martes, 6 de septiembre de 2016

La Herejía de lo Informe - M. Mosebach



(último y no sé si el mejor)

9. Revelación a Través del Velo en la Antigua Liturgia Católica Romana


En los libros del antiguo rito, que eran normativos hasta la reforma litúrgica, velar algo es revelarlo: es la revelación a través del velo.

En el principio de este rito el celebrante está velado: está vestido con vestimentas que tienen todas un carácter simbólico. En primer lugar, el celebrante pone el amito sobre su cabeza mientras recita una oración que habla del casco de Dios; pero el velo principal aquí es un gesto que es aún más expresivo en la antigüedad pagana y judía: significa el arrepentimiento y el duelo, así como reverencia por el lugar santo. Llama la atención que los atributos y virtudes como la castidad, la fortaleza y la humildad, asociados a las diversas vestimentas en oraciones cortas, son realmente considerados como partes de la "armadura de Dios" sobre la que habla San Pablo.

Literalmente, el nuevo hombre, Cristo, es vestido. Por supuesto, la oración también expresa el deseo de que esta ropa externa sea seguida de una transformación interior, pero el acto externo sigue siendo esencial: la gracia viene "desde arriba", lo que significa desde el exterior. El hombre considera el proceso de su perfeccionamiento, no como su propio logro, sino como un don que recibe desde el exterior y lo hace propio vistiéndose con él. En el caso de un obispo, hasta sus manos y pies están vestidos; está completamente "envuelto", y siempre me hace pensar en la descripción de Mircea Eliade de esos sacerdotes tribales africanos que tienen que ser llevados en andas a todas partes, para que no pierden nada de su poder sacro a través del contacto con el suelo. Por supuesto no hay ninguna referencia a este aspecto en los libros litúrgicos. Las prescripciones litúrgicas de occidente estudiadamente evitan cualquier referencia a ideas místicas y sacras.

Un racionalismo decididamente sobrio informa la literatura litúrgica occidental, y expresa “un no querer saber”; éste es el gran fondo histórico-religioso contra el cual se hace el requerimiento litúrgico individual. Desde el comienzo del cristianismo, visible en el conflicto entre Pedro y Pablo, había muy diferentes actitudes hacia el paganismo. Por un lado, había un estricto rechazo puritano a cualquier conexión entre las "abominaciones paganas" y la nueva fe; y, por otro lado, había una actitud universalista que veía el paganismo como un segundo Antiguo Testamento, en el que el Espíritu Santo había preparado el camino, a través del arte y la filosofía, para la venida del Redentor. Para esta última tradición, el hecho de que el sacerdocio católico conservase elementos del sacerdocio de todos los tiempos era totalmente natural; para la primera tradición, era sospechoso y odioso. En cualquier caso, la plenitud del sacerdocio del obispo, su poder consagratorio,  es expresado con particular claridad cuando se pone sus vestiduras, recapitulando los diversos grados de la ordenación: viste la tunicela del subdiácono, la dalmática del diácono, y la casulla sacerdotal sobre ellas. Cuando llega al acto sacramental y toma la Hostia en sus manos, se quita los guantes, lo que permite la plena libertad, por así decirlo, a la corriente de consagración que él mismo ha recibido a través de la imposición de manos.

La procesión del obispo se acompaña de monaguillos que llevan largos vestidos llamados velum sobre sus hombros; su misión es mantener la insignia episcopal, mitra y báculo, durante la liturgia. Estos velos ocultan las manos de los servidores; en un punto, incluso el Evangelio es llevado por manos ocultas bajo las vestimentas de misa. El velo de las manos es un antiguo gesto de reverencia por parte de los siervos. Incluso en los tiempos modernos, en un contexto secular, los mozos que servían las mesas solían llevar guantes blancos: se trataba de un débil y evanescente eco de los aterradores arcángeles delante del trono de Dios, tal como se describe en el Apocalipsis de San Juan, con tres pares de alas para ocultar sus manos, pies y rostros.

El Apocalipsis es el libro litúrgico del Nuevo Testamento. Velados como los ángeles, los monaguillos rodean al sacerdote sacrificial que ha de llevar a cabo el sacrificio del Cordero. En el ofertorio, al comienzo de la acción del sacrificio, luego de las lecturas de la Escritura y del Credo, el subdiácono lleva los implementos y dones del sacrificio al altar. El cáliz está cubierto con la patena, en la que yace la Hostia. Sobre la cual a su vez hay una cubierta rígida de lino, el palio, y sobre todo hay una gran tela, también llamada "velo", del mismo color que el resto de las vestimentas. Así, el cáliz velado se parece a una tienda; se trata de un "tabernáculo" en miniatura, es decir, el Arca de la Alianza, que contiene los vasos sagrados. El subdiácono tiene un gran velo puesto sobre los hombros y lleva el cáliz con la hostia escondida en su interior. Así, el don sacrificial, aún sin consagrar, es honrado con el mismo velamiento que el don consagrado más tarde, ya que el cáliz de la comunión y el copón con las hostias consagradas también son transportados bajo un velo. No es diferente en la Iglesia de Oriente: también en este caso, en la procesión del ofertorio antes de la consagración, el pan y el vino destinados al sacrificio se ocultan bajo el velo mientras son llevados adelante para la veneración del pueblo. El don sacrificial velado es Cristo antes de su crucifixión, aún no ofrecido; no es todavía el signo de contradicción, levantado en alto; también es el Cristo vestido, esperando a ser despojado de sus vestiduras.

Una vez que el subdiácono ha traído los dones sacrificiales y los vasos hasta el altar, el diácono le da la patena. En este punto el subdiácono va a tomar su lugar en las gradas del altar, sosteniendo la patena en frente de él, velada por el humeral. Dos cosas diferentes se han visto en este gesto. Primero, es un acto de reverencia por la placa que está destinada a llevar la Hostia consagrada, el Cuerpo del Señor. En segundo lugar, no obstante, es una antigua costumbre romana. En el primer siglo el Papa solía enviar partículas de la Hostia de su propia misa a todas las iglesias de la ciudad. El subdiácono, velado, se cree llevaba estas partículas en la patena, mostrando que la misa que acababa de ser celebrada estaba vinculada a la misa del Papa, cabeza visible de la Iglesia. También mostraba que, debido a la suspensión del tiempo y de la historia que tiene lugar en toda ofrenda de la Misa, no había más que un sólo sacrificio, el sacrificio de Cristo en el Gólgota, del que procede todo sacrificio litúrgico y al que todo sacrificio litúrgico retorna. Así que este ángel, cargando el Cordero que fue inmolado, levantando en alto el vaso sacrificial velado, era una forma de realización de la liturgia eterna que el Apocalipsis llama la "Bodas del Cordero", de la que todas las liturgias de la tierra, si hacen lo que se pretende que hagan, son simplemente dependientes.

En el momento en el que el rito estaba tomando forma, este velo de la patena también fue adoptado en las formas más simples de la Misa, porque se consideraba muy importante. Si no hay un subdiácono en la liturgia, durante el Ofertorio el sacerdote empuja la patena debajo del “corporal”, la tela cuadrada en la que la Hostia, el "Cuerpo de Cristo", yace. Estas y otras acciones en el altar se ocultan de la congregación; están ocultas por el cuerpo del sacerdote, que hace las veces de iconostasio vivo. El hecho de que ciertas acciones y gestos estén ocultos a la vista es también un velo deliberado. El muro de los iconos de la Iglesia Oriental hace esto; su contraparte en el milenio occidental son el coro, los altares alejados de las personas, y los "baldaquines" que pueden estar completamente ocultos detrás de cortinas; aún hoy, en Roma, muchos de estos baldaquines de piedra sobre el altar conservan los rieles para las cortinas y los anillos de bronce de la antigüedad tardía. En Occidente, en el antiguo rito, todo lo que ha quedado de este velo son los rieles de comunión (ellos mismos un cercado contraído del recinto altar) y, ocasionalmente, la distancia significativa entre el altar y la congregación; pero las espaldas de los celebrantes, vestidos de ornamentos del mismo color, también forman una pared frente a la acción del sacrificio. Tres líneas de tradición están trenzadas en este velo. En primer lugar está el Templo de Jerusalén, con su cortina velando el Santo de los Santos. Frente a esta cortina era quemado el incienso sobre el altar del incienso, mientras que las ofrendas del holocausto eran quemadas en el altar de los holocaustos; por tanto, en Jerusalén el sacrificio tenía lugar delante de la cortina. El Dios invisible, simbolizado por el incienso, permanecía oculto en el interior del Santo de los Santos. Esta cortina también hizo un llamamiento a la imaginación litúrgica pagana. En la época helenística fue robada del Templo -era de color de púrpura fenicio y de la más preciosa mano de obra- y colocada en el templo de Zeus de Olimpia, en el cella frente a la enorme estatua de Zeus. Podría ser bajada desde el techo hasta un recipiente decorado con relieves de ébano a los pies de la estatua.

Esta innovación en el Templo de Zeus –para los griegos la imagen de los dioses en realidad no necesitaban tales velos, ya que la cella siempre estaba cerrada, a excepción de muy pocos días festivos- nos trae a la segunda línea de la tradición en la práctica de la liturgia cristiana de velar y ocultar. El ritual de la epifanía del monarca era conocido de la corte del basileus persa; Diocleciano, eventualmente, lo introdujo en la corte del emperador romano. En días particulares la corte se reunía en el aula imperial para venerar al emperador y su familia. La familia imperial se reunía anticipadamente detrás de una cortina cerrada; cuando el telón se abría, la corte caía de rodillas en "postración". En la iconografía bizantina estas cortinas se convirtieron en un elemento importante para la representación de los santos: el santo aparece en el icono entre dos cortinas -este es el momento de la epifanía del santo, al cual veneran los que asisten. En la liturgia, también, como resultado del velo del rito, nuevas instancias de epifanía están siempre sucediendo-, la Palabra de Dios, llevada en procesión desde el santuario, los dones del ofertorio, llevados en procesión o, cuando transformados en el cuerpo del Señor, elevados sobre la cabeza del sacerdote para ser mostrado a los fieles (en el rito occidental).

En mi opinión, el tercer capítulo de la tradición no ha sido tomado muy en cuenta, a pesar de ser una vieja y familiar costumbre. Desde los primeros tiempos las misas se han celebrado en el Santo Sepulcro, no sólo en la nave de la iglesia del Santo Sepulcro, con sus numerosos altares, sino también en la propia cámara funeraria. El sacerdote y los fieles se reúnen en la antecámara de la tumba y recitan las lecturas que preceden al sacrificio. Entonces el sacerdote entra en la cámara funeraria, donde usa el nicho de la tumba como un altar; las mortajas se vuelven una especie de mantel del altar. Una vez dentro, no puede ser visto por la congregación, que se queda en la antecámara. Ellos sólo escuchan su voz. La consagración que tiene lugar en el espacio oculto de la tumba une el acto de sacrificio del Gólgota y el momento de la Resurrección dentro de la tumba, ya que la resurrección fue también una especie de transubstanciación; fue el mayor paso que cualquier sustancia puede sufrir: de la muerte a la vida. Los fieles que están de pie frente a la pantalla del coro, el iconostasio, o la espalda del sacerdote que les esconde la acción están, por decirlo así, de pie fuera de la tumba en Jerusalén. Aquí, en la más absoluta soledad, sin testigos humanos, la resurrección tuvo lugar. La Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén fue la primera iglesia que se fundó por el emperador Constantino; la arquitectura eclesiástica comienza con la construcción de esta iglesia. Cuando la madre de Constantino, Helena, descubrió la Cruz, se inició un período de reconstrucción de la historia de los sufrimientos de Jesús, en la que los detalles de la tumba –centro y foco de la fe- fueron por supuesto estudiados con especial diligencia.

Antes del Ofertorio en la Iglesia de Oriente, el diácono pide a gritos, "Las puertas, las puertas! ¡Asistid las puertas!" Esto es todo lo que queda del ritual de la ocultación en la Iglesia de Oriente. En la Iglesia de Occidente tenemos el grado más bajo del estado clerical, el ostiarius, el portero, cuya responsabilidad era asegurarse de que, después de las lecturas de la Escritura, ni los no bautizados ni  los pecadores públicos participasen en el misterio del sacrificio. En el primer siglo, sobre la base de la enseñanza y la práctica de los apóstoles, la liturgia fue entendida como la celebración de un antiguo misterio donde los extranjeros y los no iniciados no tenían parte alguna. Permanecían en el nártex (el atrio), la antesala de la iglesia, donde el sacerdote absolvía al penitente con el golpe de un largo bastón; el nombre de este bastón era nártex, y es el nombre que se le dio a esta sala, donde los excluidos de los misterios debían permanecer. El uso de bastones de este tipo estuvo todavía en uso en Roma, en las siete basílicas principales, hasta el Concilio e incluso después de él. En latín estas varas se llaman vindicta. En la antigüedad el pretor liberaba al esclavo tocándolo con una vara de este tipo; por lo que el confesor liberaba a las personas de la esclavitud del pecado y de la sujeción a la ley tocándolo con el bastón.  Podemos ver cuán rápidamente el pensamiento jurídico romano y el pensamiento sacramental se funden en uno en la mente de un Pablo. En siglos posteriores, cuando ya no era posible determinar la idoneidad de los miembros de la congregación para participar en la celebración, se seguía sintiendo necesario para proteger los misterios del culto de ser profanados. En el segundo milenio cristiano, en occidente, se encuentran los inicios de la costumbre de susurrar las fórmulas más sagradas, el "Canon", con su punto culminante en la transubstanciación, por tanto, ocultándola detrás de un velo de silencio.

El receptáculo de oro en el que las hostias son guardadas después de la comunión se llama el "tabernáculo", tal como el Arca de la Alianza en el Templo Mosaico. Tabernáculo significa "tienda", lo que sugiere algo hecho de tela. Las puertas del tabernáculo se ocultan detrás de las cortinas de brocado, por lo general de colores litúrgicos. El único color prohibido en el tabernáculo es el color negro, que está reservado para la Misa de los muertos y el Viernes Santo: estaría en contradicción con la presencia del Dios vivo. La mayoría de los tabernáculos tienen una cortina de más adentro, y cada uno de los copones, los recipientes que contienen las hostias, también está cubierto con una capa que haces las veces de velo. Tomar un copón del tabernáculo es como pelar una cebolla: detrás de cada capa se encuentra otra.

Finalmente mencionemos el velo que, para la mayoría de la gente, es el ejemplo más llamativo y familiar del velo litúrgico: el velo de las cruces y las imágenes sagradas desde el Domingo de Ramos hasta el Viernes Santo. Este velo se produce en la Cuaresma, cuando la liturgia se celebra con una cierta flaqueza. El órgano está en silencio, al igual que las campanas desde el Jueves al Viernes santo; ciertas oraciones no se rezan; y el altar no puede ser decorado con flores. Este velo de las imágenes y cruces es a veces llamado un "ayuno de los ojos". Sin embargo, en realidad no pretende ser una retirada de la apelación a los sentidos. Más bien, se trata del culto que rodeaba a la vera Cruz de Cristo que la emperatriz Helena encontró en Jerusalén, el quid vera en Jerusalén y posteriormente en Roma, en la iglesia de Santa Croce in Gerusalemme. Como toda reliquia, la santa Cruz era envuelta en lienzos y pasaba el año en la sacristía. El Viernes Santo era traída a la iglesia y desenvuelta en un ritual solemne para ser mostrada a los fieles. Dos diáconos, uno a cada lado, vigilaban la Cruz, para asegurarse de que los fieles, adelantándose a besar la Cruz, resistieran la tentación de robar una astilla de ella. Estas astillas también llegaron a muchos centros europeos lícitamente. La sugerencia burlona del Iluminismo por la que se dice que, si se recogieran todos los fragmentos de la Cruz, diseminados a lo largo y a lo ancho del mundo y conservados en bellas custodias, harían todo un bosque, no tiene ninguna base en la realidad; se ha calculado que este montaje hipotético de fragmentos no produciría más que una gran viga de madera, lo cual, por supuesto, no dice nada acerca de la autenticidad de las reliquias individuales de la Cruz. En todo caso, las astillas de la Cruz fueron tratadas de la misma manera en Europa como en Jerusalén y Roma: en Francia y Alemania, también, los fragmentos eran desenvueltos solemnemente delante de la congregación, para ser venerados. Al final este culto fue adoptado por las comunidades que no tenían ninguna reliquia de la Cruz: la cruz sobre el altar era bajada y envuelta, para ser venerada en el Viernes Santo de la misma manera que la vera cruz, como hemos descrito. Aquí el propósito del velo no era a retirar la cruz de la vista: era que la cruz fuera tratada como la Cruz real; de ser un objeto de devoción, un objeto de culto, un símbolo sagrado, volvería a ser el verdadero instrumento de tortura en el que Cristo murió. Vemos, pues, que el velo de las cruces sólo pretende subrayar el carácter histórico de la obra de la Redención, al igual que el nombre de Poncio Pilato –ese administrador provincial modestamente exitoso- es utilizado en el Credo: Habla de la muerte real en una cruz real en un lugar concreto a una hora precisamente identificada de la historia mundial. Está diseñado para contradecir la interpretación alegórica, simbólica y mítica, de los acontecimientos descritos en el Nuevo Testamento.

Para los movimientos “iluministas" de todas las edades, esta práctica religiosa del velo es el epítome por excelencia del oscurantismo. Así como el concepto de "iluminismo" plantea la idea de una luz brillante, que brilla en una oscura bodega llena de telarañas y ratas, a la retórica de la Ilustración le gusta verse a sí misma derribando velos y destruyendo máscaras. Lo que el velo ocultaba a los piadosos no era más que un engaño. Era una nota distintiva que las alegorías barrocas retrataran "Fides" como una mujer con un velo cubriendo sus ojos. (Puede que haya habido una intención subversiva aquí; la cuestión debe examinarse más) La fe, decían estas personas piadosas, es libremente y deliberadamente ciega –no exactamente una imitación metafóricamente atractiva-. Era un planteamiento defensivo a la fe, distorsionado por la hostilidad del racionalismo; Sintieron que era necesario asociar la religión con un sacrificium intellectus. De hecho, el significado del velo cúltico ha estado claro para los creyentes desde los tiempos más antiguos. Cuando Pompeyo entró en el Templo de Jerusalén como conquistador, quitó a un lado el velo del templo, un acto sacrílego que escandalizó a los sacerdotes. Lo que vio lo llenó de una gran sensación de triunfo, una sensación muy familiar para nosotros. Detrás del velo no había nada en absoluto.

La extensión de la práctica del velo a todas las cruces en una iglesia, y a sus imágenes y estatuas, es de fecha posterior. No tiene nada que ver con el velo de la Cruz del Viernes Santo. El encuentro de la cristiandad latina con la Iglesia bizantina, durante las Cruzadas, creó la necesidad de adaptar la idea del iconostasio, al menos durante el período de Cuaresma. En Cluny, en Cuaresma, comenzaron a encerrar el área del altar con grandes paños cuaresmales pintados. Durante la Cuaresma el culto tenía lugar escondido detrás de esta pared de tela. En Alemania algunos de estos enormes paños de Cuaresma se han conservado, sobre todo en Zittau y Brandenburgo. Después del Concilio de Trento la costumbre de velar los ritos disminuyó rápidamente en Europa. Lo que quedaba era la práctica de velar las imágenes y estatuas. Esto tuvo el efecto de transformar toda la iglesia en un nártex, una antesala sin adornos donde, según la costumbre de la Iglesia antigua, pecadores públicos esperaban ser absueltos. De acuerdo con la reforma de Cluny, toda la comunidad fue a considerarse a sí misma como haciendo penitencia, como pecadores públicos, y debía permanecer fuera del santuario hasta la Pascua.

Pero, para volver al Templo: ¿Qué debería haber habido detrás del velo? ¿habrá creído realmente Pompeyo que, al interferir con su santuario, había encendido una lámpara para los Judíos creyentes? Lo que él no vio, o no quiso ver, fue lo siguiente: la cortina no velaba el mensaje; la cortina contenía el mensaje que animaba a los adoradores del templo.

El verdadero significado del velo nos es dado por la primera mención a un velo -una cubierta- que encontramos en la Sagrada Escritura. Después de la Caída, Adán y Eva descubrieron para horror suyo, "que estaban desnudos", e hicieron de las hojas ropa. Hay algo profundamente inquietante en este pasaje, ya que, según la enseñanza del Génesis, el hombre fue creado perfecto; su desnudez era, no un defecto, sino una expresión de su semejanza con Dios. Después de la ruptura del mandamiento de Dios, el defecto de repente está ahí,  aunque el hombre permanezca exteriormente sin cambios. Ha perdido algo; no está ahí, que despierta un sentimiento de pérdida en su interior. La teología llama a este defecto la pérdida de la gracia. El hombre torpemente intenta compensar esta pérdida. Se pone vestimentas para intentar recuperar el esplendor que antes lo rodeaba.

El velo, por lo tanto, se convierte en un signo visible de la aureola de gracia y santidad que se ha vuelto invisible a los ojos humanos. El velo, en la liturgia, es el halo que es por naturaleza apropiado para los vasos sagrados y sus contenidos incluso más sagrados todavía. Esto nunca debe olvidarse si dichos vasos, los signos, y las hostias han de entenderse correctamente. El velo, en la liturgia, no está destinado a retirar algún objeto de la vista, para hacer un misterio de él, o para ocultar su apariencia. La apariencia de las cosas veladas es conocida de todos modos. Pero su apariencia exterior no nos dice nada acerca de su verdadera naturaleza. Es el velo el que indica esto. Si uno corre este velo, y los velos que están detrás de él, como pelando una cebolla, y penetra hasta el núcleo del misterio, uno está todavía siendo confrontado con un velo: la propia hostia es un velo, como ese himno francés que dice: "¡Oh divine Eucharistie, o trésor mystérieux / Sous les voiles de l'est hostie caché le Roi des Cieux."

Si uno quisiera formular una doctrina teológica del velo, podría decir que la creación de Dios es real, pero esta realidad, esta capacidad de ser real, se debilita a causa de pecado original. Su falta de la realidad, su capacidad perdida para irradiar más allá de sí misma y manifestarse como el pensamiento del Creador es designada por el velo que representa este resplandor.

En el nuevo rito introducido por el Papa Pablo VI, y su aplicación práctica que fue mucho más allá de él (a menudo con el apoyo episcopal), la costumbre del velo ha desaparecido casi por completo Ya no hay una distinción entre el santuario y la congregación, sobre todo en las nuevas iglesias, y en las iglesias antiguas la obliteración de esta distinción a menudo ha supuesto un daño brutal a la forma artística de la iglesia. Ya no hay velo de silencio durante el Canon, ni son velados más los vasos sagrados y copones. El oficio de subdiácono, atestiguado desde el siglo III, ha sido abolido. El rito de la patena con velo ya no existe, tampoco. Todavía se encuentra el velo humeral que se utiliza para la Bendición -la bendición sacramental con la custodia-, pero la bendición misma se ha convertido en un hecho poco habitual. El velo de la cruz durante la Pascua es ahora una cuestión de elección; en algunos lugares se hace, en otros no.

El argumento dado por la reforma litúrgica es siempre que se ha liberado el rito de la Misa de todos los añadidos posteriores y "restaurado" a la forma "más pura" posible, más cerca de la del cristianismo primitivo. En este contexto, la acción de velar y el velo se sostienen como ejemplos de estos "añadidos posteriores", aunque en realidad son signos del carácter mistérico que la liturgia tuvo en esos primeros siglos. El arqueologismo litúrgico, al igual que todas las formas de historicismo y restauracionismo -también en el mundo del arte-, cae bajo la acusación que  Fausto hace contra su amigo, Wagner, embriagado con demasiada historia: "puede llamarlo 'el espíritu de los tiempos": / es el espíritu de los poderosos, frente al cual los tiempos deben inclinarse. "

En este contexto, una liturgia que renuncie a todo velo no tiene nada que decir. Presentándonos nada más que la materialidad desnuda, no se tiene en cuenta ni la perfección sobrenatural de la creación ni la necesidad del mundo de la redención.


5 comentarios:

  1. No encuentro las palabras apropiadas que expresen el agradecimiento que siento ante alguien que pone al alcance de la mano de quienes no conocemos ni alemán ni inglés una obra como ésta de Mosebach. Dios lo bendiga

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  2. Con las que dijo basta y sobra, Lord Drinian. De nada. Y no sabe lo que me alegran, del modo como se alegra alguien -porque siente la imperiosa necesidad de compartirlo- cuando ve una cosa fantástica, fabulosa, y la señala a los demás para que también la vean y se maravillen con él.

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  3. El tema es que faltan dos apéndices, uno de ellos imperdible sobre el misal romano, cuyos términos técnicos exceden mi precario conocimiento del inglés.
    Un amigo y gran traductor se había medio comprometido.... pero no lo estamos teniendo.
    Y no estaría mal tampoco una revisión de la redacción por alguien que sepa castellano, se me ocurre Flavio Infante, por ejemplo, o Jack Tollers...

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  4. ¡Muy bueno! Un millón de gracias por esta traducción. (Recién termino de leerla.)

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