lunes, 25 de julio de 2016

La Herejía de lo Informe - Martin Mosebach

3. ¿Necesita el Cristianismo una liturgia?


Primero que todo quiero llevarlos a una alta montaña, a una roca escarpada que pende sobre el mar, Monte Tiberio en la isla de Capri.  En su cumbre se ubicaba una de las más grandes y hermosas villas del emperador Tiberio, la Villa Jovis; desde sus terrazas uno podía mirar hacia abajo y ver el enorme templo de Minerva levantado en la parte continental y del que no queda piedra sobre piedra. La Villa Jovis ha sido también desvastada hasta sus cimientos: algunos de los bellos mármoles del piso del palacio han sido colocados en la Catedral de Capri. Los campesinos solían quemar el mármol para obtener cal; aquellas estatuas que no destruyeron pueden verse en el museo. En siglos anteriores, Tiberio era considerado un demonio de la misma clase que Nerón –injustamente, sin duda- pero es un hecho que Tiberio estaba en esta residencia el mismo año en el que su procurador, Pilatos, permitió la ejecución de Jesús. En esos años un terremoto destruyó el faro de Villa Jovis. La tradición dice que hay líneas subterráneas que unen este faro (sus ruinas están aún de pie) con el Gólgota. Así que no es sorprendente que alguien tuviera la idea de construir una capilla entre los cimientos del arruinado palacio al tope de la montaña, con una pequeña habitación adyacente que alojaría una ermita. Actualmente esta capilla se abre una vez al año, el 8 de septiembre, la Fiesta de la Natividad de María; en Nápoles esta es una de las fiestas eclesiásticas principales, bajo el título de Madonna di Piedigrotta, y constituye el centro de una enorme y extravagante festividad local. En esta ocasión la pequeña capilla es decorada con luces festivas como un puesto de feria, su elevado altar sumergido en gladiolos frescos, haciendo ver al óleo de la Madonna incluso más negro y más incrustado de ollín. Por el resto del año los ratones dan vueltas en el desierto edificio y abren a dentelladas su camino dentro de los cajones de la sacristía.

En un período de mi vida en el que pasé mucho tiempo en Capri, recibía una vez al año la visita de un sacerdote inglés que vivía en Génova. Era uno de esos sacerdotes que pueden ser identificados por su vestidura y que resultan raros de ver hoy día, incluso en el sur de Italia. De cualquier forma, el clero de Capri no se sorprendió tanto de la sotana del hombre como cuando se enteraron que pretendía seriamente celebrar la Santa Misa en la capilla, sólo; aun así, su respuesta fue que estaban dispuestos a hacer a un lado sus escrúpulos religiosos, ofreciéndole la posibilidad de concelebrar en la Catedral. El sacerdote inglés era un hombre práctico; no era un gran teólogo pero tenía una idea muy clara de lo que era absolutamente necesario y esencial. Finalmente le fueron entregadas las llaves de la pequeña capilla de Villa Jovis, la cual se encontraba lejos y no constituía una amenaza. Total, allí arriba no enojaría a nadie. Era entrada la tarde cuando ascendimos por primera vez a ese punto, por una larga senda que se levanta gentil pero constante a las tierras altas, dándonos una amplia vista del golfo.  La capilla en la punta simplemente parecía  no querer ser fotografiada; desde el último año  se había arrumbado con la alta humedad de la isla. Mientras abríamos la puerta, fuimos recibidos por un aire de decadencia. El tabernáculo de metal estaba abierto. Había unos floreros polvorientos en el altar y una cubierta de plástico cubría su enmohecido mantel. Las velas se habían consumido completamente. Las sillas estaban desparramadas al azar en derredor. La sacristía lucía como si la hubieran abandonando en un gran apuro. Botellas vacías, un cáliz de mal gusto de algún tipo de aleación de cobre, trampas para ratones, cables eléctricos para las iluminaciones anuales, flores disecadas, una silla con tres patas; esta era la “naturaleza muerta” que se nos presentaba. El sacerdote abrió los cajones. Revelaron una húmeda amalgama de lienzos de altar y albas, y un misal en proceso de desintegración cubierto de moho. Mis padres acababan de darme un viejo misal; yo había querido uno del tiempo del Sacro Imperio Romano, y el que me habían dado databa de 1805, esto es, casi actual y publicado en Ratisbona. Este misal en descomposición era la misma edición, con los mismos simples y afectados grabados en cobre pálido. No había nada romántico en la desolada capilla. No era Pompeya, sino un bote de basura en el que aun los deshechos no se habían convertido en abono. Olores nauseabundos flotaban en el aire, era un lugar muerto.

Mi amigo sacerdotal no se permitió ningún tipo de reflexiones. Tenía un propósito en mente y no había tiempo que perder. Abrió las ventanas y un aire tibió se coló dentro. Tomó una escoba de algún rincón y comenzó a barrer la sacristía. Limpió la superficie del altar. Tomó las vestiduras de los cajones, las tendió y las examinó. Ajá, una de las albas estaba limpia y en una sola pieza. Limpió cuidadosamente el cáliz. Descubrió un crucifijo doblado, lo besó, y lo colocó en la cómoda de la sacristía. Hizo arreglos en el altar y puso los floreros en una esquina de la sacristía. Las sillas estaban ahora ordenadas en fila. El altar estaba cubierto con un nuevo mantel. Encontramos dos velas y las pusimos en los altos candelabros del altar. Había otro altar moderno (versus populum) de imitación madera, con una decoración de vides de metal pegada a él. “Esto servirá bien como credencia” (mesa lateral donde se ubican el vino, agua, etc), dijo el sacerdote, y en un tris lo habíamos puesto contra la pared de la derecha. Encontró la cuerda de la campana, subió por la escalera exterior y la sujetó a la pequeña campana. Ahora la pesadilla estaba rota, la costra de tristeza dispersada. El viento sopló a través de la puerta abierta de la iglesia como un hálito de vida. El sacerdote se colocó una estola salpicada de satén violeta, tomó una botella de agua mineral que había traído consigo, vació su contenido en un pote de plástico rosa, y comenzó a rezar; agregando sal al agua, la bendijo y la vertió en las conchas de mármol de la entrada. Me pareció escuchar a la piedra exhalar un suspiro mientras volvía otra vez a la vida. A estas alturas, una casulla arrugada de hilos de oro lurex yacía lista en la sacristía. Yo estaba tirando de la cuerda de la campana, la que lanzó un fino repiqueteo en el aire de la tarde, dispersándose al viento. La gente comenzó acercarse desde la lejanía, atraída por la campana. Para cuando el sacerdote emergió de la sacristía, vestido con la arrugada casulla dorada, había como veinte mujeres y niños en las hileras de sillas. El sacerdote se inclinó ante el altar y comenzó a decir: “Introibo ad altare Dei”.

Nunca el salmo “Judica” al principio de la misa me pareció tan claro y tan lleno de vida. Los versos parecían aplicarse específicamente a lo que acababa de ver y experimentar. Primero, habíamos dejado la ciudad donde no era permitida la celebración de esta misa: “Quare me repulisti, et quare tristis incedo, dum affligit me inimicus?” (¿Por qué me has abandonado? ¿Y por qué camino yo con rostro triste, cuando me aflige mi enemigo?). Luego estaba la larga senda montaña arriba que conducía la capilla: “Emitte lucem tuam et veritatem tuam, ipsa me deduxerunt et adduxerunt in montem sanctum tuum et in tabernacula tua” (Iluminadme con vuestra luz, y enseñadme con vuestra verdad: ellas son las que me han conducido, y me han introducido en vuestro monte santo y en vuestros tabernáculos). Luego había estado la limpieza y preparación de la descuidada capilla, y esos preliminares me parecen ahora no solamente una banal operación de limpieza, sino realmente -en una forma que era enteramente nueva para mí- parte de la liturgia: “Judica me, Deus, et discerne causam meam de gente non sancta” (Juzgadme, Señor, y discierne mi causa delante de la gente no santa) Me pareció que el sacerdote había llevado a cabo su trabajo de discernere purificando el lugar del sacrificio, encendiendo las velas, bendiciendo el agua, barriendo el polvo y tirando las trampas para ratones en un rincón. Limpiando la capilla y dejándola lista, estaba designando el lugar sagrado, dividiendo la gens sancta de la gens non sancta. Como Abel o Noé, él primero construyó un altar antes de comenzar el sacrificio; como Moisés designó el lugar dónde debía descansar el Arca de la Alianza. Su oración fue precedida por esta delimitación, limpieza, preparación. De hecho, la oración era sólo posible en este tipo de espacio delimitado y designado. La decisión de embarcarse en la oración presuponía el cruce de un límite; era necesario que uno mismo dibujara ese límite y, cruzándolo, abandonara la gente no santa y se convitiera en gente santa, una gente que podía ateverse a confiar su causa a Dios.

 A esta altura soy sorprendido por una pregunta: ¿Qué tiene que ver el cristianismo con fenómenos como el que acabo de describir? Lugares santos, la separación de lo sagrado y de lo profano, ¿es algo cristiano? Hago esta pregunta en referencia a los primeros cristianos y al tiempo de Jesús. ¿No pensamos en la actividad de Jesús como una poderosa revolución dirigida contra todo lo que es ritualístico? ¿Seguro no eran los sacerdotes y escribas de su tiempo los que fueron más severamente malditos por el Redentor? Vemos las enseñanzas de un Jesús de doce años en el Templo, en la casa de su Padre, como Él mismo dice, pero cuando luego retorna al templo, lo hace por un propósito que poco tiene que ver con el culto y el sacrificio: invade el Templo, causando violencia y caos. Si pensamos en los lugares asociados al ministerio de Jesús, arduamente hallaremos alguno ritual entre ellos. Cuevas, campos solitarios, el desierto, una vega junto al Jordán, varias viviendas, pozos de agua para ganado, embarcaderos, estos son los escenarios de sus más grandes actos. Es un caminante (wanderer); alrededor suyo el viejo espacio, el viejo orden parece haber sido suspendido, y el nuevo orden que fundó es apenas visible. En derredor suyo no hay Sábado, ni restricciones alimenticias, ni discernatio moral. Entra en las casas de los que son moralmente intocables y abruptamente desestima cada objeción ritual. Donde está Jesús, está la necesidad más cruel o el más superfluo abandono. Cuando actúa simbólicamente, esto es, de una manera básicamente ritual o artística, usa las cosas de todos los días.  Cuando uno lee las regulaciones alimenticias mosaicas, es asombroso de ver todas las cosas que no pueden ser comidas, las que no pueden ser comidas con otras cosas, lo que no debe ser consumido caliente o frío; esto comparado con el pan y el vino, ¡que eran sólo acompañamientos de la comida sacrificial judía! El lava los pies de los discípulos, dando pie incidentalmente a la primera disputa ritual de la Cristiandad. Pedro entiende claramente este acto como una clase de bautismo y en consecuencia quiere ser lavado de pies a cabeza, mientras que Cristo le enseña que un lavado simbólico no es un acto de perdón de los pecados, sino una expresión del amor del Creador por sus criaturas. El punto es que incluso este lavado de pies es tomado de una práctica diaria. El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza; pero vemos claramente que Él no quiere tener donde reclinarla; Él no quiere tener un lugar santo, una morada divina, alrededor de la cual las personas piadosas puedan levantar sus tiendas. Hay algo fortuito acerca de las grandes estaciones de su Pasión, un jardín, un patio, una calle, el lugar de ejecución, la tumba provista a último minuto. Cierto, están conectados con la ciudad de Jerusalén, pero Jerusalén misma no es más considerada un lugar santo: es una ciudad maldita, entregada a la desolación. Incluso en tiempos pre cristianos Judea era “tierra santa”; aquí, en todas partes, la memoria de las obras de Dios a través de los patriarcas, jueces, reyes y profetas, fue mantenida viva. Prácticamente todas las religiones cultivan este vínculo con el suelo, pero Jesús rompe el vínculo con una despreocupación decididamente sacrílega. Podemos decir que, en el mundo antiguo, la divinidad estaba muy cercanamente conectada con lugares particulares. Si uno quería venerar una divinidad, tenía que visitar el lugar donde residía; abandonando el lugar, uno también abandonaba su presencia. Después de Constantino, la primer Cristiandad condujo una feroz campaña contra los lugares santos de la vieja religión. En algún sentido es algo que debe ser lamentado. Monjes desenfrenados y turbas movidas por fanáticos quemaron los templos, tirando abajo y destruyendo las imágenes de los dioses, las cuales estaban entre los tesoros artísticos más grandes de la humanidad. Pablo no quería ni oír que se mantuviera una fiesta religiosa.  En lo que a los redimidos concernía, cada día era Pascua. Como los judíos en el desierto, la humanidad había continuado su peregrinaje a través del tiempo, pero había arribado a su objetivo, y la historia había llegado a un fin. Los bautizados vivían en un eterno ahora, en la contemplación de Cristo. En la tierra, sólo podía ser visto como en un espejo, pero los bautizados eran conscientes de ser reconocidos y abrazados, incluso ahora, en la carne, por su Creador.

Ha habido una antipatía muy fuerte hacia lo ritual en muchas fases de la historia de la Cristiandad. La encontramos en su infancia, en San Francisco de Asís, en los movimientos proto protestantes de la Edad Media, en la Reforma de Lutero y Zwingli, en el Galicanismo y Josesismo del siglo XVIII, y en la iconoclasia litúrgica de hoy día. Me parece a mí que este anti ritualismo combina con la particular mentalidad de estos diferentes períodos, pero al mismo tiempo tiene raíces muy profundas en el cristianismo mismo. En su mayor parte, los movimientos que se opusieron a lo ritual en el cristianismo fueron enérgicos, radicales y apasionados: Pienso que nuestro tiempo nos presenta el primer ejemplo de una iconoclasia que proviene de una anemia religiosa, un anti ritualismo sobre la base de una religión que es débil.

Cada mañana de domingo, de niño, experimentaba un anti ritualismo bastante poderoso. Me hacía una profunda impresión. Mi padre era protestante, mi madre católica. Cuando sonaban las campanas de la iglesia, no salíamos inmediatamente para misa. Nada de eso. Mi madre solía esperar un poco más a que sonaran las campanas del evangelio –quizás era sólo una campanada- y luego aguardaba todavía un rato antes de dejar la casa conmigo, de manera de asegurarse que llegaríamos para el sermón. Cada vez que íbamos a la iglesia, mi padre se sentaba en su escritorio y abría una biblia pequeña y finamente impresa. Al final contenía una lista de pasajes designados para los diferentes domingos; con algunas pocas excepciones eran idénticos a los pasajes de la misa católica. (este tesoro ecuménico ha sido destruido por el nuevo Leccionario introducido por nuestros eminentes reformadores ecuménicos). Todavía puedo verlo sentado ante su pequeña biblia, absorto en ella como si fuera el único hombre en el mundo. Leyéndola, se involucraba en el particular ambiente de Jesús, en su espacio y época. Es consolador para mí verlo sentado allí. Después de todo, no teníamos idea de cuánto de la vida de la Iglesia había sido descuidada por nuestros obispos en Alemania en esas últimas décadas. Podíamos repetir las palabras del profeta Daniel: “La iniquidad salió de Babilonia, de los ancianos que eran jueces, quienes supuestamente debían gobernar el pueblo” (Dan 13:5) Pero siempre estaría el familiar libro negro: es una prueba contra la destrucción. Como dijo alguien, “la libertad está viva en las tiendas de libros de segunda mano y en las fotocopiadoras”.

Hemos dado un vistazo superficial al elemento no ritual, o decididamente anti ritual en el Cristianismo. De cualquier modo, debemos hacernos la siguiente pregunta: ¿Son los ritos cristianos en latín, griego, copto y otros orientales, algo extraño al cristianismo, algo que se le ha impuesto, algo meramente cultural? ¿Podemos imaginar un cristianismo sin ningún rito, con sólo el pequeño libro negro? ¿O no estaría faltando algo esencial? ¿Es el rito cristiano que hemos heredado sólo el resultado de una “inculturación” rampante, como se dice ahora? Podemos resumir este punto de vista como sigue: A medida que se esparcía por las tierras mediterráneas, la religión cristiana, que emergió en el más pobre y menos cultivado rincón del imperio romano, entre gente primitiva e inarticulada, absorbió todo lo que encontró a su paso: la sociedad civilizada, el lenguaje, la filosofía, y el arte, sin preocuparse acerca del hecho de que esas formas habían crecido en un mundo completamente diferente y expresaban algo bastante diferente. En otras palabras, el vínculo con Jesucristo solamente podía ser establecido por una fuerza arbitraria. ¿Qué tiene que ver Jesucristo con Dionisio, el dios heleno oriental de la intoxicación, cuyo culto mistérico los cristianos griegos no podían sacarse de la cabeza? ¿Qué tiene que ver María con Isis, aparte de características superficiales?  El culto a Mitra, el ceremonial de la corte imperial, corona y trono, borlas y flecos, retórica antigua, la academia de Platón, el Serapeum egipcio, ¿Qué tienen que ver cualquiera de ellos con la religión cristiana? ¿O hay en el cristianismo, quizás, algo esencial que sólo puede ser entendido en la forma de rito, algo que de otra manera se vería perdido?

Algunos católicos, que disfrutan siendo provocativos, dicen que la religión cristiana puede arreglárselas antes mejor sin la Biblia que sin la liturgia. ¿Qué quieren decir con eso? En los siglos siguientes a la Secularización, Jesús atrajo mucho la admiración y la simpatía de escritores filosóficos y filantrópicos y de aquellos pertenecientes a la tradición del Iluminismo. Incluso ateos declarados vieron a Jesús como un gran maestro de la humanidad, un nuevo Sócrates, un nuevo Buda. “Me inclinó ante Él como ante la divina revelación del más alto principio moral”, dijo Goethe a Eckerman. (Este dictum no debe ser utilizado para encasillar a Goethe como un representante del pensamiento iluminista: lo cito sólo como un particularmente claro ejemplo de una actitud que ha persistido hasta nuestro tiempo). Leemos, por consiguiente, en la novela de Goethe Wilhelm Meisters Wanderjahre: “Por lo tanto, para la parte noble de la humanidad, la manera en que Él vivió es aún más instructiva y fructífera que su muerte”. Jesucristo el Maestro: Este es uno de los más exaltados títulos del Redentor, también para los cristianos. La mayor parte de su tiempo de su ministerio público lo gastó en la enseñanza. ¿Pero, cuál era su enseñanza? ¿Proclamó algo nuevo? Es obvio, por supuesto, que en religión no es el caso de proclamar novedades: la materia de la religión no es “lo nuevo”, sino “lo verdadero”. Lo que es verdadero puede ser antiguo, en cuyo caso permanece siempre verdadero; a veces, ha sido olvidado, puede aparecer inesperadamente y parecer nuevo. La verdad de Jesús era una verdad antigua; con toda su autoridad el recordó a la gente lo que había sido revelado de muchas maneras. Los profetas ya habían enseñado, y enseñado de forma impresionante, que el hombre se engaña a sí mismo si intenta utilizar sofismas para evadir los mandamientos divinos. El mandamiento del amor viene del Antiguo Testamento. Las peticiones individuales del Padrenuestro vienen de una anciana tradición de oración; esto sólo confirma su profundo valor. Visto como el fundador de una religión, Jesucristo no enseñó nada característicamente nuevo y ciertamente no una nueva moralidad. Ni tampoco es esto contradicho por el tan consabidamente citado Sermón de la Montaña, dado que el mismo no trata de leyes morales. “Bienaventurados los pobres de espíritu, bienaventurados los hambrientos, bienaventurados los que lloran, bienaventurados cuando os odien”. Esto no son leyes morales. Son un retrato y una invocación de una nueva creación. Aquél que llora ahora, reirá, en un nuevo mundo y una vez que haya “sido puesto en Cristo”, como dice Pablo. No dice, “bienaventurados los justos”, sino “bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”, esto es, aquellos que tienen el sentido de la condición caída del mundo y de sus propias fallas y anhelan la curación. El anhelo incansable del que Jesús habla no es una categoría moral. No es algo que pueda ser alcanzado por el poder de la voluntad. No podemos desear ser pobres en espíritu y luego tener la esperanza de que sucederá. La necesidad de convertirse en un hombre nuevo no es una demanda moral. Esencialmente, moralidad y santidad son conceptos que difícilmente tengan algo en común. Por supuesto, esto no quiere decir que uno pueda imaginarse un santo inmoral, aunque la literatura rusa, por ejemplo, se ha adentrado largamente en este territorio. La única cosa nueva en el cristianismo, y lo que lo distingue de todas las otras religiones –lo que lo hace, por así decirlo, la coronación o culminación de todas las religiones- no es la doctrina, sino la Persona del Hombre Dios, su nacimiento de una Virgen, su muerte sacrificial por los pecados de la humanidad, su Resurrección. Es una persona histórica, no una persona mítica, y los eventos históricos de su vida pueden ser datados con bastante precisión con los reportes de los funcionarios de una oscura provincia romana. La situación es de hecho todo lo contrario de lo que Goethe expresa: las enseñanzas de Jesús son menos fructíferas que su nacimiento, su muerte, y su resurrección por la humanidad -y no simplemente por la “parte noble” de la humanidad-. Sólo en este contexto las enseñanzas de Jesús adquieren su status de autoridad; de otro modo serían ideas o intuiciones de la más sublime sabiduría, pero aun así abiertas a debate. Al centro del cristianismo, de cualquier modo, se ubica el milagro de la Encarnación.  Sólo con el fondo de la Encarnación las palabras y obras de Jesús ejercen su reclamo vinculante para nosotros.

 Es este Dios Hombre encarnado físicamente el que está en el centro del mensaje cristiano. A través de los ojos de los Evangelistas –a pesar de su clásico estilo lacónico- lo vemos a Él no sólo enseñando, sino también comiendo y bebiendo, sintiendo hambre, estremeciéndose ante la hiel amarga que le es ofrecida, disfrutando del perfume de un frasco de ungüento, receptivo a la belleza de las flores, mostrando una ira terrible, y, por sobre todo, permaneciendo callado. En pasajes claves del Evangelio el Dios Hombre guarda silencio, o bien hace otras cosas extrañas que continúan desconcertándonos: escupe en el barro y hace una masa con él, con su dedo escribe palabras en la arena que nadie puede descifrar; asa un pescado para sus discípulos; derrama lágrimas al enterarse de la muerte de Lázaro. No tenemos idea de su estatura o rasgos faciales, y sin embargo vemos continuamente en los relatos de los evangelistas el efecto que causaba en las personas. Las grandes conversiones en el Evangelio nunca provienen de batallas intelectuales o instrucción, diálogos socráticos, refutación o persuasión: suceden sin una palabra. Jesús mira a alguien a los ojos y lo une a Él para siempre. Camina calle abajo, por entre mendigos y enfermos que encuentran su curación a través de su confesión: “Yo creo”.  ¿En qué creían los ciegos y los cojos cuando veían a Jesús pasar? No en el Credo de Constantinopla, por cierto. Quizás ellos ni siquiera podrían expresar con claridad alguna qué querían decir cuando decían, “Yo creo”. Después de todo, no conocían a Jesús para nada, y no podían tampoco tener alguna idea de la historia de su vida. Era la presencia corporal del Dios Hombre, y la certeza de que Él estaba ahí precisamente por ellos, lo que creaba en esta gente desvalida la unión con Jesús. Era esta unión, que trascendía cualquier cosa que pudieran saber de Él, la que lo hacía todo.

Los primeros cristianos sabían que el mensaje cristiano era Jesús mismo. La esencia de la noticia del Evangelio, la más profunda, y más apremiante imagen de Dios era que Dios se había hecho carne, presente entre nosotros, en el Dios Hombre. Los apóstoles eran claramente conscientes de que no podrían sostenerse en la fe sin la presencia física de Jesús, y por eso, al dejarlos, Jesús prometió que nunca más estarían sin su presencia. “Estoy con ustedes hasta el fin de los días”. La promesa del Paráclito es la seguridad de que la conexión del alma con el Creador nunca será rota, que el Espíritu de Dios está presente en su Iglesia; pero sobre todo muestra la manera en que será continuada la presencia física del Hijo de Dios –de un modo cambiado- incluso después de desaparecer de este mundo visible; a saber, a través de la acción del Espíritu Santo en la liturgia. Así comenzó el proceso espiritual más magnífico y único de la historia del mundo: con el fin de hacer presente entre nosotros al ser más espontáneo y desconcertante de la historia, personal en el más alto grado –el Dios Hombre Jesucristo-, fue creada una liturgia sobrísima, completamente armoniosa, impersonal y no subjetiva. Cuando queremos identificar la acción del Espíritu Santo (prometida por Cristo) en la Iglesia, frecuentemente hacemos referencia a la presencia del Espíritu en los concilios y sínodos de la Iglesia y en la gracia de estado brindada a los obispos y sacerdotes, que son iluminados  por el Espíritu en sus decisiones doctrinales. No quiero negar esto en lo más mínimo, pero muy a menudo en estos casos se hace difícil discernir la influencia del Espíritu Santo con certeza. Conocemos situaciones en las que el episcopado de todo un país no sólo tomó decisiones que eran deshonrosas en un sentido secular, sino que claramente las tomó en ausencia del Espíritu Santo (y de cualquier otro espíritu bueno). No puede haber dudas de que el Espíritu Santo está solamente presente en la liturgia y en los sacramentos cuando Él efectúa la presencia corporal de Jesús. En resumidas cuentas, podemos decir que la Santa Misa es el Espíritu Santo prometido a los discípulos. Jesús, cuya existencia física era el núcleo de su mensaje, continúa viviendo físicamente en la liturgia, en la imposición de las manos, en la unción, y en las realidades físicas del pan y el vino.

Los primeros cristianos también sabían, sin embargo, que si esta presencia tenía que ser un don, para ello tenía que ser real, esto es, no podía ser algo fabricado, algo resultante de la creatividad del hombre. Jesús mismo ha instituido el corazón del rito cuando partió el pan en el piso superior del Cenáculo en la Última Cena; pero no es simplemente el caso de volver a representar la escena, porque –como se dio cuenta la comunidad primitiva, primero gradualmente y luego de manera definitiva después de la Ascensión de Jesús- la fracción del pan contenía no sólo el evento de la última cena, sino también el sacrificio del Gólgota y las bodas eternas del Cordero de la que habla el Apocalipsis. Que la fracción del pan era un sacrificio, las liturgias paganas y judías son las que mejor pueden expresarlo; ellas estaban ya en existencia, e incontables gentes habían hablado a Dios a través de ellas. Ellas expresaban su espera del Redentor y también es apta para expresar la espera de su retorno por parte de los cristianos. Aquellos que encuentran defectos en la liturgia por retener elementos del antiguo paganismo tendrían que aplicar su crítica con igual severidad a los elementos del Judaísmo que hay allí contenidos. Cuando Dios se convirtió en un Hombre en la colonia romana de Palestina, era claro que el cristianismo tendría que convertirse en una religión Romana, esto es, si tenía que ser, no una secta judía, sino Luz para iluminar a los gentiles, una religión universal. En la Iglesia Ortodoxa, Sócrates y Platón son puestos en el mismo nivel que los profetas, y en el Aerópago Pablo dijo a los griegos que el Dios que él proclamaba era el mismo Dios del que hablaban sus poetas. (Sin dudas que estaba pensando en la imagen de Dios presentada en las tragedias griegas, particularmente en las tragedias de Sófocles). Siempre desde el sacrificio de Abel, la historia humana ha producido formas artísticas anónimas, y ahora fueron llenadas con toda la profundidad de la divina presencia. Llenadas de esta manera, las viejas formas fueron naturalmente transformadas en otra cosa. Sólo tenemos que pensar en los lugares sagrados, las santas montañas y los manantiales de los mundos pagano y judío. Una vez que el período de la persecución a los cristianos quedó atrás y el cristianismo se convirtió en la religión del Estado, los lugares sagrados paganos eran frecuentemente elegidos cuando se trataba de construir iglesias. Así los templos de Venus devinieron en iglesias de María, y los templos de Mercurio en iglesias de San Miguel. No obstante la “atopía cristiana”, o el “no-lugar” como llamo yo a esta característica libertad en relación al lugar, se afianzó a sí misma. Ahora el lugar era sagrado, no por sí mismo, sino porque la misa era dicha allí. Más aún, el lugar en el que estuvo una iglesia no era ya más simplemente ese lugar: era Jerusalén; no que fuera la Jerusalén geográfica, pero sí una Jerusalén ideal, es decir, el cielo. El sacrificio que era ofrecido allí no era ya más fundamentalmente el hombre volviéndose a Dios en la esperanza de entrar en relación con Él a través de presentes o adoración: se había convertido en Dios vuelto hacia el hombre.  Estamos constantemente siendo profundamente sorprendidos por la reforma introducida por Jesucristo, la única reforma que merece ese nombre. Una forma sagrada, heredada, es utilizada para expresar algo completamente nuevo, algo que revierte todas las relaciones que operaban hasta ese momento.

Dije que los discípulos, y los primeros Cristianos, eran conscientes de que si querían entender completamente el mensaje de Jesús, no era suficiente que pasaran sus enseñanzas fielmente, como, por ejemplo, solía leer mi padre los domingos en el pequeño libro negro. Si estas enseñanzas tuvieran que tener su efecto, era esencial para los discípulos tener la experiencia y conocer la influencia de Jesús, corporalmente presente. Y si la liturgia ha de ser esta manifestación del cuerpo de Jesús, esencial para la vida cristiana, puede ser posible experimentarla como algo que no es de factura humana sino algo dado, algo revelado. Por eso Basilio el Grande, un monje y uno de los Padres de la Iglesia Oriental, consideraba la Misa como una revelación tan grande como la Sagrada Escritura, y consecuentemente prohibía estrictamente a cualquiera alterar o remodelar la liturgia. El hecho es que los reformadores modernos de la Misa y los modernos exégetas que tratan de sujetar la Revelación con el método histórico-crítico son aves del mismo plumaje. Por extraño que parezca, después de toda la experiencia arqueológica y filológica, lo que emerge es un Jesús que podría haber sido un miembro honorario del Partido Socialdemócrata Alemán, un Jesús que es tan aceptable para las mujeres como Willi Brandt, e igualmente no resurrecto.

Por supuesto que sabemos que el rito no ha venido a nosotros sin cambios desde los días de los primeros cristianos. Y aun así podemos considerar a la antigua Misa (erróneamente llamada Misa Tridentina: debería de hecho ser llamada la Misa de San Gregorio el Grande, así como los ortodoxos hablan de la Liturgia de San Juan Crisóstomo) como algo inalterado e inalterable, algo que ha bajado directamente a nosotros desde el cielo. La razón está en que esos cambios no fueron arbitrarios sino el resultado de un crecimiento gradual; tuvieron lugar tan lentamente que nadie ciertamente los notó. Los cambios graduales y constantes que tuvieron lugar en el rito no fueron el trabajo de escolásticos en sus escritorios; fueron el resultado de aquellos orando en Misa por dos mil años de historia. Sólo a santos como Ambrosio o Agustín o Tomás Aquino debería permitírseles adicionar algo a la Santa Misa, nunca a hombres de escritorio, aun cuando trabajen en el Vaticano. En relación a la cuestión del sacerdocio de mujeres, un sacerdote me dijo: “La idea de que las mujeres están excluidas de la toma de decisiones de la Iglesia porque les es negado el sacerdocio es otro de los frutos de la modernidad, que ha traído una ola de decisiones en la Iglesia en los campos de la teología, la liturgia, la moral y el derecho. En otros tiempos un sacerdote no tenía que tomar decisiones. Tenía que ser obediente. Un sacerdote no tenía poder, ni tampoco necesitaba tenerlo” Estrictamente hablando, esto aplica también al papado: la infabilidad papal no es otra cosa que la sumisión del Papa a la Revelación y a la enseñanza de todos los tiempos.

Sabemos que el misterioso trabajo de la tradición, haciendo presente lo pasado hace ya tiempo, ha sido dolorosamente perturbado. Las cosas que son sagradas son por definición intocables, y esta intocabilidad ha sido gravemente dañada; en verdad, está siendo perjudicada cada día, sea por malicia o insensatez. Incluso entre aquellos que no abandonaron -y no pueden abandonar- el antiguo rito, hay una especie de cierto celo reformista que sólo puede ser atribuido al anhelo de auto destrucción que a veces aflige a los grupos de oposición faltos de éxito. El altamente cargado término “pastoral” es siempre usado cuando los cambios litúrgicos son introducidos. “Pastoral” significa perteneciente al cuidado del pastor, pero hace largo tiempo que hemos comenzado a traducirlo de manera diferente: “Nosotros, el clero, decidimos cuánto del esplendor pueden tomar los laicos estúpidos y confundidos”. Ninguno, sin embargo, que haya encontrado su camino, a través de sacrificios y pruebas, a la gran liturgia cristiana, permitirá que un clérigo progresista o conservador lo prive de él. No debemos pensar en el futuro. Las perspectivas de una liturgia cristiana son pobres. Desde la perspectiva de hoy, el modelo futuro de la religión cristiana parece ser aquél de una secta norteamericana, la forma más temible que haya adoptado alguna vez la religión en el mundo. Pero el futuro no es objeto de preocupación para el cristiano. Él es responsable de su propia vida; está en él decidir si puede dar la espalda al Cristo litúrgico, en tanto este Cristo todavía se nos muestra.



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