lunes, 22 de agosto de 2016

La Herejía de lo Informe - M. Mosebach



"Pareciera que Mosebach no habla de liturgia, sino que queriendo hablar de liturgia constantemente se desvía, se va por las ramas y nos trae el evangelio de una manera intensamente viva. Lo pone a Cristo frente a nosotros hoy, encarnado, muerto y resucitado, que es lo que, precisamente, hace la liturgia. Así que, finalmente sí,  Mosebach habla de liturgia, porque la liturgia es el evangelio vivo, palpitante, actuante y eterno."

 


7. Arrodillarse, De Pie y Caminar

Un Entendimiento Correcto de la “Participación Activa”


I

Antes de reforma litúrgica los católicos eran conocidos por el hecho de que se arrodillaban para rezar; era algo que impresionaba a los de afuera. Desde aquel tiempo, sin embargo, los reclinatorios han sido removidos de muchas iglesias, y muchas iglesias nuevas son a menudo construidas sin reclinatorio alguno. Los comulgatorios donde la gente acostumbraba a arrodillarse para recibir la santa comunión, han desaparecido casi por completo. Se supone que ahora arrodillarse es un signo de devoción privada; uno oye que se dice que la primitiva iglesia siempre estaba de pie durante la liturgia. Se supone que estar de pie es signo de la resurrección y, por tanto, la única actitud apropiada para aquellos que asisten al culto católico.

El debate sobre la postura correcta durante la liturgia es particularmente difícil porque los argumentos sobre la historia de la Iglesia y la arqueología son casi siempre utilizados por razones políticas y tácticas. Hoy día, en muchos casos, aquellos que dicen que los fieles deben rezar de pie son aquellos que quieren acabar con la adoración del Cristo eucarístico. Puede ser cierto que, en tiempos antiguos, rezar de pie expresase reverencia y solemnidad y que, el adorador, estando de pie, tuviera la sensación de estar destinado a la resurrección y a proclamar al Cristo resucitado;  esto puede ser una información interesante, pero no produce la misma conciencia en nosotros. Para nosotros, estar de pie ha perdido todo significado como un gesto específico.

Cuando era joven, católicos y protestantes solían juntarse en eventos familiares religiosos, como todavía sucede en muchas familias alemanas. Cuando se daba misa, las tías católicas se arrodillaban para la consagración, mientras que los tíos protestantes permanecían de pie. Lo que esto me decía era: “respetamos su devoción, pero no tiene nada que ver con nosotros”. Aquí, el estar de pie estaba decididamente en las antípodas con la solemnidad y la devoción; tenía una cualidad puramente civil, algo que tenía que ver con los “buenos modales”. Era sentido como algo dolorosamente incómodo. Ahora, sin embargo, el cristiano maduro sabe que no hay nada específicamente religioso en los “buenos modales”, así que la situación embarazosa de estar de pie fue sustituida por el estar cómodamente sentado.

Estar sentado es una invención genuina de parte de los innovadores litúrgicos: nadie se sentaba en la antigua Iglesia. Si uno entra a una basílica romana o a una iglesia bizantina verá inmediatamente que no hay asientos ni bancos en ellas (excepto en Roma, donde han sido introducidas posteriormente). Incluso los pisos, a menudo con ricas incrustaciones de piedras preciosas, muestran que no fueron hechos para ser cubiertos con sillas. En la iglesia bizantina aquéllos que son frágiles pueden apoyarse en pequeños marcos adheridos a la pared; en la iglesia copta les proveen de un bastón con forma de T para poner bajo sus brazos, pero aparte de estas ayudas, la gente se mantiene de pie durante toda la ceremonia, que dura varias horas. El estar de pie es interrumpido sólo por las muchas y profundas inclinaciones que hacen, tocando con una mano el suelo, y en la proskynesis, en la cual se arrodillan y tocan con la frente el suelo.

El arrodillarse en la liturgia cristiana tiene dos raíces que pueden ser rastreadas a una sola raíz común. La primera es el Nuevo Testamento, donde leemos: “Y cayendo de rodillas lo adoró”. Esta expresión no está restringida sólo al relato de la curación del ciego de San Juan: ocurre una y otra vez doquiera alguien cae en la cuenta de la divinidad de Jesús. Este arrodillarse del Nuevo Testamento es completamente anti litúrgico: ocurre cuando alguien está momentáneamente abrumado; es la respuesta a una graciosa epifanía. Uno tiene la impresión de que en el Nuevo Testamento la persona es arrojada sobre sus rodillas por un relámpago de intuición. En ese momento, de rodillas, ve más que los que están parados alrededor suyo, y no puede encontrar mejor respuesta en palabras que la palabra Credo. ¿Cómo este arrodillarse personal, involuntario –la obra de un momento- encuentra su camino dentro del marco de una liturgia supra personal y supra temporal?

A pesar de que los elementos esenciales de la liturgia pueden encontrarse en los primeros testimonios del período apostólico, la arquitectura interna de la liturgia sólo puede ser desplegada cuando una arquitectura externa ha sido creada para ella. Durante los primeros tres siglos la liturgia fue celebrada, no en edificios especialmente hechos para ella, sino en las famosas catacumbas y en casas privadas o lugares provisionales, expresando las vicisitudes de la vida de la Iglesia primitiva. Fue el emperador Constantino el Grande quien erigió las primeras iglesias, inmediatamente después de su victoria sobre Maxentius en el 313 AC, por ejemplo, la Basílica Lateranense, la Vieja San Pedro,  San Pablo Extramuros, la iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén y la antecesora de la actual Santa Sofía en Constantinopla. “La gran arquitectura imperial proviene de los primeros comienzos de la construcción de iglesias cristianas”[1] Esta mirada al mundo de la historia del arte es particularmente significativa para una liturgia que está fusionada del modo más íntimo con la arquitectura eclesial.

Examinando las primeras representaciones cristianas de la Virgen y de los santos -en una tradición que se extiende hasta la Edad Media- uno a menudo nota las cortinas que son plegadas a un lado o bien forman una envoltura decorativa para la figura del retratado. Estas cortinas provienen del ceremonial de la corte bizantina de la era de Constantino. Incluso los predecesores de este emperador ya no siguieron el modelo del príncipe Augusto (en última instancia republicano) sino que adoptaron el estilo de gobierno y la autoconciencia de los grandes reyes orientales. El princeps se había convertido en el basileus.

La más importante de las ceremonias con la que el emperador se rodeaba a sí mismo era la “epifanía” imperial, en la que el emperador era manifestado a su corte con toda su gloria. El emperador y su familia, vestidos con finos atavíos y joyas, reunidos detrás de una cortina, mientras la corte aguardaba expectante en el hall del palacio. Cuando la cortina era abierta revelando al emperador, la corte caía de rodillas en proskynesis.

Hay claramente una fuerte asociación entre una escena como esta y la vista del tabernáculo abierto, su velo corrido a un lado, el copón expuesto, su velo removido, y la congregación de rodillas ante él en adoración orante. Tenemos aquí el germen del cual se desarrolla el gesto de arrodillarse en la liturgia.

Confrontado con esta explicación del origen de arrodillarse en misa –el culto del emperador en la antigüedad- el demócrata iluminista, por supuesto, se verá incluso más confirmado en su rechazo a arrodillarse. Ciertamente, se podría argumentar que la adopción del ceremonial de la epifanía había resultado en una liturgia rimbombante y pomposa, alienada de su verdadera naturaleza. Sin embargo, el caso es precisamente todo lo contrario: Constantino y los obispos de su época incorporaron esta ceremonia de la epifanía porque sabían que la liturgia toda es la epifanía de Cristo. La primera Iglesia celebraba la liturgia detrás de puertas estrictamente cerradas; en lugares secretos, bajo el peligro que representaba reunirse, y la iniciación de los participantes, todas estas cosas representaban el velo ocultando a Cristo, hasta que el momento eucarístico de su manifestación arribara. Una vez que la Iglesia, en sus basílicas, había dado un paso adelante ante la vista pública, la liturgia tuvo que encontrar señales más claras para llevar el misterio a los creyentes, y hacerlo gradualmente, hasta mostrarse en toda su plenitud: desde la epifanía del Verbo divino a la develación de los vasos sagrados y, por último, a la presencia corporal. El hombre que sigue el desenvolvimiento de este evento y vive su vida a la espera del momento de la manifestación de Cristo será capaz, si es muy afortunado, de caer de rodillas, abrumado por la visión de la fe, como una de las figuras del Nuevo Testamento.

Arrodillarse para rezar en donde no hay reclinatorios, como en las iglesias muy antiguas, o las muy nuevas,  puede hacer que uno esté en mejor posición aún para darse cuenta de lo que está haciendo. Hay bancos antiguos muy bellos en algunas iglesias, pero debe admitirse que tales muebles devocionales pueden sugerir una atmósfera inapropiada de confort. Aquí, en los amables y tapizados reclinatorios, arrodillarse –que debería ser un acto altamente significativo- se convierte casi en otra forma de tomar asiento. Y si la iglesia no tiene reclinatorios, eso no significa que uno no deba arrodillarse. Cuando el ciego se postró a los pies de Jesús, no había un reclinatorio a mano. Esto no es para justificar la remoción de los reclinatorios, lo que fue hecho para un propósito específico (para crear una nueva mentalidad), pero su ausencia nos podría inculcar una nueva espontaneidad en el acto de arrodillarnos ante el Verbo encarnado.

¿Cuándo debería uno arrodillarse en la misa? De lo anterior es claro que la genuflexión y el ponerse de rodillas acompañan los momentos de la epifanía divina dentro de la liturgia. El creyente se arrodilla cuando ingresa al lugar sagrado, la iglesia, como Moisés, que escuchó la voz de la Zarza ardiente diciéndole que se quitara el calzado porque estaba pisando un suelo sagrado. Hacemos la genuflexión en el Credo y en el último evangelio (El Prólogo del Evangelio de San Juan), rememorando la encarnación en la cual Dios se hace visible. Luego de pronunciar las palabras de la consagración, el sacerdote venera los dones sacrificiales mediante la genuflexión, y la gente se encuentra arrodillada. La congregación está arrodillada mientras el sacerdote les exhibe el Cuerpo del Señor, y la comunión es recibida de rodillas. Finalmente, la gente recibe la bendición del sacerdote de rodillas, expresando el hecho de que es una bendición del cielo, “de arriba”.

Estos son los eventos de la liturgia asociados con el ponerse de rodillas. Son momentos especiales de presencia divina. Todas las otras partes de la liturgia son celebradas de pie: la entrada del sacerdote, la plegaria ante el altar, el Kyrie, Gloria, la Colecta. La gente se sienta para la lectura. Se paran para el Alleluia, el Evangelio, el Credo, el Ofertorio, el Prefacio, el Sanctus; luego, después del cánon, se ponen de pie para el Padre Nuestro y el Agnus Dei. Después de recibir la comunión, se ponen de pie para la Postcomunión y, luego de la bendición del sacerdote, para el último evangelio. Aquellos que quieren unirse, paso por paso, a la celebración de la misa como un drama sagrado, expresando sus varias partes  en el apropiado lenguaje corporal, deberían respetar este orden de cosas. Que ha sido olvidado, como muchas otras reglas litúrgicas. Las costumbres de piedad popular han oscurecido el significado especial de arrodillarse –veneración de la epifanía divina- mediante la aniquilación de la distinción entre estar de pie y de rodillas: la gente se arrodilla durante muchas otras partes de la liturgia también. Se convirtió en una costumbre permanecer de rodillas durante todo el curso de la misa rezada. En muchos lugares (y por supuesto estoy hablando de la celebración de la misa de acuerdo al rito clásico romano) la congregación se arrodilla incluso durante el Confiteor del sacerdote y durante el ofertorio. Esto es litúrgicamente “incorrecto”. Si estamos tratando de inculcar una nueva dimensión espiritual en el viejo orden de la oración litúrgica, tal vez valga la pena recordar el significado especial y la expresividad del ponerse de rodillas y su función litúrgica real.

En caso de que pueda haber algún malentendido de mis observaciones sobre la postura apropiada a ser tomada durante las varias oraciones de la misa, me apresuro a decir que en la tradición de la Iglesia, la tan citada “participación activa” de los fieles en la celebración de la misa de manera alguna ha sido interpretada tan estrictamente como es habitual ahora. El creyente puede “participar activamente” en una variedad de formas. Puede seguir al sacerdote paso a paso a lo largo del camino real de los misterios, subordinando sus oraciones, como lo hace el sacerdote, a los gestos tradicionales, parándose, inclinándose, moviéndose de un lado a otro, y así. Pero puede también simplemente contemplar la obra de Cristo que está siendo llevada a cabo en la santa misa; y haciendo esto no tiene necesariamente que seguir cada una de las oraciones litúrgicas, sino que puede adorar en silencio y en soledad el milagro que está teniendo lugar ante sus ojos. Es una de las grandes paradojas de la santa misa que, con toda su estrictez litúrgica, facilita particularmente una oración que es radicalmente personal y contemplativa. Sí, es “incorrecto” permanecer arrodillado durante todo el curso de la misa, o durante el Gloria o el Ofertorio, pero nadie debería ser impedido de hacerlo. Este arrodillarse “privado” no significa que el individuo ha abandonado la comunidad y su camaradería (a la que la liturgia, de hecho, nos invita); esta es una de las fuentes abundantes que muestran la superioridad del rito clásico.

II

Lo que se ha dicho sobre arrodillarse durante la liturgia muestra que, en el ponerse de rodillas, los participantes están venerando la epifanía de Jesucristo, esto es, todos aquellos momentos en que la presencia encarnada es rememorada o son llenados con la mismísima presencia real. En todas las otras partes de la misa, de acuerdo a las más antiguas costumbres, la congregación está de pie. Este acto de estar de pie, prescripto explícitamente para toda una serie de oraciones (Gloria, Credo, Pater Noster, pero también para el Angelus, el Magnificat, y las Antífonas de Nuestra Señora), es para nosotros difícil de apreciar en nuestros días como un acto religioso. Estar de pie, como una formalidad, un acto consciente, es algo que ocurre muy rara vez en nuestras vidas, y las formas litúrgicas de reverencia dibujan su vitalidad desde su origen, al igual que las sustancias sagradas del pan y el vino lo hacen de su íntimo contacto con la vida cotidiana: los sacramentos son actos de encarnación, esto es, maneras siempre nuevas en las cuales el Creador entra al mundo que ha creado. La falta de forma en nuestro mundo ha destruido los incontables vínculos existentes entre la liturgia y nuestra vida cotidiana, o al menos, ha hecho que sean mucho más difíciles de ver.

La manera más informal de reunirse es durante la recepción posterior a la misa, o buffet, que es llevada a cabo de pie. A la distancia parece un grupo de gente que han estado tanto tiempo esperando el colectivo que se han puesto a hablar entre sí. No tiene nada de festivo. En los conciertos dados por músicos famosos, es todavía posible experimentar “ovaciones de pie”, en las que cada uno se para mientras el maestro retorna al escenario. Usualmente, sin embargo, la gente se para solamente porque no hay suficientes asientos. Ningún argumento de la arqueología puede negar que: probado que sea que el estar de pie haya sido la actitud central de adoración del cristianismo primitivo, ha perdido su significado en lo que a nosotros respecta, o por lo menos que el significado está lejos de ser obvio para nosotros. Por otra parte, en tanto nos volvemos viejos,  el estar parados por largo tiempo puede ser doloroso y entorpecer nuestra oración. La postura de meditación, sentados, practicada en las religiones asiáticas parecería ser de mayor utilidad a este respecto.

Para desarrollar imágenes convincentes de lo que se entiende por sagrado en el estar de pie, uno necesita mirar hacia atrás al primer período del arte cristiano. Para los cristianos, sin embargo, mirar hacia atrás nunca es una cuestión de hurgar en cofres viejos y polvorientos: es como si estuviéramos sepultados en una oscura cueva del tiempo y miráramos hacia la luz del sol radiante al final de un largo túnel. En los mosaicos dorados de las cúpulas de las iglesias bizantinas, el Pantokrator, el Cristo entronizado, está rodeado de figuras de ángeles y santos de pie. Están de pie en torno a Cristo como su guardia y su séquito. El vuelve, para reunirse con las huestes de los redimidos, portando armas (como lo hacen muchos ángeles) o libros que ponen en lenguaje el misterio que está sucediendo. Si la oración es entendida en sentido restrictivo de hablar con Dios, estas figuras no están orando. En este momento específico no pueden orar, porque la distinción entre ellos y Dios ha sido trascendida; estas figuras que están de pie en la presencia de Dios han sido transmutadas, transportadas al lado de Dios; se han convertido en los órganos de Dios, celebrando, exaltando y proclamando su aparición; ellos brillan como planetas que reciben su luz del sol.

La imagen siguiente no es una creación artística sino un cuadro histórico: las mujeres y el apóstol Juan parados bajo la cruz. Sin duda, ellos oraron mientras estaban allí, pero en este momento único, en la divisoria de aguas de la historia del mundo, había algo más importante para ellos que la oración: ojos y orejas estaban fijados en el Crucificado; no querían perder un solo movimiento de su Señor agonizante. Así es como las palabras del Cristo muriente han llegado hasta nosotros. El acto de estar de pie frente a la cruz era más que una mera espera; estando de pie allí, ganaban el tiempo que los discípulos habían perdido durmiendo en el Getsemaní. “Asistir” significa tanto estar presente como ayudar. Ahora, por supuesto, era muy tarde para ayudar. Pero había algo no enteramente pasivo sobre este mirar y esperar de los testigos. La actitud de aquéllos parados debajo de la cruz muestra que estaban unidos a Jesús mientras pasaba por los últimos momentos de su vida: ellos querían morir con Él. Ellos también habían sido transportados al lado de Dios.

Podemos ir incluso más atrás a medida que sondeamos la profundidad del significado del acto de estar de pie. Está la imagen de los hijos de Israel, antes del éxodo de Egipto, comiendo esa extraña comida de corderos recién matados y hierbas amargas, luego de haber pintado con sangre fresca los postes de las puertas de su casa. Hay algo inquietante acerca de estas personas de pie alrededor de las mesas, "ceñidos los lomos", listos para la marcha, tomando su comida sacrificial en silencio mientras, afuera, el ángel de la muerte mataba los primogénitos egipcios. Este estar de pie no era de hecho una oración tampoco; estaba asociada a la ocupación de desmembrar el animal. Aquellos que estaban de pie estaban cumpliendo un mandamiento divino que les ordenaba que estuvieran listos sin reservas. Mientras que un terrible destino, decretado por Dios, caía sobre los egipcios, los elegidos estaban dispuestos, tan pronto como se les diera la señal, para llevar a cabo la obra de Dios en la forma en que había especificado. Y no obstante lo extraña que pueda ser esta comida para nosotros, con su contexto de sacrificio y venganza; o más bien, no obstante lo remota para nosotros que se ha convertido como resultado de la enseñanza de Cristo, era tan significativa que los primeros cristianos, y Jesús mismo, veían la última cena en conexión con ella. Ahora era Cristo el Cordero sacrificado, y también la comida era comida de pie. No fue la Última Cena, cuando Cristo y los discípulos se sentaron a la mesa, sino que fue añadida a ella; más bien, los primeros cristianos hicieron justicia al carácter sacrificial de esta comida, vinculándola con los ritos del Éxodo.

Todos estos modos varios de estar de pie, y las disposiciones de la mente y el corazón asociadas con ellos, es lo que se quiere decir cuando la gente dice que el cristiano celebra al Cristo resucitado poniéndose de pie para rezar. Es más fácil, por supuesto, acomodar la postura corporal de uno que su estado mental. En nuestra época nos encontramos frente una verdadera inversión de los signos y sus significados. Mientras que los primeros cristianos, poniéndose de pie en la liturgia, expresaban el hecho de que estaban participando de una comida sacrificial, suele ocurrir que los adoradores contemporáneos se pongan de pie para expresar lo opuesto, que ellos no están participando en un sacrificio. Ponerse de rodillas habla en un lenguaje inequívoco; el estar de pie no. Hoy en día estar de pie es percibido como una muestra de menor reverencia que arrodillarse. Esto es algo que nos viene de la historia secular y sus trastornos. Tiene también algo que ver con la gran cantidad de bancos de misa a la que estamos acostumbrados en Alemania: una persona parada en uno de estos bancos luce más bien como un escolar que ha sido requerido por el profesor para responder a una pregunta. Los bancos son básicamente protestantes: están diseñados para facilitar la escucha de largos sermones. Cuando se construyan nuevas iglesias, la gente debería tal vez aprender del ejemplo de los países latinos (romance countries) con sus ligeras sillas de paja, que pueden ser convertidas en un reclinatorio de un sólo golpe. Probablemente tomará un gran esfuerzo volver a adquirir una comprensión de lo que significa realmente en liturgia estar de pie; las iglesias tendrán que construirse de un modo que facilite esta postura, y los fieles tendrán que tener en su corazón la imagen de los ángeles y los santos de pie alrededor de su Señor.

III

“¡Procedamus in pace!

Como el estar de pie o arrodillados, caminar también tiene un sentido litúrgico específico.  Hay una antigua conexión entre caminar y orar.  Incluso los judíos del Antiguo Testamento recordaban sus cuarenta años errantes en el desierto, en el que cargaban con el Arca de la Alianza, como una gran marcha penitencial de preparación. Cuando el Arca fue traída al Templo de Jerusalén, fue transportada en procesión, a cuya cabeza venía el Rey David, danzando. Los judíos del período posterior al exilio en Babilonia, haciendo su peregrinación desde tierras distantes al Monte Sión, veían su ascenso a la montaña sagrada como una procesión de oración, como muchos de los salmos lo atestiguan. Podemos también pensar en las grandes procesiones paganas, el Panahtenaea, que también conducía a una montaña sagrada, acompañada de la imagen de la diosa. El movimiento del alma hacia Dios puede ser expresado con especial claridad en la metáfora de caminar; para la persona devota puede incluso convertirse en visible: lo que de otra manera permanecería como un mero acto de la mente o un estado emocional se convierte en algo objetivo, por así decirlo, mientras caminamos.

En la liturgia romana la procesión tuvo originalmente el mismo significado que en los griegos, pero la tendencia en la liturgia occidental, con su creciente énfasis en la razón y el intelecto, fue restringir este elemento. Para los primeros cristianos, cada misa comenzaba con una procesión. Los modelos de procesiones paganas y judías fueron llenados de un nuevo sentido bajo las dos grandes procesiones del Nuevo Testamento, es decir, Cristo entrando en Jerusalén en el Domingo de Ramos y la Vía Dolorosa del Viernes Santo. Cada procesión, la gloriosa y la dolorosa, tenía a Cristo en su centro; la gente acompañaba a Cristo y haciéndolo profesaba su fe en su presencia divina-humana. Como todavía puede verse en el misal, la comunidad de Roma solía reunirse en una iglesia particular antes de cada misa y marchar en procesión desde allí hasta la iglesia en la que la liturgia iba a tener lugar. En los monasterios benedictinos franceses que han permanecido fieles al antiguo rito, cada domingo y días de precepto las misas comienzan con una procesión de esta clase a través del claustro. Hay himnos especiales para estas procesiones; pueden ser encontrados en el Processionale que es publicado por la Abadía de Solesmes. Una vez más vemos que los reformadores de la Misa, tan preocupados por su noción del cristianismo primitivo, estaban decididos sólo a empobrecer y restringir; en realidad estaban llevando a cabo un tardío puritanismo católico en lugar de basarse en la riqueza de las formas de adoración del primer milenio.

Aquellos que aprecian la tradición católica deberían prestar alguna atención a este Processionale. En muchos lugares no habría suficiente lugar para una procesión al comienzo de la misa, pero hay lugares donde podría ser posible. Caminar lentamente en procesión con el acompañamiento del canto gregoriano abre un mundo enteramente nuevo de espiritualidad. Los himnos gregorianos no están escritos en un tempo de marcha; la oración debe ser siempre un acto altamente personal si ha de tener algún significado, y el canto gregoriano tiene el poder de que no obliga; sino más bien de hecho impide que la gente camine llevando el paso y tenga pensamientos idénticos.

Cristo está presente en la procesión en la persona del sacerdote, rodeado de incienso y velas, que son sus emblemas litúrgicos, por así decir (análogos a los emblemas nacionales desplegados ante la presencia de un alto agente oficial del Estado). En la persona del sacerdote, Cristo entra en Jerusalén –representada por el edificio de la iglesia particular- para consumar el sacrificio del Gólgota. Mientras entra en la Iglesia es saludado por el salmo del Introito, que no es otra cosa que un canto procesional; debería acompañar la entrada del sacerdote, y sin embargo no es sino ante los escalones del altar que el sacerdote reza sus versos quedamente.  

La siguiente procesión en misa es la procesión del Evangelio. Es acompañada de los cantos procesionales del Gradual y el Alleluia. Esta procesión puede ser todavía vista en la Misa Cantada (High Mass), cuando el diácono va a leer el Evangelio. Pero incluso cuando el sacerdote lo lee en la misa rezada, la remoción del misal del lado de la epístola al lado del Evangelio debe ser visto como una procesión, acompañada por velas e incienso. Porque la lectura del Evangelio es mucho más que su “proclamación”: es una de las formas en las que Cristo se hace presente. La Iglesia siempre lo ha entendido como una bendición, un sacramental, produciendo la remisión de los pecados, como es afirmado en el “Per evangelica dicta deleantur nostra delicta” que recuerda el Misereatur después del Confiteor. El carácter sacramental del evangelio, remitiendo efectivamente los pecados, es con seguridad el argumento decisivo para ser leído en la lengua sagrada. Los signos litúrgicos en la procesión hacen particularmente claro este carácter.

En cuanto a la procesión del Ofertorio en el rito clásico, desafortunadamente solo quedan vestigios. Tristemente, esto ha resultado en que la significación del Ofertorio se haya visto cada vez más y más oscurecida.  Si queremos entender lo que realmente es el Ofertorio, debemos mirar a la Iglesia Bizantina. Allí el Diácono carga con los dones velados a través de la iglesia, rodeado de incienso y velas, mientras los fieles se inclinan profundamente o incluso se postran en el suelo. El desvelamiento de los dones es venerado como el terrible momento en el que Jesús es despojado de sus vestiduras. La Iglesia Oriental ve toda la liturgia –con su punto más alto en la Consagración- como una secuencia ininterrumpida de instancias en las que Cristo se hace presente. El argumento occidental es que no resulta apropiado venerar el pan, el cual, a pesar de estar destinado a la consagración, todavía no está consagrado; Para los ortodoxos esto sería equivalente a decir que Cristo no es digno de veneración hasta que ha sido sacrificado. Sin embargo, incluso en la liturgia romana el subdiácono trae los dones, velados, al altar, aun cuando lo traiga por la ruta más corta (desde la mesa auxiliar puesta a un costado) y no sea acompañado por velas e incienso. El salmo del Ofertorio indica que en un tiempo solía tener lugar una procesión en este punto. En muchas iglesias podría ser posible ubicar la mesa auxiliar a tal distancia del altar que el viaje del subdiácono entre las dos pueda sugerir otra vez una procesión. Cuando se construyan nuevas iglesias, los responsables deberían ser cuidadosos de no llenar los espacios con demasiados muebles: debe dejarse espacio para las procesiones.

La procesión final en la misa, aparte de la partida del sacerdote (que coincide con el momento de la bendición final, o de las muchas bendiciones impartidas mientras se va), es la procesión de la comunión. Uno sospecha que raramente sea experimentada como tal.  El salmo de la Comunión está destinado a acompañar a los fieles mientras van a recibir la Hostia –Cristo Presente- flanqueados por velas. Las rúbricas tridentinas ordenan al sacerdote decir el salmo de Comunión después de la comunión y de la ablución del cáliz, pero no es una violación del espíritu de estas rúbricas si el coro canta el salmo de la Comunión, según lo previsto, durante la Comunión de los fieles; de este modo el lento progreso de éstos últimos en la recepción de la Eucaristía adquiere la dignidad de una gran oración.

Si la liturgia es vista como una serie de procesiones, el malentendido de Pío X sobre la “participación activa” de los fieles en la liturgia se hace fácil de advertir. Uno difícilmente pueda imaginar una participación más grande que caminar detrás de Cristo e ir a su encuentro. Caminando en una procesión, todo parece bastante simple.










[1] Gerke, Spätantike und frühes Crhistentum (Baden-Baden, 1967).

2 comentarios:

  1. Estimado: con esta traducción de Mosebach me tiene como chico con juguete nuevo. Desde que supe de la aparición del libro, hace un par de años, esperé la ocasión de leerlo. Con su permiso, lo estoy copiando capítulo por capítulo para pasarlo al lector digital de libros. Así le será más llevadero a mis retinas.

    Reciba mi gratitud por el trabajo que se ha tomado. La traducción, ¿es del original alemán?

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  2. De nada Don Flavio. La traducción es de la versión inglesa, agravada por mi precario conocimiento del idioma. Siempre bromeo con que si el autor supiera castellano y leyera la traducción, quizás no reconocería su propia obra!

    Respecto al uso, el propio autor es quien dice en uno de los capítulos que "en última instancia, la libertad está enlas librerías de usados y en las fotocopiadoras", de modo que no necesita mi permiso.

    Un abrazo.

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