martes, 31 de julio de 2012

El Pescador

El Pescador

Se escurre el torrente del río marrón,
serpea, se anuda, resbala y se pierde,
cargado de tierra lleva el corazón.

Las islas lo acunan, los juncos se mecen,
los sauces se inclinan rindiéndole honor,
un sol que calcina se derrama y cuece,
a todo lo abrasa el ardiente calor.

La tierra y el agua se asfixian, perecen,
sólo una chicharra sacude el sopor.
La vieja barcaza liviana de peces
baja la corriente del líquido hervor,

y sobre la popa infeliz se adormece
un hombre curtido, viejo pescador.
Hace ya seis días que no lo enternecen
las manos menudas, el puro candor

de su hijo pequeño que añora y que acrece
años en los días de ausente labor.
Pensando en su china el hombre se estremece
como un jardinero que llora su flor,

levanta hacia el cielo sus ojos y preces
pidiendo al Eterno proteja su amor.
Tallada en madera su faz resplandece
de barniz bañada en oscuro fulgor,

su frente agrietada moja y humedece
por dentro el chambergo llevando frescor
a esa su cabeza que estoica se ofrece
al furioso rayo del astro mayor.

La caña que queda pide que la besen,
empínase el frasco de claro verdor,
dolores de huesos que se desvanecen,
los dedos maltrechos cesan el temblor.

El sol en el río la vista enceguece,
rendido de sueño se inclina a babor,
soñando en su rancho, su niño y las veces
que el cauce barroso burla su sudor .

La antigua barcaza sin timón parece
ir a la deriva sin su conductor,
doblando al capricho del río las eses,
borracha del agua de amargo sabor.

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