martes, 31 de julio de 2012

La Tragedia de Cooperstown

La Tragedia de Cooperstown

Voy a robar de un cuento, para contar otra historia, la introducción más bella que han leído mis ojos de niño.

“Les voy a contar un cuento que cuentan en las llanuras del Sudán, en las noches de invierno, cuando el fuego chisporrotea. Una vez, hace mucho tiempo, en un tiempo que está en las espaldas del tiempo” seis amigos sedientos a causa de tragar la arena del día se detuvieron a las puertas de una sórdida taberna.
Sus mentes se vieron asaltadas por el dilema de si seguir desandando el camino a casa, o bien detenerse a aplacar la sed. Cruzaron entre sí miradas interrogativas, hasta que uno de ellos dio la bendición que todos esperaban pero que no todos querían pronunciar.

- Algo cortito. Y meneó su cabeza hacia el interior del local mientras abría la puerta, en inconfundible ademán de resignación.

La clientela adentro era variada, predominaban los beduinos y otros estrafalarios personajes del desierto. El ambiente era hostil, o eso les pareció en un primer momento, pero nuestros amigos hallaron una mesa oval en un rincón apartado, protegido por un biombo de madera que les daba algo de privacidad.

Con la primer botella ambarina se aflojaron las tensiones, y las lenguas. Al influjo de las últimas gotas se abrieron las puertas de los corazones y el espíritu de la amistad se hizo presente en medio de ellos, afincándose.
Era la hora de irse, de volverse, de regresar con el corazón contento a contarles un cuento a sus hijos, a elevar una oración con esos pequeños que aguardaban su regreso con la impaciente ansiedad tan propia de los chicos.
Pero no sucedió así, que si no este cuento acabaría acá.
Quiso un ángel negro disfrazado de camarera traer otra botella del preciado líquido, que fue recibida con algarabía por los caballeros de la mesa oval.
Las lenguas, que se habían aflojado con la primer botella, comenzaron a entumecerse y ya por el final del segundo recipiente algunos de nuestros amigos comenzaron a hablar ininteligibles dialectos primitivos.
Y fue el principio del fin. El hogar se les antojó lejano y tedioso. Inalcanzable. Quemaron las naves y ordenaron a la moza la tercer botella del veneno dorado, que los llevó por un oscuro camino descendente, a explorar el averno mientras discurrían sobre si era cierto que alguien había desatado a Belcebú.

Los salvó de caer en un delirio total la amistad, que seguía intacta, único bastión que permaneció indemne mientras el brebaje se adueñaba de la humanidad de nuestros -a esta altura- pobres amigos.

Comenzaron entonces a pasar cosas atípicas. Con la cuarta botella les fue dada la agilidad de los cuerpos resucitados, aunque no la voluntad de dirigirlos, y se vieron trasladados como por arte de magia ante una mesa de juego, verde como un oasis, por la que rodaban numerosas bolas de marfil que tenían impresos extraños jeroglíficos. No sabría decirles las reglas que gobernaban ese misterioso entretenimiento. Lo que sí puedo contarles es que hasta las tenderas, ociosas ya porque todos los beduinos se habían retirado, se pusieron a jugar con nuestros amigos.

Pero casi todo tiene su límite, y sobre todo la cantidad del maldito liquido amarillo que puede ingerir un ser humano.

Fueron desplomándose unos tras otros los cuerpos exánimes sobre la pana, hasta acabar en un amasijo inerte de miembros desarticulados.
Y fueron arrojados fuera de la taberna a la noche oscura, desde donde los recogió un mercader que pasaba por allí con sus camellos, quién en un gesto no exento de ánimo de lucro, los desparramó por sus hogares a cambio de las últimas monedas que les quedaban.

Desde ese día, cuando los amigos se reunían y rememoraban lo ocurrido, se referían a aquélla noche como “La Tragedia de Cooperstown”. No se por qué razones, pero así le llamaban.

Moralejas: 1) No hay que llegar a la cuarta botella
2) Tampoco a la tercera.
3) La segunda es peligrosa.
4) Con una está bien.

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