martes, 31 de julio de 2012

Whiskereylandia

Whiskereylandia

-Papá, ¿adónde nos vamos de vacaciones de invierno?- La pregunta de la niña rompió el extraño silencio que se había posado sobre la mesa familiar, acostumbrada al bullicioso y constante parloteo de los chicos, que a veces hacía sonreír al papá y otras no tanto, sobre todo cuando ponía cara de estar siendo su cabeza martilleada por un pájaro carpintero.


-Tata nos invitó a su campo- respondió el padre mirándola –si les divierte vamos-.


Una metralla de respuestas unísonas se hizo oír al instante -¡Sí! ¡Sí! ¡Vamos!-


Y fueron nomás, ese mismo sábado. Se acomodaron como pudieron en el asiento trasero del auto, apretados como sardinas en lata, señal segura de que en un rato empezarían las peleas. Pero no importaba, la sola idea de llegar y quedarse unos días hacía que el sacrificio valiera la pena. Y hasta quizás hiciera que los chicos trataran de aguantarse la incomodidad proponiéndose portarse bien para hacer el viaje más llevadero.


Pero se pelearon nomás, aunque un poquito, no mucho y ya casi llegando. Se ve que la estrategia de la madre de poner separados a Pedro y a Carmela no fue tan buena después de todo. Es que las mellizas de menos de un año de edad, atadas en sus armatostes de plástico en medio de ambos hermanos, ocupaban demasiado lugar.


Cuando Pedro pisó nuevamente la tierra con sus propios pies se sintió como un preso condenado a la cárcel de por vida que inesperadamente recupera la libertad, y antes de desaparecer rumbo a los galpones corriendo a toda velocidad, gritó -¡Libre! ¡Libre otra vez!-.


Tras él se esfumó Carmela gritándole a todo pulmón que la esperase. A los diez minutos se los vio aparecer a caballo por el parque, enfrente a la casa grande. El chico montado en un zaino, el “Aguará”, que significa zorro en guaraní, y su hermana en la tordilla pintada de nombre “La Torcaza”, que creo todos los lectores saben qué significa.


Pasó el mediodía con su siesta obligada por el calor litoraleño, y a media tarde, el padre que mateaba bajo un tilo con la mirada perdida en el paisaje vio interrumpido su pensamiento por otra pregunta. ¡Cuántas preguntas hacen los hijos a sus padres!.


-Pa...-


-Qué, Pedro-


-¿Podemos ir al arroyo a caballo a pescar?-


-¿Solos?-


-Sí Papá, ya tengo doce- contestó el niño con autosuficiencia.


-Sí, pero Carmela todavía no cumplió once- respondió el padre meditabundo.


-Pero va conmigo Pa, yo la cuido, te lo prometo-


- Esteee.... no se...., tengo que pensarlo-


- Dale Papá, porfa..., vos me contaste que a mi edad ibas solo a pescar a caballo también- argumentó Pedro irrebatiblemente.


-Bueno, está bien, pero vayan con cuidado, no la dejes nunca a Carmela y apuráte antes de que se levante tu mamá porque seguro que no los deja- concedió el padre no muy seguro de si estaría bien tomada la decisión.


Y antes de que tuviera tiempo de arrepentirse, sin siquiera recibir las gracias, pudo verlos como corrían hacia los palenques, deteniéndose en el jacarandá, tras de cuyo tronco estaban las cañas con sus fundas, los anzuelos y la carnada que habían preparado de antemano. Ataron las cañas a la cincha, como les había enseñado Don Bartolomé, el viejo peón que les ensillaba los caballos, y salieron al galope corto rumbo al arroyo.


El curso de agua estaría a unos tres kilómetros del caserío, allá en el bajo de la loma grande, y demarcaba el límite del campo. No era un arroyo chico, el espejo de agua mediría más o menos unos quince metros de ancho y corría encajonado entre dos barrancas de inclinada pendiente, cuya altura dependía de lo crecido que estuviera el caudal, según las lluvias que cayeran más al norte, aguas arriba.


Carmela y Pedro marchaban al paso y en silencio, un poco intimidados por la inmensidad y vastedad del campo, y otro tanto porque era la primera vez que salían solos en una expedición tan larga. A pesar de que venían pidiéndola desde hace años, ahora que lo habían conseguido, el entusiasmo inicial se había trocado en una sensación rara, como si algún peligro los amenazara. Se inquietaron todavía más cuando pasaron junto a un grupo de caranchos que picoteaban una osamenta putrefacta. Carmela hubiera jurado que uno de esos feos pájaros la miró a los ojos y le graznó como advirtiéndole –¡Ten cuidado!-. Pero no se animó a decirle nada a su hermano, por miedo a que se burlara de ella. La pobre ni se imaginaba que a Pedro le había parecido ver exactamente la misma escena.


El chirrido del molino que bombeaba agua parecía la música de fondo perfecta para acompañar el estado de ánimo de nuestros amigos.


Así y todo, estaban dispuestos a cualquier cosa antes de volverse atrás y confesar a su padre que no habían tenido el valor de llegar hasta el Mamboretá, que así se llamaba el arroyo.


Pedro se puso a silbar una zamba como para espantar cualquier pensamiento extraño y así llegaron, al cabo de veinte minutos, a la costa del arroyo. Ataron sus caballos en un árbol caído, aflojaron las cinchas, y se dispusieron a arrojar las líneas al agua, con sus modernas y vistosas cañas de pescar de fibra de vidrio, equipadas con sendos riles frontales, regalo de la última navidad.


El que ha pescado con alguna frecuencia sabe del silencio del pescador. De esa paz en la que uno se sumerge, como fundido en el paisaje ribereño, dejando correr juntamente con el agua la imaginación y el pensamiento errante, sin objeto aparente alguno. De ese estado sólo se sale con el pique de algún pez, que podría compararse a una descarga eléctrica en el cuerpo, que acelera el corazón y hace bullir la sangre en las venas. Y bueno, también se sale por la picadura de los mosquitos, sí señor.


En ese estado estaban los chicos, y salieron, pero sin un pique, ni de pez ni de mosquito, sino porque empezaron a sentirse observados, como cuando a veces nos pasa que estando solos sentimos que alguien nos mira. Es como un sexto sentido. Y de repente lo vieron, medio escondido entre unas matas, en la ribera de enfrente. Un par de ojos negros que los miraban inquisitivamente. Tendría su misma edad, once o doce años, aunque resultaba en extremo difícil calcularla puesto que era un chico vestido de harapos, cubierto con una capa de mugre tal que Pedro nunca habría logrado equiparar ni en sueños, y eso que había hecho numerosos intentos para batir el record de suciedad. Una maraña de pelo oscuro coronaba su cabeza, indicando sin lugar a dudas que jamás había conocido el peine. Ni tampoco el baño. Estaba “en patas”, con los pies rozando la superficie del agua, y de su nariz caían dos regueros de moco mezclado con tierra. Los miraba fijo alternativamente a uno y a otra, y no decía nada ni denotaba su cara expresión alguna.


Uds. pensarán que les dio lástima, pero no, quizás debido a ese estado de ánimo que más arriba les conté, la imagen de ese pequeño con aspecto salvaje los atemorizó, y rápidamente recogieron sus cañas, subieron a los caballos y desandaron el camino a casa a todo galope.


Al preguntarles sus padres esa noche, durante la comida, cómo había estado la pesca, respondieron con un lacónico –bien, no había mucho pique- y otras evasivas por el estilo. Esas cosas que tienen los chicos, de no contar a veces los acontecimientos extraordinarios que les toca vivir.


A la noche, en la cama, después de haber rezado y apagada la luz, cuchicheaban entre sí sobre quién sería ese misterioso personaje, y se fabricaban mil teorías al respecto. Desde que era un chico huérfano abandonado que vivía solo en el monte, del otro lado del arroyo, hasta la posibilidad de que fuera un fantasma poco amistoso.


A pesar de ello, pudo más la curiosidad y volvieron a pescar al día siguiente, no viendo a nadie cerca en la primera media hora que llevaban allí. Más luego de un rato, apareció la flaca figura del niño harapiento entre dos arbustos, saliendo del bosque.


-¡Fuera, andáte!- le gritó Carmela asustada –¡acá estamos pescando nosotros y es nuestro lugar!-.


- ¡Sí!- la apoyó Pedro –este lugar es nuestro, buscáte otro- y le arrojó un cascote que desprendió de la barranca del arroyo.


El niño desapareció como por arte de magia, para alivio de los hermanos, aunque algo en su interior les dijera que lo que estaban haciendo no era nada bueno. No se si era una buena excusa el que estuvieran asustados, pero lo cierto es que no se sentían del todo bien por haberlo echado.


Pero, como suele pasar, cuando no se escucha esa voz interior, que es la conciencia, y se siguen haciendo las cosas mal, uno finalmente se acostumbra y deja de oírla. Así les pasó a Pedro y a Carmela, que siguieron yendo a pescar todos los días esa primer semana, y cada día echaban al pobre niño con insultos y burlas, sin sentirse al cabo para nada mal.


Una tarde como las anteriores, en la que se encontraban sentados a la vera del río intentando capturar el primer pescado, ya que no habían logrado pescar absolutamente nada todavía, Carmela recogió su línea para verificar la carnada y viendo que se había desprendido intentó incorporarse para ir a buscar más. Más al intentar ponerse de pie, resbaló con su pie derecho y cayó rodando por la cuesta hacia el agua mientras gritaba desesperada. Pedro, que estaba sentado a unos pocos metros, la vio caer en el agua marrón y desaparecer bajo la superficie dejando tras de sí sólo un remolino burbujeante. Sin siquiera pensarlo se zambulló de cabeza en el lugar en el que había desaparecido y pataleó enérgicamente hundiéndose con las manos extendidas, moviéndolas hacía todos lados en búsqueda de su hermana. Por más que tenía los ojos abiertos, sólo podía ver una masa de líquido marrón oscuro. Cuando sus pulmones estuvieron a punto de explotar, los dedos de su mano derecha tocaron algo que pudo reconocer por el tacto como la campera de corderoy de Carmela. La agarró con todas sus fuerzas y nadó hacia arriba lo más rápido que daban sus piernas, hasta que ambas cabezas salieron fuera del agua. Una explosión de luz solar les cegó los ojos mientras aspiraban una bocanada de aire tan larga que parecía iba a dejar al resto del mundo sin oxígeno.


Ojalá se hubieran terminado acá los problemas de Pedro y Carmela. El arroyo estaba crecido y se vieron envueltos en una fuerte correntada que los arrastraba río abajo mientras a gatas conseguían mantenerse a flote. Pudieron ver como los caballos se alejaban más y más y se empequeñecían, hasta que doblaron un recodo del torrente y los perdieron de vista.


Por fortuna, en el medio del cauce, en esa parte del arroyo, crecía un arbusto achaparrado de esos tan característicos en los ríos y arroyos entrerrianos, que a veces son tan tupidos que impiden la navegación y hasta la pesca misma. Pero este arbusto crecía solitario, asomando sus delgadas ramas a la superficie, que se movían al compás de la correntada. Lograron con dificultad asirse de los frágiles brazos del árbol benefactor y allí quedaron, agotados y tiritando de frío, sin poder emitir palabra.


-Nos vamos a ahogar- dijo Carmela sollozando -jamás podremos atravesar la corriente y llegar a la orilla-.


Pedro la miró, miró las aguas que corrían enfurecidas y no contestó nada, porque sabía que su hermana tenía razón. No había tampoco forma de pedir ayuda. Empezó a pensar en sus padres y se le hizo un nudo en la garganta, a la vez que unas lágrimas se escapaban de sus ojos enrojecidos por el agua turbia.


-Agarráte bien de mí- le dijo a su hermana en un arranque de valentía, –no tengas miedo- y permanecieron allí mientras sus fuerzas iban disminuyendo rápidamente.


Con los ojos cerrados, trataban de pensar solo en mantenerse aferrados a las ramas, sintiendo únicamente en sus párpados el calor de la luz del sol, ya que el agua helada iba enfriando poco a poco sus cuerpos. Hasta que una sombra se interpuso entre ellos y el astro rey, y al abrir los ojos vieron al niño sucio en una canoa, que les tendía las manos para subirlos. Como pudieron, se treparon a la embarcación y se recostaron en su fondo, casi desmayados de cansancio. Sintieron la proa tocar tierra y descendieron luego de que su salvador la hubiera asegurado atándola a una estaca que clavó en el suelo.


No se habían dicho nada aún.


Luego de atar la canoa, el niño que no conocía el peine prendió un fuego, a cuyo resplandor recobraron el calor del cuerpo Pedro y Carmela. Cuando estuvieron en condiciones de pronunciar una palabra, no les alcanzaron ni todas las que conocían para agradecerle y pedirle perdón por como lo habían tratado en los días previos. Les contó que se llamaba Ramón, y que vivía con su padre, su madre y sus ocho hermanos en un rancho, en el medio del monte.


Y se hicieron amigos. Desde ese día en adelante, fueron a pescar siempre al mismo lugar, donde Ramón los esperaba sentado bajo un aguaribai. Y Pedro y Carmela se divirtieron como nunca con su nuevo amigo y esas vacaciones aprendieron muchas cosas del campo, el arroyo y el monte. Y de la vida también. Si hasta Ramón les mostró los mejores lugares para pescar y cómo hacerlo, y al final pescaron tanto que parecía una pesca milagrosa.


¿Que si les contaron a sus padres lo que les había pasado? No lo se, ¿Ustedes qué hubieran hecho?

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