viernes, 23 de noviembre de 2012

Ignacio B. Anzoátegui


Salí a cazar de noche una poesía[1],
-Es que andan por ahí- me dijo Ignacio.
Como ariscas gacelas se escondían,
No me tocó el regalo de topacio[2].

A punto de perder ya la fe mía
Me puse a rellenar blancos espacios,
No me animé a pensar que me mentía
Pues tengo de su caza el cartapacio.

Absorto en la rapiña de algún nombre,
Tendiéndole emboscadas a las cosas.
Fue entonces que me vi, ya todo un hombre

Y a mi niño enterrado y en la losa
Escrito “muere aquel que no se asombre”
Y un cortejo de musas y una rosa.


[1] Este es el poeta: el señor y el servidor de todo lo creado; el hombre-niño para quien todo se creó y que fue creado para que sirviera de testigo del espectáculo de la Creación; el cazador-niño para quien se crearon las fieras y las aves, las selvas y las flores, los mares y los arroyos, los vientos y las brisas, la huella del monstruo sobre el barro prehistórico y el clavel donde hace centro el picaflor. Es el poeta cazador para quien la Creación es siempre una Creación de encantamiento, donde Merlín y Morgana asisten a Dios, y Dios –para no ser menos que los encantadores- troncha una varita de abedul y continúa manifestando sus milagros con ella entre el índice y el pulgar. (Ignacio B. Anzoátegui – J. N. Ferro / Eduardo B. M. Allegri, Ed. ECASCPN, p. 70).
[2] Van Gogh: “Desde la Eternidad inventó Dios el amarillo para poder un día, con la mayor naturalidad, regalárselo a Van Gogh”. (ídem, p. 111 )

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