lunes, 5 de septiembre de 2016

La Herejía de lo Informe - M. Mosebach



9. La Procesión a Través de la Puerta Corrediza

El Pasaje de una Novela

Una Larga Noche


“No escuches al sacerdote cuando habla alemán. El sacerdote es indispensable para la misa, pero él mismo no sabe cómo”
-Una Larga Noche. Cap. 5


“…Estaba oscuro cuando entró en el hotel. En la recepción había una mujer de aspecto preocupado que le echó una mirada suspicaz. Herr Drais ya había subido, dijo. Era la primera vez que alguien se refería a Hermann como "Herr Drais". El edificio era de los años cincuenta, cuando los edificios públicos de todo de Frankfurt tenían pisos de piedra caliza de Solnhofer. Un olor a sopa emanaba de la cocina del restaurante. El hotel estaba situado en el borde de una zona roja, pero la modernidad tardía de su estilo, su  insípida solidez –la que es compartida por muchas de las iglesias modernas- hacía que uno se olvidase de los entornos.

La capilla era pequeña, tan discreta como el vestíbulo del hotel. Una pared de concreto tenía ventanas circulares de cristales de colores. Los bancos eran de madera de abedul amarillo, y encima del altar había un crucifijo de aluminio con una figura de yeso de cristal rojo que recordaba a una mermelada de fresa seca. La Virgen estaba representada como una estatua ciega de las islas Cícladas. La habitación estaba caliente bajo los rayos del sol, y un olor a descomposición emanaba del jarrón de flores en el altar. Las flores de otoño se habían convertido en una pulpa de color marrón. Al lado de la vasija había un pequeño armario de plata adornado con trozos de cristal de roca. Cuando entró Ludwig, Hermann estaba en el proceso de deshacerse de las flores.

“No olvides hacer una genuflexión delante del tabernáculo de plata”, susurró Hermann cuando notó la presencia de Ludwig. Le alegraba que hubiera venido, pero a la vez lo hacía sentirse tenso.

En la sacristía había una botella de plástico con agua. “¿Quieres llenar el cuenco de la puerta?” El cuenco era un plato de vidrio sostenido por un latón y con basura pegada. Le vendría bien una limpieza primero. Era una buena cosa que tuvieran dos horas para estar listos. Todo en el altar debía ser cambiado. Al presente estaba cubierto con una pieza amarillenta de terciopelo artificial; a la izquierda estaba el tabernáculo de plata, a la derecha había dos velas gordas en platillos de cerámica. Todo tendría que desaparecer. El tabernáculo fue movido al centro. Tres piezas de lino muy largas y angostas, almidonadas y planchadas, tuvieron que ser extendidas sobre el altar de manera que colgasen hasta el piso a izquierda y derecha. Ludwig y Hermann tendieron estos paños entre ambos y los colocaron uno encima del otro. Flanqueando el tabernáculo Hermann colocó seis candelabros neogóticos de bronce, tres de cada lado. En ellos fueron puestas velas amarillas: “¡amarillas, no blancas!” dijo Hermann con voz callada. Luego tomó tres sacras de un cajón, una más amplia y dos más estrechas. La sacra amplia contenía varias columnas impresas en ella, con el título en rojo: “Canon Missae”. Las estrechas contenían una sola columna impresa, titulada “Lavabo” e “Initium”; la primera fue colocada a la derecha, inclinada contra el candelabro, la segunda a la izquierda, y la más grande fue puesta en frente del tabernáculo de plata. Luego, sin olvidarse la genuflexión, ubicó la campana de bronce en el escalón de piedra ante el altar, o más bien, un conjunto de campanas unidas a un asidero. El altar estaba listo.

En este punto volvió su atención a la credencia, la pequeña mesa cerca de la puerta de la sacristía. La cubrió con un lienzo blanco. Recogió dos jarras de vidrio de extraña forma, con altos y angostos cuellos que emitirían un fino chorro. La jarra sin asa fue llenada con agua –esta vez no del agua de la botella- y la jarra con asa fue llenada con vino de una botella de Rheinhessen, un “cosecha tardía seca” como lo describía la etiqueta. En su habitáculo tubular el vino despidió un aroma medicinal más bien desagradable. En la credencia, Ludwig cubrió las pequeñas jarras con un lienzo almidonado doblado en tres a lo largo. Junto a ellas colocó un recipiente de bronce con una pequeña jarra de bronce –“¡agua de la canilla!”- y un pequeño plato de oro recién patinado. “¡No lo toques con los dedos: sosténlo con un paño blanco!” Ahora la credencia estaba lista. Ludwig esperaba haber puesto todo en su lugar correcto, arreglándolo todo lo más simétricamente posible, como en el altar. Hermann no hizo comentario alguno.

“¿Hay una vela roja prendida en el altar? No, no había una vela roja en el altar. Pero en la mesa de la sacristía había dos. Encendió una y la puso al lado del cabinete de plata después de hacer una genuflexión.

“Ahora podemos ir a la sacristía”.

Ludwig sintió otra vez la sensación de estar con Hermann como cuando eran niños. Una vez más estaban en un gran juego en el que cada logro los llevaba a otros cometidos. Hermann notó –con tristeza- que a Ludwig no le gustaba la capilla; en todos lados encontraba algo que delataba el mal gusto, y sin duda que la capilla era de mal gusto. Así que, donde no había belleza para distraerlos de las imperfecciones de la formas, tenían que seguir las reglas con especial rigor.

La siguiente tarea era “el cáliz”. Estaba guardado en un estuche alto de cuero. Ludwig lo abrió y vio un vaso dorado con un pie alto y un pequeño plato de oro en un cajón debajo. “No debes tocar el cáliz ni la patena. Levántalos con un paño blanco”. Hermann colocó un paño doblado en el cáliz de manera que quedó pendiendo de ambos lados, luego lo cubrió con la patena dorada. Después abrió una caja de madera y  extrajo una gran hostia blanca, estampada con ranuras por donde debía ser partida. Fue puesta en la patena, la que a la vez fue cubierta por una tarjeta rectangular forrada de lino bordado. Después buscó en un cajón profundo que contenía brocados rojos, verdes y violetas y sacó uno negro.  Cubrió completamente el cáliz y su superestructura. El techo de este arreglo fue una bolsa de seda cuadrada conteniendo un paño de lino rígido almidonado. A estas alturas el cáliz se había convertido en una tienda de campaña de brocado negro, con sus negros pliegues estirados cubriendo el recipiente en su interior.

Las vestimentas de misa, de los mismos colores que las telas de seda del cajón, colgaban en un armario. La mayor parte de las vestiduras eran obras del siglo XIX. Los colores eran luminosos; la tela brillaba. Estaban más bien gastadas en algunos lugares, en el cuello y los hombros. Estaba claro que estos artículos no pertenecían a aquí. La vestidura negra colgaba allí, también. Su brocado tenía un motivo neogótico. Él la puso sobre la mesa, acumulando toda clase de artículos en la parte superior de la misma: hilos de brocado de seda negros, blusas de lino, telas y fajas. Otra tarea había sido completada.

Ludwig se sentó en un banco. La capilla estaba todavía vacía, pero la vela roja ardía. La luz del día se desvanecía. Ahora la capilla estaba lista; estaba tan desnuda y triste como antes, pero su motor había arrancado, por así decirlo. Aunque la puerta de la sacristía estaba cerrada, uno podría decir, al sentir de Ludwig, que todo estaba listo, también. Estaba agradecido con Hermann por dejar que lo ayudara. Se sentía como un anfitrión esperando invitados, inspeccionando la mesa ya servida, con las botellas de vino tinto abiertas.

Bella había estado de un ánimo amigable hoy, aunque algo preocupada; pero no hubo ninguna frialdad en la mirada que le dio cuando se marchó. ¿O hubo quizás el esbozo de una sonrisa?

Repentinamente, un hombre con un maletín entró corriendo, mirando a su alrededor en una actitud de perpleja irritación. Su pelo blanco, meticulosamente peinado, le hacía parecer un poco pasado de moda, como un militar. Parecía indignado, como si estuviera diciendo: "¿Están en eso otra vez?" Entonces vio a Ludwig sentado en el banquillo. Su rostro se hizo aún más adusto; asintió como si le acabaran de dar una palmada en la bien afeitada nuca y rápidamente se deslizó por delante de él. Entonces se detuvo, miró a Ludwig como si algo le hubiera pasado, y luego hizo una genuflexión lenta y solemne delante del gabinete de plata.

Ludwig lo siguió a la sacristía. Allí encontró al hombre ya vestido con lo que parecía una bata blanca. Hermann estaba colgando la chaqueta y la corbata a rayas en una percha. El hombre tenía en la mano una fina pieza de paño negro y estaba tratando de ajustarla alrededor de su cuello como un babero. Se las arregló, con cierta dificultad. La parte superior del babero negro sostuvo una banda amarillenta de celuloide y ahora proclamaba ser un alzacuello.

"¿Están ustedes asistiendo a esta Misa?" El hombre levantó la cabeza en un gesto de alarma, dando al mismo tiempo un paso atrás como un pájaro entre asustado y precavido. Esto no es una misa pública, dijo. No estaba prohibido asistir a la misma, pero estaba destinada a un grupo pequeño. Esta misa, explicó, era una concesión pastoral especial para un círculo más bien problemático de creyentes. No era normal para católicos instruidos.

"Este no es el núcleo de la Iglesia, si entienden lo que estoy diciendo." En primer lugar fue pensado para ancianos "de la tercera edad", dijo el hombre. Habían asistido también personas jóvenes, pero eso fue un dolor de cabeza para él, porque esta misa era "claramente un modelo obsoleto". La Iglesia, dijo, se había librado, por fin, de todo el mágico complejo ritual animista, que había arrastrado durante demasiado tiempo en el mundo moderno. Esta carga gigantesca -"una catedral en un carro"- tenía aislada a la Iglesia de los grandes avances de la vida intelectual moderna. Ahora sólo había unas pocas personas que quedaban aferradas al viejo aspecto mágico de la Iglesia, un grupo pequeño, intelectualmente de un nivel bastante bajo, que podría ser ignorado sociológicamente, pero no, por supuesto, pastoralmente. Durante décadas estas pobres gentes habían tenido el temor al pecado inculcado en ellas, y ahora se habían quedado solos en la oscuridad, mientras la nueva Iglesia había descubierto su camino a la luz del día. El simplemente les estaba ayudando a morir.

"Hay que ser cuidadoso", dijo, girando la cabeza y ejercitando sus poderosos brazos. Los mismos que casi causaron que se estrangulara con el alzacuellos. "Estas personas son mucho más fáciles de conducir si tienen un sacerdote con ellos." El obispo no tenía tiempo para este tipo de pastoral; y el clamor de la gente era que se deshiciera de estos ritualistas obstinados. El obispo consideraba esta misa, aquí en el segundo piso del hotel, como algo "peligroso".

Hermann no dijo nada, pero salió con una mirada alegre en su rostro. Ludwig se presentó como hermano de Hermann.

"Tengo un gran respeto por el señor Drais", dijo el hombre, como si estuviera haciendo una afirmación arriesgada. Era obvio que el hermano del señor Drais pertenecía al mundo de los negocios; era tranquilizador, y el hombre tuvo el coraje de ser franco.

Señaló las vestiduras de misa que se encontraban listas. "Afortunadamente nos hemos librado de estas cosas negras en todas partes. Había algo de necrofilia en estos sombríos adornos funerarios. Ahora, por fin sabemos lo que es la alegría de ser cristiano." Al decir esto, sus labios se estrecharon y su expresión se hizo más combativa. Luego se presentó a sí mismo: "Gessner", dijo, ofreciendo a Ludwig sus garras de pinza para un apretón de manos. Ludwig se sintió obligado a devolver un firme y masculino apretón. El hombre dijo que había brindado una conferencia sobre la historia de la Iglesia en la universidad. Ludwig respondió que estaba en el negocio mayorista.

"Las ruedas de la Iglesia muelen lentamente", dijo el profesor. "Apenas estamos comenzando a adoptar los logros de la Reforma." El cristianismo, dijo, se originó en el área mediterránea. Inicialmente sus rituales absorbieron todo lo que estaba flotando alrededor en la gran sopa religiosa de la Antigüedad tardía. Elementos paganos, culto imperial romano, el culto de Mitra, de Isis, de Dioniso, cultos órficos, la religión de los misterios de Eleusis, la academia platónica, el culto del Templo judío, culto de la sinagoga judía, costumbres monásticas tempranas (influidas por el ritual oriental), gnosticismo judío, pagano y cristiano: un brebaje fascinante desde el punto de vista arqueológico, pero no digerible en términos de religión. A continuación, este vasto pantano estuvo bajo el dominio romano. Los romanos, con su derecho romano canónico, sus rúbricas y sus categorías jurídicas, habían drenado este pantano, llenado de contenido, construido diques y llenado lagos, todo un sistema lacustre, sin tener ninguna idea de lo que estaban haciendo. Ahora que la montaña de reglas, tan exquisitamente impresa, se había convertido en tanta basura, las fantásticas vestimentas teatrales habían ido a parar a los museos, los antiguos ritos habían sido suprimidos y erradicados totalmente de las mentes de los católicos. Ahora todo el mundo estaba empezando poco a poco a ver y darse cuenta de lo que realmente había estado detrás de todo. El profesor dio a Ludwig una mirada penetrante. Su temprana irritación excitada había desaparecido. Uno podía sentir su satisfacción anticipada cuando se disponía a decirle a este hombre joven y exitoso, situado en medio de la batalla de la vida moderna, algo que un joven como él nunca hubiera esperado oír de un sacerdote de pelo blanco.

"Nosotros los clérigos tenemos nuestros secretos, pero todo eso acabará pronto. El clericalismo está terminado. ¿Qué había debajo de esta gigantesca basura de acervo cultural, de esta gigante peluca litúrgica? Una calva, nada. O no mucho, en todo caso. O, a lo sumo, cosas vagas, difíciles de entender. La última cena –porque eso es lo que se supone que tiene que estar debajo del ceremonial en latín- ¿qué era? No lo sabemos. ¿Un sacrificio, como sigue felizmente repitiendo la gente a lo loro? ¡Un hombre tiene una cena con sus amigos, y eso se supone que es un sacrificio! Usted se da cuenta, ¿no es cierto?, cómo todo esto se ha sobrecargado con la teología de un sacrificio horrible y con olor a sangre de la Edad de Piedra. Trate simplemente de explicárselo a un no cristiano: Dios crea al hombre, y el hombre ofende a Dios tanto que la única restitución aceptable es un sacrificio sobrehumano. Así que Dios permite que su Hijo, en forma humana, sea sacrificado bárbaramente, y entonces él está satisfecho y reconciliado. ¡Sólo inténtelo!"

“Yo no puedo darle una respuesta, pero me gustaría saber lo que piensa mi hermano", dijo Ludwig.

"Tu hermano diría que es un misterio", dijo el profesor de manera cortante, y se acercó al lavabo. Hermann, dijo, estaba tan pendiente de cada detalle y nunca dejaba de recordarle, antes de que empezara a vestirse, "Debe pronunciar la oración del Lavabo al lavarse las manos." Él (el profesor) se lavaba las manos de todos modos, porque acababa de venir del autobús y las sentía pegajosas. En cuanto a la oración, sin embargo, la dejaría  fuera ya que "en la época de Pío XII era opcional, de acuerdo con un decreto de la Congregación de Ritos." Hermann realmente debería aceptar esto, pero seguía insistiendo.

"Es un obstinado y su peor enemigo", dijo el profesor. "Yo podría abrir puertas para él. Podría convertirse en un sacerdote, una vocación tardía, en un tiempo muy corto; Yo estaría dispuesto a suavizar su camino, pero él tendría que despertar y finalmente superar su obsesión por una causa perdida. Puede que la ame -Yo también la amo- pero debe convertirse en un amor platónico", se rió ruidosamente y con gravedad. El director de la escuela de Ludwig solía reír de la misma manera; había sido un teólogo protestante: era la risa de los amargos teólogos masculinos de todas las denominaciones, ansiosos de aparecer diferente de los demás, enfermiza, dulce y untuosa. En el exterior, Hermann había encendido las velas. Las primeras filas estaban ocupadas por tres mujeres con sombreros de piel artificial, una mujer rubia con dos niños pequeños, un hombre mayor con una lente opaca en sus gafas, un hombre de cara rojiza y aspecto irritable, una mujer pálida impecablemente peinada con una nariz finamente formada, y un hombre sin afeitar que hojeaba confusamente uno de los libros negros que  habían sido provistos. Finalmente, quizá treinta personas se habían reunido. Ludwig trató de descubrir algún denominador común entre ellos, esperando allí en tranquila expectativa, pero no lo consiguió. Era como si treinta personas esperando en una parada de autobús hubieran sido traídas aquí. Finalmente sonó una campana, la puerta de la sacristía se abrió, y todo el mundo se puso de pie: Ludwig experimentó una sensación momentánea de sorpresa, a pesar de haber pasado algún tiempo en la antesala.

Dicen que, en la caída de Constantinopla, toda la población civil de la ciudad se reunió en Santa Sofía, donde se ofreció una serie ininterrumpida de misas para implorar el milagro de la liberación. Aquí, en el lugar más sagrado, que hasta entonces había sido un refugio para los perseguidos, los griegos tuvieron que someterse a la aniquilación de toda esperanza, la profanación de los santuarios hasta entonces tan religiosamente conservados, así como a su propio exterminio y desaparición. Una historia fue transmitida entre los sobrevivientes acerca de cuando entraron los turcos, un ángel abrió una grieta en la pared y guió a través de ella a los sacerdotes que celebraban. Un día, se dijo, la pared se abrirá de nuevo en el mismo punto y admitirá en el Templo a los que habían sido mantenidos a salvo para el futuro día de la salvación. Ludwig, que en su mayor parte sólo recordaba anécdotas de los libros de historia que leía, había conservado esta imagen de la grieta en la pared y la procesión al desaparecer en ella, para reaparecer en una fecha más tarde, como expresión de una esperanza contra toda razón, contra todas las apariencias, en contra de todas las leyes de la historia; ahora, al resonar la puerta corrediza abierta, era como si el momento, tan ansiado por los desafortunados griegos, hubiera llegado, sólo que la procesión se había perdido y, en lugar de llegar a Estambul, a Santa Sofía, había encontrado su camino en esta antesala desnuda. Hermann ahora vestía una sotana negra que le llegaba hasta el suelo y, sobre ella, un sobrepelliz blanco adornado con encaje en el cuello y en el bajo que le llegaba a la rodilla. Le daba un aspecto sorprendentemente infantil y limpio, como si estuviera a punto de ser bautizado. Después de él vino el profesor Gessner, con un sombrerito sin montura negro en la cabeza, con un pompón de seda de un rojo profundo; llevaba todas las prendas de vestir que Ludwig y Hermann habían acomodado en capas, una encima de la otra. Así avanzaron en procesión a través de los bancos hasta que llegaron al altar. Allí formaron e hicieron una genuflexión. Un hombre con barba en el pequeño órgano comenzó un largo canto con su voz de bajo. El profesor le tendió su sombrero a Hermann, quien le besó la mano mientras lo tomaba. A continuación, el profesor, manteniendo una profunda reverencia, empezó un largo y susurrado diálogo con Hermann, de rodillas junto a él, en tanto ambos se golpeaban el pecho. Mientras esto ocurría el hombre de la barba cantó una intrincada melodía en un tono menor; se transformó en un salmo cantado y luego de vuelta otra vez. Estos cantos eran una reminiscencia de la música oriental, árabe o india. Algunas veces, la gente en los bancos cantaba con él, y luego el profesor Gessner, en su voz tensa y poco atractiva, cantaba algo del enorme libro del atril cubierto de negro. Mientras lo hacía su rostro no era visible: se puso de pie, de espaldas al pueblo, dándose la vuelta sólo ocasionalmente, con la cabeza inclinada y los brazos abiertos, mostrando las palmas de sus manos, involucrándose en una especie de diálogo formal con la congregación. Sus movimientos eran rígidos y espasmódicos, como una marioneta de relojería. Era claro que no estaba a gusto con lo que estaba haciendo, que estaba actuando bajo alguna coacción.

Ludwig estaba perplejo ante esto, pero supuso que estos movimientos automáticos eran lo que esperaba Hermann. Nada indicaba que lo que estaba teniendo lugar tuviera algo que ver con la personalidad del profesor Gessner, sus preferencias, o su intelecto. Se veía obligado a reprimir su irascibilidad y la impaciencia durante estos eventos. Era como si tuviera que ocultar su carácter enérgico e indignado, mientras que la misa se estaba llevando a cabo. Ahora, el hombre de la barba cantaba un largo canto con muchos versos cortos, montados, por así decirlo, en la melodía: el rostro del cantante, blanco como la luna, estaba en una contemplación quieta, sus ojos sobresaliendo un poco. Parecía una figura esculpida en una fuente; la música fluía de su boca en una canción sin fin como una corriente de agua, secundada por los graznidos de Gessner, esta vez en el lado izquierdo del altar.

Hermann había dicho que era mejor no saber nada. "Hermann es mi Papa", Ludwig sonrió para sus adentros, rechazando cortésmente el libro negro, abierto en la página correcta, que su vecino le ofrecía. Sin embargo, su inocencia ya había recibido un golpe cuando, en relación con estos ritos, el profesor Gessner había hablado de la idea de "sacrificio" como el summum del sinsentido. La suerte quiso que no hubiera daño. La disputa teológica esbozada polémicamente por Gessner -que tomó a Ludwig como un católico muy versado en estos temas-, no le afectó. Lo que sí le afectó, y de una manera especial, fue la constatación de que realmente estaba participando en un "sacrificio".

Como Gessner había señalado, el sacrificio era por lo general un negocio sangriento. El rey persa solía matar un hermoso caballo en sacrificio todas las mañanas. En las pirámides aztecas seleccionaban jóvenes, vestidos con vestiduras resplandecientes y plumas de colores, y les arrancaban los corazones de sus cuerpos vivos en sacrificio a dioses poderosos. Los griegos sacrificaban bueyes, los romanos ovejas o carneros; Sócrates sacrificó un gallo. Hoy en día las personas que mueren en un accidente son llamados "víctimas" [alemán: "sacrificios"]. "Un accidente en una rotonda se cobró una víctima", así fue anunciada la muerte de Fidi en el periódico. ¿Fue Fidi una "víctima", o era solamente ante una terminología estúpida de un tiempo que no sabe nada sobre sacrificios y víctimas? Ludwig pensó en la imagen que Bella le había descrito: Fidi, sin una marca en él, dormido, desnudo, en una cama alta bajo una luz brillante, su respiración sostenida a través de tubos delgados, su cuerpo inyectado con sustancias inútiles. Su padre también yacía en una cama alta, pero no había luz brillante, y no yacía estirado, sino acurrucado como un gusano. Cuando Ludwig luchaba con los almidonados lienzos planchados del altar, desplegando con cuidado uno sobre otro, ¿No era como si estuviera ayudando a cambiar la ropa de cama de su padre?

Luego, su padre había estado tendido en la cama blanca, con ese nuevo tipo de inmovilidad que es tan incomprensiblemente diferente de la falta de movimiento de una persona viva. En esta sala, llena de luz del sol, el humo del incienso y el canto, se acordó de lo que Pressler había dicho: "Las dos cosas que digo con mayor frecuencia son: "No entiendo ", y "Es bastante simple”. Ludwig podría haber dicho las dos cosas al mismo tiempo, porque, por un lado, no entendía nada, de hecho, de lo que había estado sucediendo delante de él; y, sin embargo, al mismo tiempo sentía una idea que brotaba dentro de sí, que era de repente convincente, algo absolutamente evidente y muy simple: en los paños blancos del altar yacían su padre y Fidi y quizás aún más de los muertos, pero sus cuerpos eran pequeños y la negra espalda del profesor Gessner los oscurecía por completo.

Ahora reinaban el silencio y la calma. Todo el mundo estaba de rodillas, el profesor Gessner estaba susurrando, pasando las páginas del Misal, y Hermann con su sotana estaba arrodillado a su lado, la campana en una mano mientras con la otra levantaba un poco la casulla. El profesor Gessner se inclinó hacia delante y  susurró un poco más claramente, luego hizo una genuflexión; la campanilla sonó, y levantó una pequeña y blanca hostia redonda en el aire mientras la campana sonaba tres veces, y Ludwig olvidó que Hermann había tomado la forma de la caja de madera y la había puesto en la pequeña patena de oro en la parte superior del cáliz. Este disco blanco en una nube de incienso no lo veía como algo material en absoluto, o más bien, lo vio, por un momento, como algo muy fino y delicado, como luz solidificada. Entonces las manos bajaron y  el profesor Gessner comenzó a leer en voz baja de nuevo. . . .

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