lunes, 8 de agosto de 2016

La Herejía de lo Informe - M. Mosebach

5. “Los Vanguardistas de la Tradición”

Los Benedctinos de Fontgombault


El  amplio patio de piedra está pavimentado con grandes losas irregulares, aptas para hacer tropezar a los incautos. Dos jóvenes caminan a lo largo del mismo, con chaquetas de cuero negro y pelo corto. Son cadetes de alguna academia militar, vestidos de civil. Tras ellos viene un hombre de edad avanzada, más bien corpulento, con gafas con montura de oro y la cinta roja de la Legión de Honor en la solapa de su chaqueta azul oscuro. Les sigue un viejo sacerdote con una sotana algo manchada, seguido por un pequeño niño en pantalones cortos, con las piernas enrojecidas por el frío. Hace tanto frío que nuestra respiración produce nubes blancas. La pequeña procesión hace un alto ante una pequeña puerta en la larga pared. Todos esperamos. Un jóven monje vestido con un hábito negro emerge, llevando una jarra y un recipiente, y una toalla de mano liviana sobre su brazo. El monje mantiene su cabeza gacha; está claro que al hacer esto está siguiendo algún tipo de regulación.

Un monje de pelo gris sale al encuentro del grupo. Usa una cruz dorada con una cadena sobre su pecho y mantiene sus manos ocultas debajo del escapulario, la amplia franja de género que le cuelga por detrás y por delante. Saluda a cada uno separadamente; los invitados se acercan a él, poniendo la rodilla izquierda en tierra para besar su anillo de oro. Entonces llama al monje con el cuenco y la jarra. Cada invitado pone sus manos sobre el recipiente mientras el monje de pelo gris vierte agua de la jarra y luego les ofrece la toalla. Los visitantes atraviesan la angosta entrada y se encuentran en una desnuda y alta habitación con arcos góticos. Un centenar de monjes están de pie ante las filas de mesas del refectorio, sus manos ocultas bajo sus escapularios. Todos guardan silencio. Así comienza la comida de la noche en el monasterio benedictino de Nuestra Señora de Fontgombault.

Si un visitante quisiera resumir, en una simple y abstracta frase, las múltipes impresiones producidas por una comida ritual de esta clase, quizás se vería inclinado a hablar sobre la disolución de la distinción entre lo que es importante y lo que no lo es. Todos los utensilios para la comida son utilizados de una manera consciente y deliberada, incluso si no son valiosos  y ni tan siquiera hermosos. La jarra y el cuenco que fueron usados por el abad para lavar a las manos de los visitantes están ahora en un nicho de piedra, tal como, en la iglesia de la abadía, el agua usada para lavar las manos del sacerdote en misa es mantenida lista cerca del altar. Al final de la comida cada monje limpia su cuchara y su cuchillo con la servilleta y los envuelve a los dos en la blanca tela. De la misma manera, en misa, la cuidadosa limpieza del cáliz luego de la comunión pone fin a la acción litúrgica.

Un libro es leído en voz alta durante la comida. Primero es un capítulo de las Reglas de la Orden; pero luego de ello la lectura proviene de un libro de historia francesa reciente. Esto es llevado a cabo desde un púlpito, y el texto es recitado –cantado, más bien- en una cierta clase de canto litúrgico, a pesar de su contenido secular. Cada vez que los monjes que sirven la comida entran o salen del refectorio, se inclinan delante del gran crucifijo que pende encima del lugar del abad, el cual está elevado un poco sobre los restantes asientos; si tienen algo que decirle, se arrodillan y susurran en sus oídos mientras él se inclina hacia ellos. El abad usa un pequeño martillo de madera como señal de comienzo de la comida, y da la misma señal para su finalización. De manera similar, en la gran misa conventual, el maestro de ceremonias da señales parecidas a los celebrantes, golpeando su libro de oraciones con sus nudillos para indicar la siguiente sección de la ceremonia.

La comida consiste en unos pocos rábanos a la mantequilla, una incolora sopa de verduras, algo de zanahoria rallada, un trozo de pescado en una salsa blanca, ensalada verde, queso de la propia lechería del monasterio y café de achicoria, todo acompañado por un vino tinto perfectamente seco y claro. Los platos reflejan la austeridad o el esplendor de la liturgia del día: los días de ayuno las comidas se inclinan a la frugalidad; los días de fiesta se caracterizan por una finta de elegancia. Todos los días las comidas tienen lugar con el mismo patrón y al minuto preciso, no obstante lo cual, nadie parece estar inhibido o acuciado por esta estricta formalidad. Un viejo zapatero, retenido por el monasterio para hacer y reparar los zapatos de los monjes, come su pera y su pan en paz y recogimiento y acaba recién de plegar su servilleta mientras el abad levanta su pequeño martillo.

Aunque la Abadía de Fontgombault fue fundada hace novecientos años, es un monasterio relativamente jóven. Después de la construcción de la majestuosa iglesia románica de la abadía y luego de siglos de vida floreciente vino una temprana declinación y la destrucción producto de las guerras de religión; cada vez más, la vida del monasterio se convirtió en una sombra de lo que era, y fue finalmente disuelto poco antes de la Revolución Francesa. La iglesia de la abadía fue saqueada como una cantera de piedras: el coro y la fachada oeste se mantuvieron intactos, pero las piedras cortadas de la nave se pueden encontrar en las paredes de las construcciones de las granjas de los alrededores. En la segunda mitad del siglo diecinueve las partes faltantes del edificio fueron sustituidas, aunque de una manera más bien poco imaginativa. Cada una de las antiguas piedras tiene su carácter distintivo, están desgastadas en sus bordes y brillan como hueso pulido; comparadas con las de la nueva nave, que son todas de líneas rectas, el eje del coro se inclina suavemente hacia un lado. En el monasterio dicen que recuerda a la cabeza del Señor crucificado,  caída sobre su hombro. Como resultado de las vicisitudes de la historia francesa las iglesias suelen ser muy desnudas. Aquí también, el amplio edificio, cual amplia catedral, en sus tres naves contiene sólo una imagen: Notre Dame de Bien Mourir “Nuestra Señor del Buen Morir”, una escultura de piedra representando a la Madre de Dios entronizada, sus ojos majestuosos fijos sugiriendo algo de la tardía Roma del emperador Constantino.

Los monjes benedictinos no retornaron al monasterio sino hasta el año 1949. La nueva fundación fue hecha desde la Abadía de Solesmes, que en el siglo diecinueve jugó un rol importante en el redescubrimiento del antiguo canto gregoriano. Pero no fue sino hasta después del Concilio Vaticano Segundo que la misteriosa fama de la abadía se esparció más allá de las fronteras de Francia. En un tiempo como el nuestro, tan preocupado con reformas, esta vuelta a la Regla completa de San Benito, a la Liturgia de las Horas en su integridad y a la gran liturgia de Occidente –que esencialmente nos viene desde el tiempo del Papa Gregorio el Grande (540-604)- es considerada como una clase de reforma particularmente audaz.

La mayoría de los que viajan a Fontgombault son gente jóven. La mayoría de los monjes, también, son jóvenes. En sus hábitos parecen figuras de un fresco de Giotto, pero cuando tienen visitas pueden ser vistos caminando de acá para allá en el ala de visitas con sus hermanos y parientes que usan ropas modernas, y es más que claro que no están viviendo en la edad media. La visita de la familia resalta el cambio que opera la vestimenta de un nuevo monje. Su cabeza es afeitada, y su cuerpo, que era exhibido de la mejor manera anatómica por su anterior atuendo civil, desaparece bajo el informe hábito negro. El objetivo parecería ser un máximo de uniformidad, y aun así los resultados son rotundamente opuestos.  Lo que inicialmente choca al observador como algo altamente anticuado es ahora visto como una individualidad resaltada al ser insertada en la intemporalidad, mientras que antes iba escondido detrás de los cortes de pelo de moda, los pulóveres multicolores y camperas de última moda colectiva.

Al principio el visitante quizás encuentre las misas y el canto gregoriano como un intricado drama, difícil de seguir. Mientras pasan los días, sin embargo, descubre en los pequeños detalles que no es para nada un drama, o más bien, que es un drama que no tiene final. Descubre que, en este mundo del claustro, no hay otra vida “debajo de la superficie”; no hay un mundo trivial con puntos altos ocasionales tan comunes en las ceremonias festivas. La Regla de San Benito, y la forma en que es traducida  a la vida en Fontgombault, apunta a prevenir que cualquier aspecto de la vida sea sacado de contexto: en vez, el día entero está concebido para ser liturgia. Por eso, asombrosamente, la liturgia y la cortesía se entrelazan. Dos monjes que se cruzan varias veces en el día se inclinan el uno ante el otro con el mismo gesto que es dado al sacerdote en la misa. Cuando alguien toca la puerta, escucha como respuesta un “Deo Gratias” desde adentro. Cada documento mundano y cada carta comienza con la palabra “Pax!” Tan pronto como llega un invitado es conducido a la iglesia, donde el monje que lo recibe reza por él en silencio. En el patio que une la iglesia con el refectorio, los monjes evitan caminar por el medio del corredor, que está marcado por una cinta de piedra, reservada para el sacerdote durante las procesiones de los días festivos. Los monjes que trabajan en los campos, en la viña, o con el ganado, son ayudados por las numerosas campanadas de la torre central de la abadía a permanecer en contacto con la vida espiritual del monasterio. Cuando el sacerdote se coloca las vestiduras, recita una oración específica para cada una de ellas; pero el monje, también, reza una plegaria cuando se pone el hábito en la mañana, convirtiéndolo en una vestimenta litúrgica.

Naturalmente, muchas de estas costumbres permanecen escondidas para un extraño. El invitado vive en la casa de invitados, que está separada por pesadas puertas –siempre cerradas- de la clausura, el recinto en el que viven los monjes. A un monje le es permitido hablarle a un extraño sólo con la autorización del Abad. Uno no se lleva la impresión de que esta sea una regla particularmente pesada para ellos. En cualquier caso, los días están tan llenos con los tiempos de oración (“siete veces”), la misa conventual, las comidas, y el trabajo físico que debe cumplirse, que una desviación del cronograma es altamente impracticable. Los monjes jóvenes casi siempre caminan rápido;  como si tuvieran un propósito y a la vez fueran recogidos. Al acercarse a ellos, uno tiene la impresión, no obstante la atención sonriente que nos dirigen, de que los hemos interrumpido. Pareciera como si la orden del día estrictamente regulada hubiera abierto las compuertas de una poderosa corriente de pensamiento que llena por completo la atención individual del monje. “La nobleza más alta no es la del señor feudal en su castillo sino la del monje contemplativo en su celda”, escribe el filósofo colombiano Gómez Dávila. Esta clase de vida contemplativa es una vida solitaria, y la soledad no se ve disminuida por el hecho de que tiene lugar en comunidad, entre tantos otros solitarios. A primera vista parece tener poco que ver con la noción de aristocracia, con conceptos de mayor o menor, esto es, con la manera en que la gente se relaciona con el conjunto de la sociedad. Sin embargo, después de hablar con uno o dos monjes y reflexionando sobre comentarios que en ese momento parecían insignificantes, incidentales y desconcertantes, comencé a ver esta soledad bajo una luz completamente diferente: en este monasterio, aparentemente, hay monjes que toman literalmente la exhortación de Benito en la Regla que dice que, durante la oración, están en la presencia de Dios y sus ángeles. En una vida vivida en soledad comunal, impregnada de liturgia, parece que los “Querubines y Serafines, los Tronos y las Dominaciones”, “las huestes celestiales y los poderes angélicos” referidos en el prefacio de la misa, se volvieran tangibles, incluso visibles. Bajo la impresión de un orden cósmico de esta clase, el concepto de “aristocracia” adquiere un significado enteramente nuevo.

Si se les pregunta a los monjes sobre una experiencia de este tipo, sin embargo, no se aprenderá nada más que lo que puede ser leído en las palabras del salmista, los Padres de la Iglesia y en el Evangelio. Este monasterio no es el lugar para conferencias espirituales, compartir experiencias teológicas, o proclamar manifiestos. Aquí, refiriéndonos a la liturgia, del modo en que es asumida, los pros y contras de un debate serían considerados, con toda probabilidad, como inapropiados a la naturaleza misma de la liturgia. Para el extraño, ninguna exposición de los principios subyacentes del monasterio podría ser tan instructiva como la simple observación de su práctica. Además, cualquiera que haya leído los místicos tendrá ya un indicio de los propósitos y objetivos que hay detrás del cultivo de la soledad comunal.

Las palabras no pueden ser un sustituto de la impresión que produce uno de los pocos ejercicios espirituales de los monjes que son accesibles al visitante. Se trata de la misa que es celebrada por cada monje sacerdote, solo, cada mañana después de la liturgia de las horas. Entrada la mañana, por supuesto, está la misa conventual con canto gregoriano, con sacerdote, diácono y subdiácono y la comunidad entera; pero de acuerdo a la antigua regla cada sacerdote debe celebrar él mismo una misa cada día, así que la mayoría de los sacerdotes cumplen esta obligación unas horas antes. Poco de los monasterios benedictinos observan todavía esta costumbre, y la mayoría de ellos mantienen lazos cercanos con Fontgombault.

La Iglesia está vacía. Está todavía oscuro cuando la “misa privada” comienza. Este término comunmente usado es incorrecto, por supuesto, ya que, como dijo uno de los monjes, “la misa nunca es algo privado”. Un pequeño y sencillo altar de piedra se yergue en frente de cada pilar de la nave. Uno siente que hay más altares a cada lado del coro, detrás de la rejilla del mismo. Una larga procesión viene de la sacristía, un sacerdote detrás del otro en sus coloridas vestimentas, la capucha blanca de su hábito de coro cubriéndole la cabeza, sus manos sosteniendo un cáliz cubierto con un lienzo que hace juego con sus vestimentas litúrgicas. Cada sacerdote es acompañado por un joven servidor del altar en su hábito negro. La procesión se divide, y cada sacerdote con su acompañante se sitúan frente a los pequeños altares, hasta que cada uno de los doce altares está ocupado. En todos lados la misma inclinación profunda ante el altar, en todas partes los golpes en el pecho que acompañan la confesión de los pecados, la aproximación sincronizada al escalón del altar y la silenciosa lectura del salmo del introito.

Sentado en la mitad de la nave hacia el fondo de la Iglesia, se tiene una vista única. Uno está acostumbrado a ver la misa teniendo lugar en un punto focal del edificio de la iglesia, pero aquí parece presente en todas partes, como en un pasillo de espejos. Toda la perspectiva de la iglesia, concentrada en el coro, está viva con sacerdotes celebrando en soledad; cada uno de ellos, con sus gestos solemnes, sus manos levantadas, sus reverencias y genuflexiones, es consciente de que está haciendo algo único. De repente, desde atrás del altar mayor, el destello de una vestidura roja se muestra momentáneamente, ante la elevación de la Hostia. No hay pared, capilla o pilar donde el sacrificio de la misa no esté siendo ofrecido. Los movimientos de cada sacerdote son lentos; sus labios muestran que está leyendo palabra por palabra. Por el espacio de esta madrugada pareciera como que cada celebrante ha dado un paso fuera de la familia del monasterio, como Benito, el antiguo patriarca romano, llamó a la orden que fundó. La función sacerdotal ha creado obligaciones altamente personales de las que ninguna comunidad, ni ningún colectivo puede dispensar. Estas misas silenciosas, donde el único ruido es el producido por los sacerdotes acercándose y alejándose del altar, indican un posible efecto de la liturgia, y lo hacen de una manera más convincente que el hierático y musical esplendor de la gran liturgia de la comunidad: es ser un cáliz o receptáculo para la sustancia última de la persona, una sustancia que se evapora cuando se enfrenta al mero análisis.

Hay un sólo momento en el día en el que el visitante puede observar como el orden de movimientos se desintegra. La última oración comunitaria del día son las Completas, la oración de la tarde, que se remontan a Benito mismo. A esta altura sólo hay dos fuentes de luz en la nave: el mar de velas a los pies de la Madre de Dios de la Santa Muerte y el punto rojo de la lámpara del sagrario que cuelga ante el tabernáculo al final del coro. En su himno, los monjes rezan contra el “phantasmata”, intrusiones demoníacas en sus sueños; reciben la absolución de los pecados del día de su abad y, en las palabras del Padrenuestro, “Et dimitte nobis debita nostra, sicut e nos dimittimus debitoribus nostris”, están reconciliados los unos con los otros. El abad rocía a cada uno de ellos con agua bendita, impartiendo la bendición a todo el monasterio.

Ahora comienza el tiempo de silencio que no debe ser perturbado incluso por lo que pudiera ser considerado una necesidad. Después de tres golpes de campana los monjes se ponen de pie y, por primera vez, abandonan el coro sin un orden en particular. Cada monje encuentra un lugar en algún rincón de la iglesia para sus oraciones privadas. A la luz intermitente de las velas uno puede discernir oscuras formas individuales; así también, en los escalones de los pequeños altares, uno se encuentra con una oscuridad más intensa que de repente se revela como un ser humano. Un pequeño montón oscuro es perceptible ante la lápida del primer abad, Petrus a Stella, y en los brazos del crucero, donde casi no se puede ver la mano delante de la cara, existen otros tales montones que, en el doble anonimato del hábito monástico y la oscuridad, no parecen un ser humano en absoluto. Por unos pocos segundos, cuando los monjes se dispersaron en desorden al final de las Completas, había una sensación de algo palpitante, como si cada uno estuviera buscando expectante una meta. Después de sólo unos pocos pasos, sin embargo, ese objetivo es alcanzado. La oscuridad elimina toda sensación de espacio. Si te sientas aún por un tiempo, sientes que estás cayendo, de manera pacífica y sin sufrir ningún tipo de violencia.

Carl Shmitt escribió la siguiente entrada en su diario el 1 de agosto de 1948:

No fue Robespierre quien destruyó la corona del monarca, sino Metternich. Todo lo que queda ahora es auto destrucción, suicidio. La restauración es un método específico de lidiar con y de destruir lo que se está restaurando. ¿Por qué? Porque es auto destrucción. Así que no  tengamos restauración de ningún tipo, ya sea de la Iglesia o del estado, de la monarquía o de la democracia, del trono o del altar, o las formas anteriores de la libertad y la autoridad. "Traemos orden. Se derrumba. Restauramos el orden y nosotros mismos colapsamos”” (Octava Elegía de Duino).

La gente a veces tiende a considerar la vida de los monjes de Fontgombault como un intento de “restauración”. Esto es entendible cuando uno piensa en la influencia que ha tenido el monasterio. En su retorno a las fuentes de la vida benedictina el abad no está solo, ni lo ha estado desde hace un tiempo considerable. Otros cuatro grandes monasterios han sido fundados desde Fontgombault para responder a los números crecientes de vocaciones monacales. Cercanamente aliado con Fontgombault están las nuevas fundaciones del Monasterio de Santa Magdalena de Barroux en Mont Ventoux (asociado con un convento de monjas), el Monasterio de San José en Flavigny, Burgundy, el convento de monjas de Jouques y un número de fundaciones y seminarios similares. Todos estos ejercen una gran atracción y crecen firmemente. Esta expansión de la vida monástica es inusual e inesperada en un tiempo como el nuestro, y es importante entender que no está relacionada con la idea de “restauración” asociada con el nombre de Metternich; es enteramente falta de ambición política o social. Mientras que el término “formación” crea una gran resonancia en Fontgombault, jamás es entendida como la formación de grupos particulares, clases sociales o elites, esto es, como la formación de personas fuera del monasterio.

Cada uno que decide entrar al monasterio en Fontgombault está preocupado con la formación de un solo ser humano: él mismo. De similar modo, los frutos de esa formación se verán manifestados en una sola persona, es decir, la persona así formada. La Regla prescribe “stabilitas loci”, por la cual Benito quiere decir que el monje debe pasar su vida entera en el mismo monasterio; esto impide el tipo de influencia que se puede ejercer viajando por el mundo. Cualquiera que quiera conocer los efectos de esta formación deberá él mismo viajar a Fontgombault, bien adentro de Francia. ¿Que verá allí? Primero y principal verá los medios empleados en esta formación, medios que son inseparables de sus fines; por esta coincidencia de medios y fines, que se encuentra de otro modo sólo en el arte, y es de la esencia misma de la liturgia. ¿Tendrá este movimiento monástico, desarrollándose principalmente en Francia, alguna vez una influencia en el presente y futuro de la Iglesia? Esto es casi tan improbable como el desarrollo que tuvo desde la llamada de Simón, el pescador y Mateo, el recaudador de impuestos, a la Iglesia universal.

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