martes, 31 de julio de 2012

Me Divierto sin Alcohol

Cómo no dedicar desde el Whiskerer algunas reflexiones a la creciente campaña mediática intitulada tal cual el rótulo de este artículo. Iniciativa que no conozco en sus pormenores más sí en el mensaje central que dejan entrever sus abanderados en la web, según el cual se promociona en la juventud una vida libre de los “horrendos vicios” que les legaran sus mayores, tomando de entre todos ellos el alcohol.
Mi pasado me condena a la hora de buscar ecuanimidad en el juicio.
Mi juventud entera ha transitado en peligrosa acrobacia rozando el culto a Baco. No existía el speedy con vodka, por cierto, pero esta anti bebida no era necesaria tampoco. La he probado ya de grande, en exceso, como casi todo lo poco que emprendo, y debo decir que sus efectos no son del todo asimilables a una buena dosis de alcohol tradicional. Más bien diría que tiene algo de satánica, pues deforma el periplo tradicional de una borrachera como la gente y estira el momento culmine hasta más allá de las fuerzas físicas del beodo, impidiendo el remedio natural del organismo ante el exceso líquido. Esto es, el sueño reparador.
Admitamos, cómo no, y espero que algún lector no se indigne, que la costumbre de los jóvenes de beber hasta volarse la cabeza no parece ser una cosa del todo sana. Sí, está bien, me cuesta decirlo pero sí, no es bueno. Ni recomendable a nadie.
Más luego de aceptar a regañadientes la premisa, quizá afectado por mi natural inclinación a las bebidas espirituosas –no lo descarto-, me sobrecoge una sensación de alerta, que me dice que algo está mal.
Y se me da por ver a estos nuevos Cruzados del Siglo XXI, como a aquellos que entran en una habitación vuelta literalmente patas para arriba y se escandalizan solamente por la ropa desparramada por el techo, sin reparar en el perchero tumbado en un rincón ni en que la cama, cuadros, crucifijo incluido y demás muebles se hallan invertidos en su posición, descolocados sobre el cielo raso, y todo el empeño lo pusieran en recoger las prendas de vestir desperdigadas por el lugar.
Como si ello fuera a provocar la vuelta del piso y techo –y de todas las cosas- a su lugar de origen.
Barrunto que algo de esto pensaba C.S. Lewis cuando decía que “Los modernos se han mandado una gran macana restringiendo la palabra “Templanza” a la cuestión del trago. Induce a la gente a olvidar que uno puede ser igualmente destemplado en otras cosas. Un hombre que hace del golf o de su motocicleta el centro de su vida, o una mujer que dedica todos sus pensamientos a su ropa, al juego de cartas o a su perro son tan destemplados como quien se emborracha todas las noches. Claro, no se nota tanto: la manía por el bridge o por el golf no hacen que nos caigamos en medio de la calle. Pero estas exterioridades no engañan a Dios”.
A lo que humildemente acoto que no es el trago una destemplanza más ni la causa de los males que aquejan a la Juventud –y a los hombres en general-, sino la desesperación. La ausencia total de conciencia de un destino trascendente en el hombre, el cual ya no tiende hacia Dios sino que busca inútilmente saciar su sed de vida en esta tierra, ahora, ya, eludiendo la parca. Condenándola al olvido a pesar de que paradójicamente todos los días nos restrega en las narices su presencia.
Y el mensaje de la postmodernidad, ya no de los Cruzados, nos brinda un sinfín de variantes para paliar la carencia del Supremo Fin:
Ten sexo indiscriminado, pero no tomes.
Se adúltero, pero no bebas.
Se exitoso, acumula cuanta riqueza puedas, pero no tragues.
Cultiva tu cuerpo y dale la belleza de un Dios griego, pero no
escancies.
Goza de cuantos placeres puedas, pero no dañes la salud que te permite disfrutarlos. No libes el néctar pernicioso.
Mata al niño que duerme tibio en tu vientre, pues una vez nacido te será una molestia para todo lo anterior, así como la botella.
No te arrepientas de nada, ni pidas perdón, ya estás perdonado de antemano por el “Dios del amor”, pero no bebas, que esto es lo único que él no perdona, porque te hizo para “ser feliz”, aquí y ahora.
Reniega de la verdad misma que te dice que existe una verdad, pero no levantes la voz, no desafines, no se te ocurra sostenerla ni contar que la has visto y sobre todo, no te entregues a la bebida.
Puedes ser lo que quieras, no tienes límite, ni dueño, ni norma, solo un mandamiento has recibido, y es de libre interpretación, pero implica una prohibición, “no te embriagues”.
El mensaje es infinito, o como tan infinita pueda ser la imaginación.
Como digo, no hay derecho en empalmar toda esta basura en los emprendedores de un mundo sano sin alcohol, pero a veces me parece que, aun sin saberlo a ciencia cierta, van haciendo estela a la embarcación de los “pornógrafos y drogados” de los que habla Volkoff en su oración a Santa Juan de Arco.
Sería arrogante de mi parte decir que los puedo ver, con las miradas lánguidas y los rostros laxos, faltos de carácter, carentes de personalidad, alzando insignias de ambigua significación, que no tienen un correlato asequible con el mensaje de la tradición. “Siéntete útil a la comunidad”, leí por ahí de uno estos templarios. Pero ¿cómo?, ¿luchando también contra la metástasis y defendiendo el tumor como algo bueno?.
Entonces me pregunto si el “volarse la cabeza” con speedy con vodka no es la consecuencia de este mundo del revés, y mi corazón se compadece de aquél que, al ver que está todo perdido se entrega a un vicio conocido como es el beber.
Cedo la impugnación erudita a un amigo “leído”, impetrando de él una exposición sobre el tema, pues de charlas con él, whisky de por medio, sale este adefesio con olor a reclamo mal redactado en un viejo libro de quejas que nadie leerá.Por mi parte, me quedo con el primer milagro de Cristo, asimilable a una generosa “canilla libre” de vino para todos. Invitación de La Casa.
Me quedo con el vino bien tomado entre amigos, que abre los corazones y desnuda las almas, de lo que no faltan referencias en las Escrituras.
Con la certeza de que me será mejor mirado el exceso etílico que la claudicación total, aun cuando me proponga poner en quicio aquél viejo pecado, que lejos estoy de controlar, como lejos lo estuvieron patriarcas de la talla de Noe y hombres del tamaño de Hércules.
Y si me falla el propósito, aun así me quedo con la resaca del día posterior, que pone las cosas en perspectiva y nos invita a reflexionar. Que nos calza un saco de plomo más en la conciencia, y en cierta forma nos hace patente nuestro carácter de pecadores.
Pero antes que fingir felicidad, en esto tiempos que corren prefiero cantar con un poeta desesperado: “A quién le puede importar después de muerto, que uno tenga sus vicios. El día del juicio final puede que Dios sea, mi abogado de oficio”.
Sea esa mi esperanza, y que los justos se aparten porque no tienen baza en este asunto. Ellos están fuera de estas cuestiones.
La prefiero mil veces a ser un "ciudadano ejemplar" de este mundo.

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