martes, 31 de julio de 2012

El Ratón y el Basural

El ratón y el basural

Cuentan que en un país lejano, en un tiempo que está en no me acuerdo qué página del libro del tiempo, vivía un ratón de ciudad cerca del basural de las afueras de un pueblo. A poco de ser fundada la ciudad, por causa de los desperdicios debió fundarse también el basural, lo que fue llevado a cabo por los pobladores mediante la excavación de un gran pozo en un baldío ubicado no muy lejos de los suburbios, pero lo suficientemente alejado como para que el fétido olor que emanaba de allí dejara vivir a los habitantes en una relativa paz y armonía. Otros dicen que el basural ya estaba hecho antes que los ratones cavaran, pero no se sabe con exactitud ni hace al cuento.
Pasaron los años y los siglos, y un poco porque la ciudad creció, y otro porque los desperdicios se acumulaban; se empezaron a juntar el caserío y el basural, llegando a convertirse éste en una enorme excavación irregular, con múltiples niveles de profundidad y diferentes secciones, producto de las sucesivas ampliaciones que se le fueron haciendo a lo largo del tiempo.
Se podría pensar que la sustancia más apestosa se encontraría en la superficie, o en las explanadas intermedias, ya que la basura fresca en proceso de putrefacción, o la recientemente descompuesta, son las que más hieden. Pero no, los jugos más espesos que fluían de los deshechos jóvenes se mezclaban entre sí y descendían en pequeños cauces y cascadas hasta lo más profundo de la cava, alimentando un negro y viscoso lago subterráneo que no conocía la calma chicha, ya que era agitado constantemente por estruendosos borbotones malolientes, producto de los gases que hacían casi imposible la respiración.
Y aquí creció nuestro pequeño roedor, viviendo en los suburbios, no lejos del basural, pero tampoco tan cerca como para que la vida le fuera imposible. Mientras fue cría joven fue mantenido a cubierto por sus amorosos padres del peligro que representaba la enorme cava, y un poco también por amigos, hermanos y tíos, y algunos libros que habían recalado en la biblioteca de su casa, pasados en su familia de generación en generación, que le contaban de cuando la ciudad era limpia, y no había necesidad de sacar la basura, porque no la había. Obras escritas, algunas, por viejos sabios de la historia de su pueblo, que le advertían de los riesgos y efectos de la podredumbre. Otras por no tan viejos ni tan sabios, pero que mantenían en lo esencial lo escrito por sus antecesores. Todas en línea con el Gran Libro, cuyo Autor había publicado también antes el libro del tiempo. No es que el animalito los hubiera leído a todos, ni tampoco que los hubiera estudiado con la debida atención, que si no no le habría ocurrido lo que le sucedió.
En fin, que nuestro ratón creció y se hizo grandecito, con tan mala fortuna que para entonces, el basural lo tenía pegado a la vuelta de la esquina, y el hedor se filtraba en cada rincón de la ciudad, sin que el problema tuviera solución, aunque algunos creyeran que poniendo esencias aromáticas sus casas olían bien. No se daban cuenta, pero el resultado era peor, agravando el daño primigenio y redundando la cosa en algo que debía ser parecido al vapor del mismísimo infierno.
Ocurrió que de tanto oler nuestro ratón a la fuerza la podredumbre del basural, se acostumbró al aroma y le dejó de molestar. Al punto que en un momento, le dio por pensar que no era tan malo, y que quizás valiera la pena darse una vuelta por el famoso lugar, para ver nomás porque diablos se había hecho tanto escándalo en su casa acerca de esto.
Grande fue su sorpresa mientras se acercaba, al escuchar risas y gran jolgorio, y mayor aun cuando al asomar el hocico, vio una multitud de ratones de parranda que parecían estar pasándola muy a gusto. Incluso había allí conocidos que lo alentaron a bajar y sumarse a la fiesta.
Entonces no se sabe si el ratón curioso se resbaló, o si derechamente se lanzó por un tobogán conformado por cientos de cáscaras de banana, que hacían una pila cuya altura llegaba al borde de la excavación. Lo cierto es que descendió a una velocidad vertiginosa, yendo a dar su animalidad al culo de media botella rota de whisky, que conservaba todavía un dedo del maldito líquido amarillo. Podrá parecer poco líquido, pero para un ratón era semejante a un baño termal de color ambarino.
Y bebió, con una sed infinita que nunca menguaba, bebió hasta perder la conciencia y quedóse dormido flotando sobre el alcohol, con la cabeza apoyada sobre un pedazo de corcho que indicaba que era güisky del bueno. O no tanto, que ya veremos.
Al despertar conoció lo que debió haber sido la madre de las resacas, pero pronto descubrió que esta incomodidad no era ajena a la ley del acostumbramiento. Y continuó bebiendo por varios años, adoptando el basural como nuevo lugar de residencia. Aunque se rehusaba a salir de adentro de la media botella, un tanto porque estaba cómodo allí, y otro tanto porque no estaba seguro si convenía salir a recorrer los alrededores de su nuevo mundo.
Hasta que lo asaltó el hambre, y famélico salió de su elemento, tentado por un pescado podrido que estaba en una saliente, más abajo, al que había estado mirando con ansias a través del cristal de su media botella. No se dio cuenta mientras descendía como bajaba a la par la intensidad de la luz del sol y todo se hacía más tenebroso. Sorbió los jugos podridos del pescado, y pese a una primer arcada que contuvo, continuó comiendo hasta que se hizo al gusto.
Qué cosas no hizo el infeliz en el basural a partir de entonces!. Bebió el almíbar del fondillo de oxidadas latas de conserva, y hasta restregó su hocico contra las naricitas de un grupo de ratitas blancas, atraído por la increíble blancura de su pelaje, que vaya a saber uno cómo había sido conservada sin mancha en aquél lodazal. Al acercarse noto que la blancura estaba veteada con grises, pero no le prestó demasiada importancia y prefirió quedarse para sí con la impresión inicial. Y bebió también de sus bocas los líquidos infectos de los deshechos del basural, que para entonces era ya mirado con cariño por el ratón.
Le nació un infinito desprecio por sus congéneres de la ciudad, sobre todo por aquéllos necios que perfumaban sus hogares, algunos de los cuales entraban de noche y a hurtadillas al basural, para volver antes del amanecer a sus guaridas.
Pero si no es cierto que nada es para siempre, al menos es verdad que algunas veces las cosas tienen un final, aunque dependa de uno, o de otros, u Otro.
Comenzó a indigestarse y a tener pesadillas. En ocasiones escuchaba voces familiares llamándolo en la superficie, pero no lograban hacerlo salir de su letargo. Miró hacia abajo, hacia las partes más profundas y oscuras del hechizante pozo, y dudó sobre si seguir bajando o quedarse donde estaba, sin saber qué hacer. Estaba perdido, desorientado. Volver a la ciudad fétida no era una opción, ya había estado allí, y le repugnaba, pero ahora también comenzaba a asquearlo la condición en la que había caído.
Parado sobre el risco de una vieja olla negra de hierro, se limpió como al descuido las patas delanteras contra su viejo y raído pantalón, atrayendo su atención el crujido de un papel que guardaba en el bolsillo. Era una vieja carta de un primo suyo, compañero y eterno rival de cuando eran solo unas crías, recibida hacía unos años y que había guardado casi sin leer.
Era una invitación a pasar un tiempo en su casa del bosque, puesto que este otro ratón había huido de la ciudad, convencido de que era imposible vivir con el basural en las narices y el mal olor infestándolo todo, no sin antes haber intentado convencer a su primo de que hiciera lo mismo.
Perdido por perdido, nuestro ratón se resolvió a aceptar el convite, disponiéndose a abandonar la cava y dirigirse al bosque. Fácil decirlo, cuando quiso trepar la subida enseguida vio como resbalaba apenas ganados unos pocos metros, y volvía a caer en la explanada del pescado podrido y las ratitas, que lo miraban con curiosidad, como se mira a los locos.
Intentó el ascenso sin éxito un par de veces más, hasta que finalmente hizo de tripas corazón, y prendido de la correa de una persiana vieja que colgaba desde el borde superior en milagroso equilibrio, logró trepar la escarpada y salir del pozo.
En algunos momentos, cuando más temía caer, tuvo la sensación de que alguien tiraba de arriba, ayudándolo a subir.
No bien hizo pie, se sacudió el lomo como solo los animales saben hacerlo, moviendo concientemente los músculos subcutáneos quitando lo grueso de los restos inmundos con los que estaba embadurnado, y se internó en el bosque siguiendo religiosamente las indicaciones brindadas en la vieja esquela.
Finalmente llegó a la casa de su primo del bosque, que lo acogió con una jubilosa bienvenida. Era tal la mugre y tan andrajoso el aspecto del ratón recién llegado, que el dueño de casa tuvo que llamar a varios amigos para que lo ayudaran a cepillarlo bien.
E inmediatamente después de asearlo prepararon un banquete con exquisitos manjares, que fue empujado con vino tinto y algún güisky también, no de tan buena calidad como el del basural, pero que sabía mejor aún, sin saberse con certeza la causa de ello.
Y nuestro roedor se quedó en el bosque, jurando no volver jamás a pisar la ciudad maldita y su basural, aunque tampoco pudo disfrutar a fondo su nuevo mundo. El desdichado no podía apreciar en todo su esplendor muchísimas cosas buenas, como el aroma de una flor, por tener impregnado dentro de sus fosas nasales el hedor de la cava; o el sabor de la buena comida, porque no podía desprenderse del todo del gusto a pescado podrido que se alojaba en el fondo de su garganta.
Pero estaba mucho mejor, vaya que sí, si hasta su primo tenía el Gran Libro y el resto de la herencia escrita de la familia, lo que alegró mucho al infeliz.
Dicen que por ahí se quedó, cerca de sus amigos del bosque, que cada tanto lo veían chiflando por la foresta, a veces, y otras despotricando contra él mismo, por haber desoído las advertencias de sus mayores, y contra el pueblo basura del que debió haber huido muchísimo antes. Antes de que le pasara todo lo que le pasó. O todo lo que se hizo.
Esperemos que se haya quedado por ahí, y que haya aprendido que media botella de whisky no es un baño termal en el que hay que sumergirse hasta ahogarse.
Y no, no vivió feliz ni contento, aunque sí puede ser que haya tenido muchas crías, y cuando grandes les contara esta historia, pa que aprendan que con el basural no se juega. Y con la ciudad maloliente tampoco.

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