martes, 31 de julio de 2012

El Patio de mi Casa

El Patio de mi Casa

Comenzaron a caer las primeras gotas y un regador que se afanaba rociando su porciúncula del parque se murió de envidia, apabullado por la grandeza de la lluvia, instauradora de una tregua en la guerra que la sequía le había declarado al campo. El rítmico sonido del aparato, mitad acuoso, mitad metálico, fue ensordecido y humillado por la magnífica orquesta que dirigía el aguacero. La tierra entera cantó, acompañada por el coro de fondo de los pájaros alborotados por la buena nueva.


Como contradiciendo la voraz porosidad del humus, en el patio de la vieja casa las baldosas ardientes repelían el chubasco, haciendo repiquetear el goterío en pequeñas explosiones, culminando sus estallidos en pompas burbujeantes afectas a la flotación sin rumbo. Pusilánimes barquitos sin destino fijado en sus cartas de navegación, condenados a desvanecerse súbitamente al corto trecho, sin dejar rastro alguno de su efímera existencia.

Tiene una galería el patio de mi casa, que lo abraza cual herradura obligándolo a mirar al nordeste. Tiene un aljibe, una puerta de rejas, canteros, macetas, plantas, enredaderas, un naranjo y un jazmín al centro.
Pero también tiene cientos de baldosas, todas ellas castigadas por el curso de la historia, exhibiendo cual cicatrices una multitud de hendiduras y grietas que se burlan socarronamente con sus caprichosos dibujos de la simétrica disposición que quisieron darle los constructores.

Cada herida con una historia a cuestas, cada hendidura con una anécdota que contar, algunas conocidas y otras que se perdieron en la memoria inescrutable de las losas. Un porrazo de algún gurí con su bicicleta; alguna pataleta de ese u otro muchacho, descargada con furia contra el impasible mosaico. Y porqué no algún golpe intencionalmente dañino de ese niño que gustaba dejarse llevar por los instintos. Cuando no un zapatazo iracundo del patrón, que causara el efecto de un sismo en toda una hilera del solado. Las inclemencias del clima, los abruptos cambios de temperatura, el furibundo castigo del granizo y cientos de eventos distintos hicieron que el piso del patio fuera como hoy es. Único. Digno. Noble. Sufrido.

Una superficie irregular y fragmentada, desprolija y ajada para quién no sabe ver, pero que sin embargo conserva cada ínfima fracción en su lugar, redundando el todo en una belleza inigualable, imposible de ser empardada por el más nuevo y sofisticado de los revestimientos de moda.

Y a veces, cuando llueve, parece que llora.

-Así es el rostro de mi madre-, me dije a mi mismo, con quién estaba tomando mate, y me fui a servir un güiski en plena tarde creyendo que era la hora, engañado por la penumbra que envolvía la tormenta.

O no tan engañado.

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