lunes, 29 de agosto de 2016

La Herejía de lo Informe - M. Mosebach

"Pareciera que Mosebach no habla de liturgia, sino que queriendo hablar de liturgia constantemente se desvía, se va por las ramas y nos trae el evangelio de una manera intensamente viva. Lo pone a Cristo frente a nosotros hoy, encarnado, muerto y resucitado, que es lo que, precisamente, hace la liturgia. Así que, finalmente sí,  Mosebach habla de liturgia, porque la liturgia es el evangelio vivo, palpitante, actuante y eterno."




8. Estación: Antes de Entrar a la Catedral



Para el hombre moderno, la genealogía de Jesús de los primeros dieciséis versos del Evangalio de San Mateo es, a lo más, una concatenación absurda de sonidos. La sucesión de nombres del Antiguo Testamento, en versiones latinas o cuasi griegas,  recuerda a un conjuro o hechizo; es a la vez grotesco y cómico. Es como si una multitud de enanos, con extrañas barbas a lo Van Dyke y capas puntiagudas, fueran apilados juntos unidos por sus órganos generativos para formar un edificio humano, una torre artística de humanidad. Encontramos a estos venerables patriarcas, parado cada uno sobre la cabeza del otro, esculpidos en los arcos ojivales de entrada de las catedrales góticas. En las paredes vemos a Jesse, vistiendo pantalones turcos, durmiendo en una loma cubierta de hierba, mientras que desde sus lomos se desprende una enredadera de follaje retorcido que revela los rostros de pequeños y ansiosos ancianos que miran hacia fuera; todos ellos están conectados entre sí, y las etiquetas en forma de cinta anuncian sus nombres extraños. David y Salomón, Jacob y José son los únicos personajes conocidos, entre otros, como Farés y Aminadab, Roboam y Asa, Josafat y Jotam, Ezequías, Jeconías, Salatiel y Zorobabel.

La Genealogía de Jesús es el Envagelio de la Fiesta de la Natividad de María, el 08 de septiembre; también se lee el 16 de agosto, Fiesta de San Joaquín, el padre de María, que no es mencionado para nada en la genealogía. Ambas fiestas se dan en una época calurosa. Luego el diácono canta esta genealogía, vestido con su dalmática bordada en oro y rodeado de servidores que llevan velas e incensarios, sudando profusamente en la tela de lino blanco que envuelve su cuello. “Abraham autem genuit Isaac, Isaac autem genuit Jacob, Jacob autem genuit Judam et fratres eius. . . .” Y así sigue y sigue: catorce generaciones desde Abrahán a David, otras catorce generaciones desde David hasta el cautiverio en Babilonia, y finalmente otras catorce generaciones, desde Babilonia hasta el nacimiento de Jesucristo.

¿Es esto realmente una pieza importante del mensaje cristiano? ¿Es esta genealogía con sus tres grupos de catorce –claramente  estilizados-  algo más que un ritual arcaico? El árbol de la familia de Jesús (abreviado a tres reyes con el fin de preservar el ritmo de los tres grupos) es presentado aquí por Mateo de tal manera que se repite enfáticamente el nombre de David:  el catorce representa el valor numérico de las tres consonantes hebreas que enmarcan el nombre de David. Jesucristo es el "Hijo de David"; el árbol genealógico está destinado a probar esto. Él es aquel de quien Isaías pronunció esta extraña advertencia: "¡Oíd, pues, casa de David! ¿acaso os es poca cosa molestar a los hombres, que molestáis también a mi Dios? Por tanto, el Señor mismo os dará una señal: He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y  le pondrá por nombre Emanuel".

Por miles de años se aceptó que la descendencia, el pedigree, daba pruebas de elección, de legitimidad, sustentando la reclamación del señorío; todas las relaciones jurídicas, públicas y privadas, eran vistas en el contexto de la descendencia. Esto es algo que las naciones occidentales y aquellas por ella marcadas han olvidado por completo. La solemnidad que alguna vez –incluso al comienzo de nuestro siglo- rodeaba a “la familia de sangre real” es ahora aplicada al “parlamento electo” o al “presidente electo”. Aun así el árbol familiar de David fue seguido hasta el pasado reciente. El emperador de Etiopía Haile Selassie porta el título “Rey de Sión” y “León de Judá”; por tres mil años un rumor corrió entre su familia que atribuía sus orígenes al Rey Salomón y a la Reina de Saba, casi o tan cierto como que un príncipe Massimo dijo orgullosamente a Napoleón que descendía de Quinto Fabio Máximo Cunctactor. Hasta la caída del emperador Haile Selassie en 1974, su geneaología solía ser cantada por los cantores eclesiásticos; estaba dividida en secciones, cada una conteniendo siete generaciones, y todos los niños etíopes de la “casa de David” acostumbraban a aprender de memoria las últimas siete generaciones de su árbol familiar, de manera de poder recitarlas en las ocasiones solemnes. Tal como encontramos en Mateo, sólo los padres y los hijos son nombrados; y, como en Mateo, nombres femeninos aparecen de tanto en tanto en las largas series, cuando algo importante es asociado con estas madres particulares.

El lector desprevenido queda bastante desconcertado cuando llega al final de la genealogía de Jesús. Su objetivo es demostrar la ascendencia de Jesús desde el rey David de una manera objetiva y mediante el uso de números simbólicos. Treinta y nueve veces leemos "genuit" (engendró), ya que el autor de la genealogía no tiene miedo de parecer monótono cuando se trata de un caso de precisión. De repente, sin embargo, cuando tiene que sacar su conclusión de esta larga serie de generaciones, se omite la palabra "engendró": "Jacob engendró a José, el esposo de María", y continúa, "de la cual nació Jesús, que es llamado el Cristo". Según Mateo, por lo tanto, José no engendró a Jesús. Una gran genealogía se ha puesto delante de nosotros para mostrar que no muestra la ascendencia de Jesús. ¿Significa esto que el emperador Haile Selassie tenía más pretensión de ser un "hijo de David" que Jesús?

Los primeros cristianos reconocían abiertamente la dificultad presentada por este pasaje de las Escrituras. San Justino, del siglo segundo, afirmaba que también María provenía de la casa de David. El Protoevangelio de Santiago, también un texto muy antiguo, confirma la ascendencia de María, y toda la entera tradición cristiana adoptó esta visión. El arte cristiano, también, a menudo ve a María como la “hija de David”. En muchas ilustraciones del árbol de Jesé, María viene al final de la secuencia de generaciones, y el problemático José ha desaparecido completamente. La Iglesia nunca ha rechazado tradiciones porque simplemente no hayan podido ser justificadas. Siempre ha dejado las cosas en su lugar, consciente de que, en última instancia, los evangelios canónicos son en sí mismos frutos de la tradición. De acuerdo a la costumbre judía, se dice, era preferible casarse con parientes cercanos. María era la prima de José. Esto da sentido a la enigmática conclusión de la genealogía de Jesús. Luego leemos otra vez en Mateo 1:16 “ José el esposo de María, de la cual nació Jesús” y una duda surge en este punto: ¿no es la explicación dada por la tradición simplemente demasiado perfecta, demasiado suave, demasiado tranquilizadora?.

En un árbol genealógico que sigue la línea masculina, cada desviación de la regla debe ser muy significante. Este es particularmente el caso en el que, al igual que en la genealogía de Jesús, parece conducir a María, sin embargo, no es del todo convincente en su montaje. No obstante, las otras mujeres en la genealogía de Jesús también son desconcertantes. ¿Por qué son lo suficientemente importantes como para romper el principio patriarcal? Los exégetas piadosos las encuentran embarazosas. No todas ellas eran caracteres ejemplares, tampoco; pero todas ellas eran altamente peculiares.

Primero llegamos  a Tamara, la mujer cananita. Se convierte en la nuera de Judá, uno de los doce hijos del patriarca Jacob. Antes de que quedara embarazada, Yhavé mata a su marido, que “era malo a los ojos del Señor”. El libro del Deuteronomio da la solución del “levirato” a esta viudez sin hijos: un hermano del fallecido debe casarse con la viuda; si tiene un hijo con ella, este niño es considerado como descendiente y heredero del muerto, de manera que “su nombre no sea borrado de Israel”. En el caso de Tamara, su cuñado se llamaba Onán. Por orden de su padre se casó con Tamara. “Pero sabiendo Onán que la descendencia no sería suya; cuando se llegaba a la mujer de su hermano vertía el semen en el suelo, por no darle descendencia”

Dios castiga este acto con la muerte, y Tamara queda otra vez viuda. El último hijo de Judá, Selá, es todavía muy joven para el deber del levirato, pero el padre también parece haber temido que una maldición se apoyara en todo matrimonio con Tamara, y trató de encontrar una manera de evitar este tercer matrimonio. Entonces Tamara se quitó los vestidos de viuda, se vistió como una prostituta y se paró en el camino, evidentemente segura de que Judá jamás se perdería una oportunidad como esa. Y ciertamente, por esta estratagema, ella obtiene mellizos de su suegro. Judá tuvo que admitir, “Ella es más justa que yo, en tanto no le he dado a mi hijo Selá”.

No obstante, Tamara, con su hijo Farés a quien tuvo con su suegro, devino en ancestro del Rey David. Seis generaciones más tarde nos encontramos con Rahab, ya no una aparente prostituta, sino una prostituta real, de la ciudad de Jericó. Su entrada en la casa de David es descripta en el libro de Josué, quien envía dos espías a la ciudad enemiga de Jericó. Los dos hombres se escondieron bajo tallos de lino dispuestos en el terrado de la casa de Rahab, que estaba contra la muralla de la ciudad. Rahab estaba convencida del poder omnipotente del Señor: “El Señor tu Dios es el que es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra”. Ella baja a los espías de la muralla en una canasta y les muestra la vía de escape. A cambio los espían le juran que ella y toda su familia serían salvas cuando Jericó fuera asaltada; un cordón escarlata identificará su casa.

Cuando, finalmente, las murallas de Jericó colapsan al son de las trompetas y los gritos del ejército judío, Josué recuerda el juramento hecho por los espías. Rahab y su familia son salvas; “ella habitó en Israel hasta el día de hoy”. No sabemos si Salmón, que engendró a Booz de Rahab, era uno de los espías o la conoció un tiempo después. El texto no lo dice. Dada su vida previa, ciertamente ella no se convirtió en su mujer. Sin embargo, la fama de Rahab no radicaba simplemente en ser un antepasado de David. San Pablo, en su carta a los Hebreos, la presenta como un gran ejemplo de fe: “Por la fe, Rahab, la ramera, no pereció con los incrédulos, por haber acogido en paz a los espías”. Los Padres de la Iglesia siempre han visto a Rahab como un símbolo de la Iglesia, desde que por la fe y el amor ella preserva a su familia de la aniquilación; esto muestra con que empeño tomaron el desafío de seguir y rastrear la historia de la salvación en cada detalle del Antiguo Testamento.

Rut aparece como un ejemplo de mansedumbre y humildad puras. Es una moabita, la viuda del judío Mahalón; su suegra, Noemí, que estuvo casada con Elimelec, es también una viuda. Ambas, ahora viudas miserables y abandonadas, se han convertido en mendigas. Rut juntaba el grano de los campos de un rico familiar de su marido. Su nombre es Booz; quien descubre la hermosa y recatada espigadora de grano y le muestra su favor. En consonancia, Rut se siente animada a lavarse, ungirse de óleos y perfumes, vestir sus mejores vestidos y literalmente  se dirige a acostarse en la cama de Booz. Todo esto es perfectamente honorable de la manera en que toma lugar, ya que ella le está pidiendo a Booz, dado que era pariente de su marido, que ejerza el deber de levirato. Así que Booz proclama a las puertas de Betlehem: “Vosotros sois hoy testigos de que yo he adquirido de mano de Noemí todo lo que era de Elimelec, y todo lo que era de Quelión y de Mahalón, y que he adquirido también a Rut la moabita, mujer de Mahalón, para que sea mi mujer, a fin de resucitar el nombre del difunto sobre su herencia, y para que el nombre del difunto no se borre de entre sus hermanos”. Así Rut se convierte en la madre de Obed, el que se convertiría en el padre de Isaí y abuelo de David.

La cuarta mujer en el árbol familiar de Jesús es Betsabé, casada con Urías, el capitan hitita. La historia de cómo una tarde, el Rey David se levanta de su cama, sale a pasear a la terraza y espía a Betsabé tomando un baño en un terrado vecino, ha provisto de un rico material a los artistas, “porque la mujer era muy hermosa”. Tanto más infame fue la manera en que fue despachado Urías. En una carta que se ha convertido en legendaria, David ordena un ataque fatal, y el marido inconveniente es enterrado bajo una gran pila de cadáveres: la vida de tantos pretendía encubrir el asesinato de Urías, que claramente sospechaba lo que estaba sucediendo. Este evento es seguido por el arrepentimiento y la desesperación de David, una oración que es escuchada por Dios, y Betsabé se convierte en la madre del Rey Salomón, el fabuloso constructor del templo, el más grande rey judío.

La adúltera, la prostituta y las dos viudas aspirantes fueron seleccionadas por el evangelista Mateo como ejemplos de mujeres excepcionales en el árbol genealógico puramente masculino del Redentor. Más de un predicador ha encontrado una explicación edificante para esta selección un tanto inquietante. Algunos dicen que el evangelista quiso hacer hincapié en que los antepasados de Jesús eran personas débiles y culpables; otros sugieren que muestra que Jesús, que se veía a sí mismo como el “curador de los enfermos”, no tenía miedo de estar cerca de aquellos cargados de pecado; otros, de nuevo, apuntan al hecho de que la encarnación del Hijo de Dios tuvo lugar en el establo de Belén en una familia que estaba involucrada con el pecado de varias maneras. La idea suena plausible; tiene un sabor cristiano sentimental y bonito. ¿Pero encaja con la atmósfera del evangelio de Mateo y sus aristas lacónicas? Las manchas en la casa de David eran dolorosamente obvias para el autor judío del evangelio. Lo que hizo a esta familia especial no fueron sus pecados sino la promesa que le fue hecha desde los tiempos de Abrahán, una promesa que fue clarificada y renovada por los profetas. Jesús había de ser el cumplimiento de esa promesa, ¿pero cómo podría suceder esto si no fuera el “Hijo de David”?

¿Por qué razón Mateo ajusta su genealogía para que encaje con una numerología mágica, omite  la mención de tres reyes, y cuenta a Jeconías dos veces, en orden a llegar por tres veces al valor numérico del nombre de David? ¿Y por qué hace está elección tan asombrosa de mujeres? ¿No nos vemos compelidos absolutamente, por razones literarias, a ver a estas mujeres en conexión con María, la última y más desconocida de las mujeres, contemporánea de Mateo, que deliberadamente la introduce en el contexto de estas mujeres históricamente famosas?

Lo primero que tienen en común estas cuatro mujeres de la genealogía es que no son judías. Tamara y Rahab provienen de gentes –Cananitas y ciudadanos de la aniquilada ciudad de Jericó- tenidas por particularmente malvadas, incluso malditas. Inicialmente, sin embargo, esta característica común no nos acerca en nada en relación a María. Si la intención era demostrar que María, también, era una extranjera y una extraña, ello no resuelve el enigma de la ascendencia de Jesús de la casa de David. Ser un extranjero, proveniente de una tribu despreciada, aceptada graciosamente en la nación marcada por la promesa divina, nada de esto parece significar mucho para María que era judía y posiblemente descendiente de David.  

No obstante, las cuatro mujeres tienen algo más en común, algo que quizás ya se la haya ocurrido al lector: las cuatro quedaron embarazadas de alguien que no era su marido. Betsabé, madre de Salomón, era la “mujer de Urías”, y aparece en la genealogía con ese título, no en su propio nombre.  Este es el punto más importante. Rahab es una prostituta, su condición es resaltada tanto en el Antiguo Testamento como en San Pablo. En contraste, Tamara y Rut usan planes y presiones para conseguir que sus parientes mayores les den hijos –lo que era enteramente legal- de sus esposos muertos. Así  que si ha de compararse a María con las cuatro mujeres, es porque ella también, no obtuvo un hijo de su marido. Todos los descendientes de las cuatro mujeres, los ilegítimos y aquellos legitimados por el levirato, se convirtieron en “hijos de Abrahán” y miembros de la Casa de David. Hombres poderosos ocuparon el lugar de los maridos y y engendraron y criaron la descendencia en su nombre: el patriarca Judá, el victorioso Salmón, Booz el rico y finalmente, el mismo rey David.  Alguien más grande que José, en lugar de José, engendró al hijo de María. En comparación con este “Alguien más grande que José”, María era de una generación rechazada y maldita, no de un pueblo particular, sino de toda la raza humana, cargada de culpa. Por naturaleza, por tanto,  Jesús es el Hijo de Él que lo engendró, pero de acuerdo a la ley del levirato santo es hijo de José, que a su vez es hijo y heredero de David”.

María, la nueva Rahab, rescata a su pueblo por la fe en el poder omnipotente de Dios. Como una nueva Tamara, impide el colapso y extinción de su pueblo. Rut dijo a Booz: "Tú has tenido compasión de mí, mi señor, porque me has consolado y has hablado al corazón de tu sierva", y María, la nueva Rut, dice en el Evangelio de San Lucas: "Glorifica mi alma al Señor y mi espíritu se goza en Dios mi Salvador, porque ha mirado la pequeñez de su esclava ". Como una nueva Betsabé, María trae al mundo al nuevo Salomón, quien, como el viejo Salomón, es un juez, pero el Juez del Mundo.

Si tuviéramos que imaginar las cuatro mujeres de la genealogía como estatuas románica o góticas, en verdad que deberían llevar llaves en sus cinturas, porque son ellas las que desbloquean el árbol genealógico que puede parecer una pieza de ceremonial osificado. Lo que en principio parece ser un registro genealógico que exhibe la clase de contradicciones que desafían la paciencia, se cambia en un mensaje vivo. Cualquiera que siga leyendo y llegue a las dudas de José cuando se entera del embarazo de María, sabe ya de antemano lo que José necesitar oír de la boca del ángel. En esta su manera indirecta, la genealogía de Jesús de Mateo es el texto más completo sobre María que se encuentra en los Evangelios. Mediante el uso del arcaico método de un catálogo de generaciones, Mateo está expresando algo completamente nuevo, y al hacerlo no utiliza ni la doctrina teológica ni la filosofía.

“En el principio era el Verbo”. Así comienza el evangelio de San Juan. El comienzo de Mateo consiste en una cadena de seres humanos que desaparece en la oscuridad del pasado. Pero algo invisible estaba obrando en esta larga cadena humana, dando sentido a la secuencia meramente biológica, impartiéndole un impulso hacia delante. Sólo podemos conocer esta realidad invisible y su efecto si lo leemos en los rostros de los seres humanos. La historia, con sus abstracciones, se encarna en formas. Estas formas nos proporcionan paquetes de significados, que son dilucidados a su vez por otras formas. Le son presentados al lector, no una serie de declaraciones doctrinales, sino una secuencia de personas. Así Mateo abre su relato de la encarnación del Verbo con una secuencia de encarnaciones humanas.

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