viernes, 2 de septiembre de 2016

Hablando De Monjas



Me preguntaba un amigo, whisky de por medio, si las monjas carmelitas de Nogoyá, que adquirieron hace unos días  y a su pesar una efímera notoriedad, son buenas monjas.


Y la pregunta iba dirigida a mí, no porque fuera un experto en órdenes religiosas ni nada por el estilo, sino porque conozco el convento, crecí en el campo en Nogoyá y voy bastante seguido, dos o tres veces por año. No pocas veces he ido a la misa dominical de la capilla conventual, con su nave central para la feligresía y otra nave más pequeña, convergiendo de manera oblicua hacia el altar y separada del mismo por una reja que va de pared a pared y del techo al piso, fuera del alcance de la vista para el resto de los fieles.


Pensé en mi madre, asidua asistente a la misa de 7.30 hs. En el curita re contra progre y activista social que últimamente tocaba en suerte para las celebraciones, con su pelo estudiadamente trabajado y arreglado en mechoncitos prolijamente desemprolijados, embadurnados con algún tipo de gel.  Lo bauticé “El Guachiturro”,  provocando las débiles e inconvincentes quejas de mis hermanas y mi madre por la aparente falta de respeto, inmediatamente desautorizadas por ellas mismas con una carcajada involuntaria, al evocar mentalmente la imagen del sujeto, su forma de vestir, de peinarse, y de hablar.  –Y vos Padre- repite constantemente el curita mientras recita las fórmulas de los libros litúrgicos, improvisando y cambiando sobre la marcha el ya degradado lenguaje que llevan impreso por otro más intolerable y vulgar aún. Cada vez que lo oigo no puedo evitar pensar en el susto que se va a pegar  este muchacho cuando caiga en manos del Dios Vivo. Mala cosa, quizás, porque me hace olvidar el susto que me espera a mí.


Y de fondo, completando el cuadro, los aullidos de las monjas desgañitándose con cantitos de misa, dentro de todo decentes considerando el variado y chicloso repertorio musical de las iglesias argentinas.


Un panorama desolador. Un desierto completamente yermo, con todos los medios de oración arrancados brutalmente de en medio, haciendo imposible la adoración y la reverencia para la mayoría de los fieles. Cuando no inculcándoles una religión falsa.


Para la mayoría, no para todos, porque, como dice Mosebach Por supuesto que siempre habrá personas tan llenas de gracia que puedan rezar incluso si todos los medios de oración le fueran arrebatados de sus manos”. Y vuelvo a mi madre, con sus dedos gastados de pasar las cuentas del rosario, su devoción a la eucaristía,  su obstinada insistencia en ir a misa todos los santos días, con su callado sufrir de todas estas cosas, del cura, de sus dislates, sus faltas de respeto, sus herejías. Todo perfectamente advertido y soportado en silencio orante, en intercesión incluso del propio perpetrador de las ofensas.


Otro tanto sospecho pasa con las monjas, aunque quizás de manera no tan consciente. Acabada la misa vuelven al claustro, a su oración ininterrumpida, a sus ayunos y a sus penitencias. A la soledad de sus celdas. A una relación personal con Dios que no se ve afectada por la debacle generalizada y exterior de la Iglesia, de sus sacerdotes y de su liturgia. Poco importa el poster del Papa Francisco con su sonrisa socarrona y su turbia mirada. Para ellas es una entelequia. Es el Papa, y por tanto, es santo. No les mueve un jeme en su vida cotidiana. No están al tanto de la chorrada de sus disparates que nos afligen a nosotros ni de los lobbies mundanos, ni de los juegos de poder de Santa Marta. O si lo están, no les ocupa espacio. Se avocan a rezar, a rezar por él, por las almas del purgatorio, por los que sufren, por los vivos y muertos, para que Dios se apiade de nosotros y, mediante la intercesión de la Virgen Bienaventurada y todos los santos, vivamos eternamente. 


Yo creo que sí. Creo que las monjas de Nogoyá son buenas monjas, como lo era sin dudas Cecilia Sánchez Sorondo, de otro convento carmelitano de una provincia vecina. No lo sé al punto y con la certeza que lo sé de mi madre, de la integridad de su fe,  de la profundidad e intensidad de su oración y de su relación con Dios. Pero todo me da que sí. Soy testigo de la rigurosidad con que se cumple la clausura. Un testigo extraño cuya declaración más contundente es el no haber visto nada. Están ahí desde la punta de años que alcanza mi memoria, algunas muriendo, otras entrando, y nunca las vi, nunca un escándalo, invisibles, inexistentes para el resto del mundo, enclaustradas, muertas al mundo y orando por el mundo para que no sea del mundo, mientras el mundo se dedica a los afanes del mundo. 


Me gusta pensar que son parte, al igual que mi madre, de esa pequeña grey de los últimos tiempos que, como Lot en Sodoma, conserva la fe y la integridad en medio de la apostasía generalizada de la gran mayoría de los feligreses y pastores, contra viento y marea, con casi todas las líneas de comunicación al cielo cortadas. Náufragos que a duras penas sobreviven diseminados aquí y acullá en el mar del progresismo. En medio de la desolación más absoluta. Una especie de soledad de Getsemaní, pero con un consuelo extraordinario que es fruto del Getsemaní: Los Sacramentos.




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