobre mi mismo para verlo lanzado a la carrera, en línea recta hacia donde yo estaba.
-Hijo e’ mandinga! Le grité mientras lo esquivaba con elegancia, acariciándole la testa con el poncho, cosa que enfureció aun más a la bestia. Pasó de largo y por allá lejos, al fondo del corral pudo controlar la inercia de su mole y como un trompo enloquecido pegó la vuelta, midiéndome mejor esta vez, ya que a cada zancada de sus patas delanteras me hacía un cambio de paso desconcertante, como pa’ que yo no pudiera adivinar el lugar justo del esquive. Pero lo engañé otra vez, cambiándole de lado el poncho, y su furia se hizo flecos contra la nada de la tela.
Se empezaron a juntar los paisanos, que entusiasmados con la topada fueron dejando de lado sus labores y se arrimaron al alambrao.
-Esto no termina bien. Dijo un gaucho viejo que de esto sabía. Y lo decía no por el toro malo que estaba siendo humillado, sino por los otros dos, que miraban quietos desde el fondo del corralón esperando su turno.
Total que luego de varias pasadas, ganó el hombre y la bestia se cansó, y también un poco el torero, no les viá decir que no.
No había yo logrado recuperar el aliento, cuando el toro colorao, de apelativo Niágara, se me acercó trotando, dibujando amplios círculos a mi alrededor, como estudiándome.
Sin previo aviso se me vino como una tromba, rompiendo la curvatura perfecta de su trayectoria en una carrera sesgada y enceguecida buscando mi humanidad.
-Malaya, fuego del infierno!. Le grité mientras saltaba hacia delante, arqueándome con una agilidad sorprendente para mi tosca fisonomía corporal. Desconfío que esta pirueta haya sido tan elegante como las burlas hechas a Tarquino, pero lo cierto es que no alcanzó del todo para esquivar al tren de carne y hueso, que me rozó en la cadera y me dejó trastabillando en el medio de una nube de polvo.
Batalla memorable la que tuve con este toro de sangriento aspecto, rojo como el sol furioso de un incandescente atardecer de verano. Nos sacamos chispas en cada cruce, abriendo cada uno las esclusas de una infinita rabia interior, que parecía manar sin fin de dos volcanes dispuestos a devorar el mundo entero.
Hasta que finamente lo sometí, quedando el bicho manso como un cordero, reconociendo la superioridad de la mayor de las criaturas. Quizás no fuera el momento de filosofar, pero en el regodeo de la victoria me dio por pensar que no había nada que me volteara, y por un instante me sentí enorme, invencible e inmune.
Y no lo vi venir a Virtuoso, el tercer toro, oscuro como el vientre de una cripta, más negro incluso que Tarquino. Me agarró de lleno desde atrás y me hizo volar por los aires, desarticulado y flojo cual un muñeco de trapo. Caí de cara mordiendo el polvo del suelo del corral, mientras se me llenaban de tierra los ojos y la boca, convirtiéndose en barro mi saliva.
Todavía rebotando contra el duro piso mi cabeza, me la pisó con las cuatro pezuñas, de a una por vez, destrozándola, o eso me pareció.
Y para terminarla clavó sus cuernos en mi esófago, levantando el estropajo de mi cuerpo por sobre su cabeza, sacudiéndolo durante unos segundos que me parecieron días. Me revoleó por encima del alambre, como despreciándome, cayendo inerte a los pies de los curiosos, de donde me recogieron unas manos amigas que intentaron practicarme las primeras curaciones.
Total que pasé el resto del fin de semana en convalecencia, levantándome solo para asistir a misa, lo que pensé que ayudaría a mi restauración. Y un poco sí, y otro poco no. Venía mejorando hasta que el curita dio por terminado el sacrificio, pero entonces tuvo la mala idea de sacar una guitarra de ende abajo del altar, y echándose al hombro la casulla se puso a rasgar el instrumento en una melodía que me trujo a la memoria los hits de Perales que escuchaban mis hermanas cuando eran adolescentes.
Entonces se me abrió la herida del esófago y un ardor abrasador me ganó el pecho.

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