martes, 31 de julio de 2012

Nueva Tierra

Nueva Tierra

Una música envolvente y metálica lo fue sacando de a poco del país onírico por el que su yo vagaba errático y anestesiado. Imposible descubrir la fuente musical ya que el sonido parecía brotar desde cada uno de los poros de las paredes y esparcirse como una niebla por toda la habitación, si fuera posible considerar la existencia de irregularidad alguna en esas superficies perfectamente lisas y relucientes color crema. Las tinieblas más puras habían ido cediendo lugar a la luz del día, cuyo paso había sido habilitado por los “black outs” automáticos que cegaban el ojo del gran ventanal, a modo de párpados de un reptil gigantesco.
Diríase que el sol había amanecido enfermo, pero no, la tonalidad verdosa del “blindex” de una sola pieza había rechazado con éxito los dañinos rayos ultravioletas que pugnaban por introducirse en su pequeño oasis y atacar su bien cuidada piel, a la vez que otorgaba al ambiente la tonalidad justa de claridad redundando en lozanía para sus ojos y su psiquis.
Fue su despertar un despertar de ensueño. Nada de modorras incómodas ni de desperezos que menoscabasen el inicio de una jornada que se avizoraba plena y fructífera. El óptimo estado físico del que gozaba, a sus cuarenta años, fruto de intensas rutinas en el gimnasio y cuidados en la alimentación, monitoreado mensualmente por estudios de alta tecnología, provocaba que se levantara así, con la cabeza clara, pletórico de energía y en control absoluto casi consciente de cada uno de sus músculos. Las novedosas píldoras somníferas, que garantizaban sin secuela alguna un completo descanso del cuerpo y la mente, habían cumplido con creces las expectativas.
La temperatura ambiental ideal, ajustada hasta el centígrado, volvió a generar en su ánimo la congratulación de no tener que dormir agobiado por el peso de molestas capas de sábanas y frazadas que, había sido demostrado acabadamente, afectaban en el mediano plazo diversos aspectos de su sagrada salud, incluyendo la alteración de su presión sanguínea. De modo que solo tuvo que mover apenas la increíblemente liviana tela sintética que hacía de sábana, compuesta de fibras artificialmente combinadas por los científicos, cuyas propiedades salutíferas eran innumerables, según aseguraban, y a juzgar por su vitalidad, eran ciertas.
Paseó su mirada por el dormitorio y otra vez, incontables veces ya, se felicitó de haber contratado aquella reconocida y cara decoradora de interiores, que había dispuesto tan equilibradamente el mobiliario, entre cuyos materiales principales predominaban los mármoles, aceros y vidrios. Podrían parecer algo yertos, de un áurea un tanto gélida, quizás, pero en todo caso si era cuestión de frío, eso estaba solucionado con el climatizador inteligente y además, primaba por sobre la decadente idea antigua de belleza la construcción de un espacio que proyectara en la psiquis del hombre la tranquilidad y serenidad de espíritu que tanto había faltado en las generaciones anteriores.
Pocas cosas había en su día a día más gratificantes que la experiencia del baño, pequeño templo en el cual, a modo de maitines, llevaba a cabo toda una sentida celebración litúrgica en honor a su cuerpo. Su única y preciadísima expresión existencial, objeto de sus mayores atenciones y cuidados. Se admiró una vez más sin ningún pudor frente al gran espejo que circunvalaba el recinto, apreciando la envidiable perfección de su anatomía desde los ángulos más insólitos y de nuevo, no fallaba, se sintió pleno y feliz, poderoso y vitalísimo. Una hora aproximadamente le insumía el ritual de aplicarse los distintos ungüentos y pociones más novedosos, que ya no sólo cumplían el superado requisito de la higiene, sino que revitalizaban y regeneraban todo su ser, desde los dientes, de una blancura impoluta, hasta su cabello sedoso y abundante, pasando por sus cuidadas uñas y su cada vez más rejuvenecida piel.
Para al finalizar, otra vez extasiarse en la contemplación de sí mismo frente a los límpidos cristales del espejo, que merced al sistema de ventilación no lucían empañados por el vapor del baño caliente. Verdaderamente era una experiencia auto glorificadora. Entendía perfectamente entonces, con una certeza interior inexpugnable, que la atracción que ejercía en hombres y mujeres no era fruto de la casualidad. Era producto de sus cuidados y esfuerzos, y de los ingentes recursos destinados a tal fin. Una cuestión de eficiencia autocomplaciente. Había logrado la cúspide, la cima, pero no al modo del montañista que la disfruta por un instante nada más, sino que la había escalado para quedarse allí para siempre.
Si su propia desnudez lo halagaba, el proceso de vestirse era un ascenso a algo parecido al éxtasis. Había adquirido el difícil arte de combinar sus prendas de un modo tal que resaltaran su porte atlético, matizándolo con una cierta ambigüedad en cuanto a su oscuro origen varonil, lo que le daba un aire sofisticado y moderno. Y por qué no, un tanto indefinido.
Bebió sus jugos frutales, complejos vitamínicos y nutrientes, mientras en una delgada pantalla de dilatada superficie sorbía también la información necesaria para no tropezar con ninguna contingencia adversa durante la jornada. Ni climática, ni financiera.
Palpó en su costado la blackberry, comprobó el nivel de carga de la batería y salió con paso seguro de su casa hacia otra experiencia inenarrable, que jamás lo cansaba ni lo cansaría nunca. Su automóvil deportivo de última generación. A la señal del mando remoto le hizo un guiño con sus luces y vino a su mente la metáfora con la que gustaba solazarse. La de un noble caballero de plateada armadura que es recibido con relinchos de alegría por su bravío corcel. Claro que mucho más brillante y menos oloroso, y sin importarle un belín el quehacer de los caballeros ni la razón de su existencia, si es que habían existido alguna vez. El motor se encendió al influjo de sus huellas dactilares y entonces sí, al sentirlo vibrar y rugir sordamente bajo sus pies, sonrió complacido de la inmensa potencia de la que hacía gala su montado. Supo de cierto entonces que el mundo entero le pertenecía, no importaba cómo ni por qué.
Se detuvo en el primer semáforo rojo, paladeando de antemano las satisfacciones que le depararía la oficina; los negocios que cerraría con ese toque tan suyo y genial y los juegos de seducción y poder que como todos los días le estarían esperando.
Lo arrancó de su ensimismamiento un borracho harapiento que golpeó el vidrio de su ventana con una mano sucia enfundada en un guante roto.
-Una moneda, por el amor de Dios-
Ignorándolo despectivamente aceleró ante la luz trastocada en amarilla mientras mascullaba con un dejo de disgusto.
- ¿Por el amor de quién?-

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