martes, 31 de julio de 2012

La Vida del Fuego

La Vida del Fuego

(o El Fuego en la vida, o La Vida del Fuego, o el Fuego de la Vida, o La Vida en Fuego, o… etc. etc. etc.)

Escogió cuatro troncos finos que conservaban su fisonomía natural y agregó encima dos maderos más pesados que ya habían probado el beso del hacha amputadora. Los colocó en la canasta de mimbre y los cubrió con hojas y ramitas secas. Era quebracho, con eso bastaría para toda la noche. Se incorporó irguiéndose en toda su estatura y contempló el sol que caía a pique sobre el horizonte, acelerando su descenso al tocar tierra, urgido quizás por cumplir su promesa milenaria de llevar luz y calor a todo el orbe. Tras él quedaba el frío enseñoreándose del paisaje invernal, lúgubre heraldo de la oscuridad viniente.

Entró en la casa, trancó la pesada puerta de madera y se dispuso a encender el fuego en el gran hogar que presidía el único ambiente de la cabaña, también toda ella de madera. Su trono de piedra era el único capaz de soportar la reyecía flamígera en aquella construcción de gruesas y oscuras vigas.

Acomodó en el centro las hojas en una pila, ni muy compacta, ni muy suelta. Fue colocando sobre ellas las ramitas secas, a modo de choza piramidal, y por último, sin aplastar la frágil armazón, colocó los troncos finos en orden similar al de las ramas. Encendió las hojas por la base con su viejo encendedor a bencina, y se retiró al confortable sillón de roble tallado en una sola pieza de un árbol que debió haber sido varias veces centenario ya cuando murió.

La pequeña llamita titubeó, como intimidada por el humo que parecía querer ahogarla, para enseguida tomar coraje y esparcerse hacia los costados y hacia arriba, sometiendo a las astillas a un contacto prolongado de su amarilla lengua. Lo que hasta entonces se había desarrollado en absoluto silencio fue perturbado por un ahogado crepitar de ramas en combustión, en tanto el fuego aumentaba y envolvía los leños como otrora una serpiente se habría deslizado por las extremidades del árbol ofrendado ahora en sacrificio.

Casi como de improviso las llamas saltaron y danzaron alegremente, iluminando el rostro del hombre que contemplaba absorto el magnético espectáculo. Una cálida luz repartió difuminadas sus formas y colores a los distintos muebles y objetos diseminados por el interior de la cabaña.

El hombre sonrió congratulado. Le atraía instintivamente ese fuego vivaz e impetuoso, en el que aun no se habían consumido los livianos materiales que fueran su principio, acrecentado por los leños mayores que prestaban su piel para el ascenso del fuego amarillo verdoso, por momentos azulado en la periferia. Hubiera deseado que se mantuviera en esa vitalidad toda la noche, desparramando calor y claridad, ruido y vida. Pero aunque sabía bien que no duraría, lo mismo se encendía en su ser la ilusión de que aquella vez sí lograría trascender.

Tiempo del fuego joven, inquieto y luminoso, de marejadas de calor resplandeciente y de una música danzarina de siseos y chispazos. Fuego pasional y demandante que parecía lo consumiría todo en un instante con su voracidad. Y así habría sido si las finas ramas hubieran soportado el calor devorador en el que estaban inmersas, más se consumieron rápidamente sin siquiera convertirse en brasas sino en una gris ceniza. Pero otro fuego más profundo ya estaba allí, se asomaba en los cuatro leños dispuestos en pirámide que parecían mirarse entre sí, ruborizados levemente en las fracciones de sus superficies colindantes, como comunicándose un secreto recíproco que alimentaba más y más sus arreboles.

La altura de las llamas fue menguando lentamente y acallándose su ruido cual una fiesta perece poco a poco decayendo en sus últimos instantes de agonía.

El hombre se inclinó sobre el fogón y juntó un poco los troncos, dejando que uno de ellos cayera más abajo que el resto, por detrás, de modo de formar lo que sería el corazón de ese su fuego.

Y así fue. El leño insigna bebió el calor transmitido por los otros tres y se los retribuyó centuplicado, provocando que una serena llama surjiera desde el centro por entre sus junturas, en un fuego más calmo y apacible, augurando una vida más longeva que la de su predecesor. Se mantuvo así un largo rato, una hora, quizás dos, bajo la hechizada mirada de quién era a una su mentor y protegido, comunicándole a sus pensamientos su propio ritmo y melodía. Ya no extrañaba aquél fuego vivaz e impertinente en el que todo era arrebato y frenesí. Este otro fuego sosegado había suplantado aquél éxtasis con paz. Su calidez era más suave y pareja, y en vez de alejarse de la llameante furia, hacía que se acercase más y más a la fuente de calor.

El madero convertido en centro fue trocándose en ascua casi por entero, partiéndose en pedazos incandescentes del rojo más puro y vivo que añoran fútilmente los pintores. El resto de sus pares todavía en pie comenzó poco a poco a transitar por el mismo camino y entonces sí, el hombre colocó los dos grandes troncos enhiestos, a modo de tenazas apretando el braserío. Lo que quedaba de madera en los primeros tizones dio el resto de su aliento en nuevas llamas que fueron a vestir los densos tocones agregados.

Y un tercer nuevo fuego fue surgiendo lentamente. Con algunos rasgos del anterior, pero de algún modo vuelto hacia sí mismo. A un interior mil veces más ardiente y de un rojo en tránsito hacia un blanco deslumbrante, que descollaba contra el caparazón chamuscado de los grandes leños que le hacían de cobertura. Cual una caverna de sólidas paredes de granito negro, rebosante de lava viva en su interior. Y el calor. El calor era distinto. Penetraba la superficial piel del hombre y parecía llegar hasta sus huesos, entibiándolo por dentro.

Lo invadió la somnolencia propia del sentirse así abrigado por tan magnífico e intangible ropaje. Y se fue quedando dormido gradualmente, con esa tan agradable sensación que se experimenta en el transcurso del indefinido viaje desde la vigilia hacia el sueño; en el que se ven cosas pero no se ven, o se imaginan; donde se piensa pero como en sueños, o se sueña pero como pensando. Le pareció ver entonces que ambos grandes leños trocaban en rudos centinelas de ígneas armaduras.

Así se durmió, con esa guardia cuyo celo lo tendría a buen resguardo hasta la madrugada, hasta esa hora en que los guardianes somnolientos a duras penas mantendrían sus lagañosos ojos abiertos como rescoldos poblados de ceniza. Hasta que viniera a por el ansiado relevo el Vigía Celeste luciendo en su casco el penacho rojo del amanecer.

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